El Comercio

«El Estado es aconfesional, pero casi el noventa por ciento de los españoles se confiesa católico»

En el centro, el arzobispo Jesús Sanz                    Montes, y de izquierda a derecha, el director de EL COMERCIO, Marcelino Gutiérrez, Alberto Piquero, Diego Medrano, Eusebio Ruiz, Carmen Arechaga, Manuel Alonso, Paz de                          Alvear, Adolfo Rivas, María Luisa Alonso Bengoa, Begoña del Rey, Susana Pérez Alonso, Mercedes Escobedo, José Luis Prado y Anabel Llamas.
En el centro, el arzobispo Jesús Sanz Montes, y de izquierda a derecha, el director de EL COMERCIO, Marcelino Gutiérrez, Alberto Piquero, Diego Medrano, Eusebio Ruiz, Carmen Arechaga, Manuel Alonso, Paz de Alvear, Adolfo Rivas, María Luisa Alonso Bengoa, Begoña del Rey, Susana Pérez Alonso, Mercedes Escobedo, José Luis Prado y Anabel Llamas.
  • En un extenso encuentro, el arzobispo abordó temas personales, sociales y teológicos de un modo abierto

Cerró el arzobispo Jesús Sanz Montes este capítulo de las Conversaciones de EL COMERCIO al que acudió como invitado principal recurriendo a un humor que orilló algunos momentos del diálogo, en el que se abordaron de modo abierto cuestiones personales, teológicas y sociales. Explicaba en el epílogo con aire desenfadado que, a veces, tras acercarse por primera vez a cualesquiera de las novecientas treinta y cuatro parroquias que ampara su diócesis, hay quien muestra su sorpresa concluyendo que les había visitado una persona normal. «¿Qué podían esperar, que fuera un hombrecillo verde?», bromeó. Ese talante lo manifestó desde el principio, respondiendo al interrogante acerca de los motivos de su tardío ingreso en el Seminario Conciliar de Toledo, cuando ya había cumplido los veintiún años. «¿Le pasó como a Pablo de Tarso, se cayó del caballo camino de Damasco y apareció la fe?». «Si acaso, me habría caído de la moto», replicó en idéntico tono coloquial, para pasar a los detalles autobiográficos reales: «A los nueve años ya quise ir al seminario, pero mi padre, sin negarme la vocación, me aconsejó que antes me hiciera un porvenir y que después ya hablaríamos. Fue un buen criterio. Estudié Economía y Derecho Mercantil, realicé el servicio militar y aprobé las oposiciones a la banca privada. Era un chico cristiano sencillo, ni muy piadoso ni demasiado 'bala', con aficiones deportivas por la montaña, el alpinismo y el esquí. También tenía novia y un proyecto familiar. Pero, yendo todo bien, había algo en mi interior sin resolver, sentía en mi corazón la llamada de la vocación religiosa. La caída del caballo o de la moto. Alcancé un mutuo acuerdo con la persona por la que sentía afecto y en una etapa apasionante de la historia de España, cuando se empezaba a construir con esfuerzo la democracia, sin hacerme trampas a mí mismo, decidí que debía escuchar la llamada religiosa».

El oído atento se amplió a otros sentidos y sensibilidades para que optara por adscribirse a la orden franciscana, a la que pertenece. Lo relató así. «Tuve una experiencia que me marcó, en la ciudadela de Trillo, en La Alcarria de Guadalajara, cuidando a leprosos terminales. Allí estaban franciscanos vascos que me hicieron replantearme muchas cosas, además de la propia figura de San Francisco de Asís, el único santo al que no se le conocen enemigos por su pureza evangélica. Trabajé durante dos años».

Que al cabo fuera el obispo más joven de España, siendo nombrado por Juan Pablo II para las diócesis de Huesca y Jaca, lo evoca de forma humilde: «Jamás estudié para obispo. Sí había pensado en irme a misiones a Bolivia o África. Tras doctorarme en Teología y dedicarme a la docencia universitaria y a la investigación, creía en una teología que mantiene contacto con las personas, no en una teología abstracta que responde a preguntas que no hace nadie». Así que, volviendo al humor, estimó que tal vez el Vaticano le había castigado «por hacer algo malo».

Más delicada es la cuestión que se le asignó como Comisario Pontificio de la Unión Lumen Dei, una responsabilidad delegada por el Papa cuya encomienda fue la de «resolver dificultades económicas y morales» que se habían detectado en el Instituto de Vida Consagrada acogido a esa denominación. Acusaciones de malversación financiera y pedofilia se propagaron en los medios de comunicación. El arzobispo de Oviedo reconoce que esa travesía «no estuvo exenta de sufrimiento y sinsabores», recordando que quien le precedió en el cometido para hacer frente a la situación, el actual cardenal Fernando Sebastián, hubo de claudicar. Y él mismo ha sufrido de parte del segmento del Lumen Dei que no ha aceptado el dictamen pontificio y se ha escindido «calumnias de calibre delictivo, tan infundadas que no han sido admitidas a trámite judicial». Lamentó que «de las calumnias, algo queda siempre». Y reivindicó que los miembros de Lumen Dei sin ninguna culpa «no paguen las de los demás». Anticipó que «la semana que viene me reuniré en Roma con el Papa Francisco para hablar de estos temas».

