El Comercio

Dos arcas del XVII llenas de historia

  • Son la 'Obra invitada' del museo, programa que pretende «reforzar el discurso de la colección permanente» con su presencia hasta febrero

  • Una japonesa y otra peruana, llegan hoy al Bellas Artes como testigos del intercambio cultural vía ultramar entre Oriente y Occidente

El Museo de Bellas Artes de Asturias abre hoy sus puertas a dos invitadas especiales. Dos cofres de cuatro siglos de antigüedad, que no solo exhiben modos y maneras de la decoración de un tiempo y un lugar, una es peruana y otra japonesa, sino también los intercambios culturales que, vía ultramar, entrelazaron los diferentes continentes, de Oriente a Occidente. Se trata de una arqueta japonesa estilo Namban, datada hacia 1600-1630, y otra virreinal peruana de barniz de Pasto, realizada en la segunda mitad del mismo siglo XVII. Proceden ambas de colecciones particulares y nunca antes habían sido expuestas a la mirada pública. Ahora permanecerán en el museo asturiano durante tres meses, hasta febrero, como parte del programa 'Obra invitada' que pretende «reforzar el discurso de la colección permanente».

En su caso, además, contarán una larga y lejana historia, pues una de ellas, la japonesa, pertenece a un tiempo en el que en su país de procedencia se creaba mobiliario pequeño destinado «exclusivamente a los primeros europeos con los que comerciaron, portugueses y españoles, principalmente». Se hacían, lógicamente, al modo oriental, con laca de Namban, de ahí el nombre de la que ahora llega al museo. Pero sus decoraciones se recreaban «ajustándose a los gustos del cliente». Es decir, ciñéndose a la mirada de Occidente.

«Una parte importante de esas creaciones viajó a Manila y posteriormente a Nueva España, y desde allí se distribuían por América virreinal y España». En el viaje fueron dejando influencias en las artes americanas. Así, cuentan en la pinacoteca, se desarrolló en el virreinato de Perú un arte llamado barniz de Pasto, que comparte características con la laca Namban y que define, por otro lado, el estilo de la segunda pieza invitada, la arqueta peruana.

De cuerpo prismático y tapa en forma de bóveda de cañón, su famoso barniz está «realizado sobre madera, superponiéndose finísimas láminas semitransparentes obtenidas de la resina de mopa-mopa». Su decoración, muy rica y con una gran gama cromática, «es una verdadera fusión de motivos autóctonos americanos, asiáticos y eruditos llegados de España». En ella aparecen con total nitidez elementos vegetales, animales y figuras humanas, dispuestas en orden bastante simétrico. La pieza japonesa, también de caja prismática con tapa en forma de medio cañón, está decorada con varias capas de laca urushi de color negro sobre la que se desarrolla una decoración tupida a base de sencillas plantas, realizada mediante la combinación de distintas técnicas, como la de maki-e plano, «que consiste en espolvorear finas partículas de oro o plata sobre los dibujos realizados con la laca urushi fresca, que sirve de adhesivo; el harigaki, «que hace rascar con una herramienta puntiaguda finas líneas después de realizar el maki-e» y, por último, el tsukegaki, «por medio de la cual se añade con un pincel fino detalles como los nervios o pistilos de las flores».