«El arte es un universo sin fronteras ni religiones»

Rossy de Palma, en 'El cantor de México'. /  JAVIER DEL REAL
Rossy de Palma, en 'El cantor de México'. / JAVIER DEL REAL

La artista mallorquina abrirá el XXV Festival de Teatro Lírico Español, el próximo 15 de febrero, en el Campoamor, con 'El cantor de México' Rossy de Palma Cantante y actriz

ALBERTO PIQUERO OVIEDO.

Se inició en el mundo artístico con el grupo musical que llevaba por irónico nombre el de Peor Impossible, pero Rossy de Palma, nacida en Mallorca en 1964 y de ascendencia asturiana, comenzó a brillar de la mano de Pedro Almodóvar, con quien ha hecho numerosas películas, de 'La ley del deseo' a 'Mujeres al borde de un ataque de nervios', 'La flor de mi secreto' o 'Julieta'. Los próximos 15 y 17 de febrero ofrece otra faceta, representando el papel de la Diva en la opereta que abrirá el XXV Festival de Teatro Lírico Español en el Campoamor, 'El cantor de México'.

-Esta versión de 'El cantor de México', adaptada por Emilio Sagi, ya la representó usted en el Teatro de Châtelet, de París, en 2006. ¿Hay diferencias con ese primer estreno?

-Mi personaje ha evolucionado. Ahora tiene una personalidad más directa, es más de carne y hueso, aunque continúe siendo una diva insoportable. Lo que permanece es el humor y una música maravillosa. Venimos de representarlo en el Teatro de la Zarzuela con mucho éxito. Provoca una alegría contagiosa que dura varios días. Es un refugio frente a las cosas horrorosas de la vida, que se quedan fuera, lejanas y borrosas.

-La pieza original se estrenó en 1951, también en el Châtelet, si bien entonces al servicio del tenor Luis Mariano. ¿Qué novedades incorpora esta versión de Sagi?

-Ha habido un gran trabajo, existían cosas que parecían muy antiguas. La idea de Sagi que lo ha vertebrado es estructurar la dramaturgia a la manera de un rodaje de la película de 'El cantor de México', que ha resultado genial. Una especie de 'muñecas rusas' que enriquece muchísimo el planteamiento escenográfico. Aunque la clave se mantenga en las coordenadas cómicas, en un vodevil lírico, que permiten el 'glamour' y todas las licencias.

-En España, solo resisten dos temporadas estables de zarzuela, las de Madrid y Oviedo. ¿Qué debería hacerse para lograr revitalizar en género?

-Pues, seguramente, lo que se hace en Madrid y en Oviedo. En el Teatro de la Zarzuela, Daniel Bianco, su director, lo ha abierto a los jóvenes, incluyendo visitas a los ensayos. Los montajes de zarzuela, en obras como 'El cantor de México', que abarcan a numerosos personajes, son muy caros y han de buscarse coproducciones, que en este caso se ha logrado con la colaboración del teatro de Laussane, donde por otra parte gozan de mecenas. Así que el público puede disfrutar de un espectáculo a lo grande, como los que se realizaban antaño.

-Habría que echar una mirada bastante atrás para recordarla en su primer papel con Pedro Almodóvar, en 'La ley del deseo', en 1986. ¿Guarda todavía algunas de las esencias de aquella Rossy de Palma que interpretaba a una locutora de televisión?

-Lo que se puede guardar es el personaje, que ya se instala ahí para la eternidad, al igual que todos los personajes que encarnas. Personalmente, en lo esencial no he cambiado. Soy una artista que hace las cosas que le gustan, con amor. El arte puede ser una terapia, una medicina del alma.

-¿Le produce un cierto hartazgo que se la identifique como una 'chica Almodóvar' o lleva con orgullo el serlo?

-Es una parte de mi vida de la que me siento muy orgullosa. Lo que no sé es si los periodistas se hartan de preguntármelo... Ahora mismo lo que más me complace es que vuelvo a la tierrina de mis padres, con 'El cantor de México', pues aunque nací en Palma de Mallorca, soy medio avilesina. La primera cita que tuve con Sagi para este proyecto fue tomando una sidrina. Va a prestame mucho, voy a poneme como una gocha (ríe y apunta: «Escríbelo así»). Mi padre me decía: «Yes mundial». Y me lo creí (más risas).

-En los últimos tiempos, ha pasado varias temporadas viviendo en París. ¿Huyendo de la atmósfera patria o por simples razones profesionales?

-En esa cuestión, solo creo en las fronteras gastronómicas. El trabajo funciona en términos de oferta y demanda, a ello me atengo. Pero, además, me inclino hacia lo francófono. Viajar enriquece. Antes había trabajado mucho en Italia y allí aprendí el italiano. Igual de feliz me hizo que me concedieran la Sardina de Oro, de la Fundación Sabugo, en el Teatro Palacio Valdés, de Avilés. El arte es un universo sin fronteras ni religiones.

-A Emilio Sagi, asturiano, se le suma también en la dirección orquestal de 'El cantor de México' , otro asturiano, Óliver Díaz... Asturias la rodea.

-Óliver es un maestro que me ha cuidado muchísimo. Un maestro y aparte. Tan divertido como interesante.

-El sábado estuvo en los Premios Goya. ¿Alguna anécdota?

-No encontré ningún chismorreo decente.

-¿Proyectos inmediatos?

-El estreno de 'Madame', una película de Amanda Sthers, con Harvey Keitel y Toni Collette. Es una comedia que hace pensar.

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