Yendo de esas espinas a paisajes mucho más amables, dibujó su llegada a Asturias, entrando por Colombres. «Me ofrecieron un culín de sidra y la foto que reprodujo el instante rodó meses por ahí. Mi familia y mis hermanos franciscanos me preguntaban si en Asturias hacía algo más que beber sidra. Ya conocía Asturias por mis aficiones montañeras, pero quedé prendado de su belleza, de sus trescientos kilómetros de costa, de sus recovecos interiores. Y, a continuación, de la nobleza de la gente. En Asturias, siempre sabes delante de quién estás. Es nobleza de corazón, que tiene un enorme valor».

Acercándonos a la actualidad, a propósito de su última Carta Semanal, escrita en torno al Día de Todos los Santos, se le instó a dar una respuesta teológica sobre el eterno misterio de la muerte. No ocultó su propia desazón: «Si Dios tiene un libro de reclamaciones, allí protestaré, porque la muerte se nos antoja injusta». Pero corrigió de inmediato su rebelión, «que no es blasfema», para argüir que Jesucristo nos ofrece la muerte «como promesa, como penúltima palabra. En el fondo, concede razón a nuestra rebelión. Hasta morir se acaba». A las mismas coordenadas se aludió para buscarle sentido al sufrimiento humano y al mal que lo produce, mientras Dios parece guardar silencio. Refirió su personal visita al campo de concentración nazi de Auschwitz, ejemplo de «lo peor de la humanidad», así como el terror que ahora provoca el fundamentalismo islámico del DAESH, traduciendo el silencio de Dios en términos que nos habrían de concernir a nosotros mismos: «Dios está en mí, no es un marine que va a caer en paracaídas y aniquilar a los malos. Somos nosotros los que hemos de arremangarnos». Si aun asumiendo nuestra cuota en favor del bien, el mal permanece en el mundo, ello obedecería al lado sombrío del ser humano, personificado en El Maligno, citado expresamente en La Biblia.

Hace unos días que el Papa Francisco se reunió en Estocolmo con máximos representantes del credo luterano, en el quinto centenario del fraile agustino. ¿Lutero ha dejado de ser un hereje para la Iglesia Católica? «No ha dejado de serlo, porque abrió una herida en las carnes de la cristiandad, cuyo transfondo era económico, político, cultural y clerical. Fue manejado por intereses. No quiere decirse que no existieran motivos para su protesta, sino que la realizó de un modo indebido. Lo que el Papa Francisco ha defendido en Estocolmo es que tengamos una mirada de perdón, aprendamos de los errores y no seamos rehenes del pasado».

Otro tipo de enfoque planteó acerca de la relación con el Islam: «Es posible el entendimiento si se produce integración. Quienes profesan la fe del Islam y vienen a vivir entre nosotros, huyen de la muerte, del hambre, de la locura. Provoca un inmenso dolor el sufrimiento de niños inocentes o de jóvenes a los que se les ha truncado el futuro. Y, como ha dicho el Papa Francisco, no hemos de someterlos a sospecha, sino mostrar la mejor disposición para acogerlos. Sin embargo, acogerlos no es sólo abrir las puertas, ha de darse una real integración sin que diluyan nuestra identidad, aceptar lo que ellos creen, pero junto a nosotros. Los cristianos estamos a disposición para recibirlos. El tema crucial es la integración».

Poniendo la vista en el horizonte y en el relevo generacional, es decir, en la juventud cristiana, adelantó una noticia. «El próximo Sínodo, dentro de dos años, tendrá como motivo principal la juventud», cuestión que le ocupa y preocupa, si bien facilitó un dato positivo sobre las vocaciones sacerdotales. «Cuando llegué a Oviedo, aquí había ocho seminaristas; ahora son treinta». Con todo, asumió la evidencia del desapego juvenil, extendiéndolo a otros sectores sociales y oponiendo una comparación favorable a la Iglesia Católica: «¿Qué entidad juvenil, ya sea política , cultural o deportiva, tiene la presencia de la JMJ (Jornada Mundial de la Juventud)? Y ello a pesar de que el ideal cristiano es exigente». A su juicio, no obstante, «hay una crisis generacional, es un problema general».

Llegando a una frontera siempre polémica, la que separa la Iglesia del Estado, invocó «el respeto recíproco», aclarando que cuando se reúne con autoridades políticas acostumbra a poner de manifiesto una coincidencia, el hecho de que ambos, siguiendo distintas vías, «estamos por igual al servicio de la gente». En cuanto al marco legal que atribuye al Estado español la condición aconfesional, puso en el otro platillo de la balanza que «casi el noventa por ciento de los españoles se confiesa católico». A modo de ejemplo local, estimó que la salida de la imagen de la Virgen del Carbayu de las dependencias municipales de Langreo «no nació de una idea de servicio, ni era una urgencia, además de ser una decisión arriesgada que daña sentimientos».

En el apéndice, una recapacitación sobre el divorcio: «Para ser sacerdote, hemos de prepararnos años. Para un matrimonio, apenas un cursillito de dos semanas. Hemos de considerarlo». En cualquier caso, «los divorciados no están tiznados ni son cristianos de segunda categoría».