El Comercio

Las diabluras de los hombres

Mayte Bona, de Morfeo Teatro, interpreta a un elegante diablo Cojuelo tocado con un sombrero con orejas de asno.
Mayte Bona, de Morfeo Teatro, interpreta a un elegante diablo Cojuelo tocado con un sombrero con orejas de asno. / CITOULA
  • La compañía teatral especializada en la actualización de autores clásicos, trasladó con mordacidad el Siglo de Oro a nuestros días

  • Morfeo Teatro presentó en el Jovellanos 'La escuela de los vicios', de Quevedo

Morfeo Teatro, compañía fundada en 2003 por Francisco Negro -quien venía de formarse en Oxford y Varsovia- goza del crédito de haberse especializado en autores clásicos, incluyendo en la nómina a Francisco de Quevedo, de quien ayer trasladaron al Teatro Jovellanos una selección de sus sátiras y discursos políticos, convertidos en dramaturgia soberana, ya hablemos de la sabiduría con la que se han elegido los textos y su urdimbre, de la interpretación de los tres actores en liza -el mismo Francisco Negro, Mayte Bona y Felipe Santiago- encarnando al diablo y a dos discípulos aventajados, o del montaje escenográfico con suelo de charol negro y un gigantesco espejo de plata vieja al fondo que refleja los delirios humanos, quiere decirse diabólicos.

Así pudimos contemplar a un Cojuelo que dirige 'la escuela de los vicios', un lugar nada santo, seductoramente satánico, en el que se dispensan licenciaturas muy humanas, ya sea la de «bachiller en mentir, doctor en robar o catedrático en medrar». Aunque el vestuario de los personajes remitió a los tiempos quevedescos, no hará falta decir que los diálogos resultaron familiarmente contemporáneos.

Por si hubiera algún espectador despistado, también el subtítulo de la obra es orientativo: 'De cómo los golfos gobiernan el mundo'. Morfeo Teatro actualiza a los clásicos, aunque pudiera colegirse asimismo de su brillante adaptación que si los siglos pasan, los pecados quedan. Obra de inteligentísima mordacidad, no está destinada, según ellos mismos han declarado, «a públicos con mentalidad ultraconservadora o que vayan al teatro sólo a pasar un buen rato y no a pensar». A juzgar por la ovación clamorosa que recibieron, cabe deducir que el más de medio millar de personas que acudió al Jovellanos conformaba un grupo de espectadores apropiados.