El Comercio

Fernando Miguel Hernández, ayer, en el Arqueológico.
Fernando Miguel Hernández, ayer, en el Arqueológico. / ALEX PIÑA

Una vida al ritmo de las campanas

  • Fernando Miguel Hernández abrió en Oviedo las Jornadas de Arqueología Medieval de APIAA

  • El estudioso leonés reveló los detalles de la cotidianidad de los monasterios medievales

En los monasterios de la época medieval y moderna el ritmo de la vida lo marcaban las campanas. Anunciaban las horas de oración y se acompañaban de cantos, de esa música elevada a Dios con la que se componía la banda sonora de lo cotidiano. Ayer, en el Museo Arqueológico de Oviedo sonaron esas campanas y esos cánticos en la conferencia ofrecida por el arqueólogo Fernándo Miguel Hernández, profesor del Colegio Leonés, cuya pasión monástica le ha llevado a investigar a fondo cómo era aquella tranquila existencia dedicada al 'ora et labora' que comenzaba muy muy temprano.

La conferencia de Miguel Hernández fue la primera de las IV Jornadas de Arqueología Medieval, que organiza la Asociación de Profesionales Independientes de la Arqueología de Asturias (APIAA) y que se prolongarán las próximas dos semanas con charlas los viernes en el Arqueológico y visitas a Valdediós, Corias y Cornellana. El arqueólogo leonés -al que después seguiría José Antonio Fernández de Córdoba para hablar sobre la gestión patrimonial de los cenobios, aportó datos sobre el día a día en cualquier monasterio -cisterciense, franciscano, dominico, trapense...- en la época tanto medieval como moderna. Antes -revela- un convento de tamaño medio tenía en torno a 30 monjes, a los que unir otros tantos legos más lo que se denominaba la familia, seglares establecidos en el entorno. Un centenar de personas vivían vinculados a un cenobio del tamaño que podría tener el de Valdediós, en Villaviciosa. Claro que había monasterios más pequeños, los de montaña, como el de Gúa, en Somiedo, del que hoy solo queda la iglesia. En ese caso, «podríamos hablar de una comunidad de 12 o 15 monjes», relata. Los grandes monasterios, como el Escorial o Poblet, sin embargo, multiplicaban esas cifras hasta alcanzar los 60 o 80 monjes y llegar hasta las 300 personas.

Al margen del tamaño la vida era muy similar. En invierno, se levantaban a la 1.20 de la mañana. Del dormitorio al coro para cantar maitines y laudes y volver a la habitación bien a rezar, a leer o acostarse. A las siete de la mañana comenzaba ya la actividad, con las misas privadas. Habían de cumplir con las obligaciones que, previo pago, adquirían con particulares que bien podían tener allí mismo enterrados a sus familiares. Comienza también entonces la actividad de limpieza, de recoger el dormitorio, de hacer la tonsura, antes de cantar prima. El tiempo en los monasterios estaba dividido, por herencia de la época romana, en periodos de tres horas. A saber, prima, tercia, sexta y nona. «Los monjes añaden maitines y laudes, y a última hora, vísperas y completas», señala el estudioso. De esta forma, se constituyen las «horas litúrgicas que ordenan el tiempo».

La vida transita por los dormitorios y el coro, por la sala capitular, por el locutorio, por la huerta, por el refectorio y por la cocina. En todos esos espacios se detuvo a través de una perspectiva arqueológica Hernández, que trabaja ahora en una tesis doctoral sobre los sistemas hidráulicos de los monasterios. Sostiene el arqueólogo que aún queda un trabajo «ingente» por hacer para recuperar el pasado monástico español, porque, tras la desamortización del siglo XIX, muchos se fueron a la ruina. «El trabajo es interminable, no es responsabilidad de una sola generación», subraya. Aunque también es cierto que la conservación y el estudio varían en función de los territorios. «En Asturias hay entre 29 y 30 monasterios con origen medieval que hayan llegado a la época moderna, de ellos se han excavado un tercio», apunta.

La vida monástica ya no es lo que era. En ese tiempo del que habló Fernándo Miguel Hernández unas 75.000 personas vivían en España en conventos, tanto en órdenes masculinas como femeninas. Hoy, según los datos de la Confederación de Religiosos, hay 12.000 monjes y 38.000 monjas.