El bastidor del Bellas Artes

Los trabajadores del Bellas Artes, junto asu director, Alfonso Palacio.

Los trabajadores del Bellas Artes, junto asu director, Alfonso Palacio. / Pablo Lorenzana

  • Veintiún trabajadores mueven los engranajes del museo que enorgullece a Asturias

«Una parte importante de la historia de un cuadro se encuentra en el reverso». Paula Lafuente, la técnico–registradora del Museo de Bellas Artes de Asturias, pronuncia, al describir parte de su trabajo, una frase que define a la perfección la labor que desempeña el variado equipo de trabajadores de la pinacoteca. Son operarios que están en el reverso del Bellas Artes desempeñando tareas imprescindibles para que el equipamiento y su contenido puedan brillar y se merezca los elogios que están concitando tras la reforma. Desde el director hasta la recepcionista. «Tengo un enorme privilegio: contar con un grupo muy implicado en el que todos hemos trabajado muchísimo en un momento único para el Museo, el de su reforma. Alfonso Palacio es un «hombre orquesta», como se define a sí mismo. A las funciones de gestión e institucionales que le corresponden como director, se suma la tarea de conservador, «un puesto que no hay en plantilla. Un museo así debería tener, al menos, dos conservadores: uno, de arte antiguo y otro de arte contemporáneo, porque un conservador desarrolla una actividad fundamental: inventariar obras, proponer cuáles se exhiben, cuáles se adquieren, además de elegir su montaje, ordenar las colecciones,... Aunque lo he comentado con algunos miembros de mi equipo, también he elegido yo las obras que van en cada sala o el color de la pintura de las distintas salas. Ya me gustaría a mí tener un buen departamento de conservación para intercambiar impresiones...».

Escuchando a la plantilla explicar cada una de sus tareas, se detecta vocación y orgullo de trabajar en un museo de las características del de Bellas Artes. La restauradora Clara González-Fanjul comenta que su compañera, Beatriz Abella Villar, y ella misma son las únicas personas que están en contacto directo con los cuadros. Son las ‘cirujanas’ o mejor, las encargadas de la salud de las 15.000 obras que componen el fondo de la pinacoteca, porque buena parte de su labor es preventiva: «El objetivo último es no tener que restaurar», explica González-Fanjul. Lleva 36 años como restauradora en el Bellas Artes y junto a Abella Villar, que cumple 10 en esta función, han tenido que hacer frente a agresiones a obras, por increíble que parezca: «Cortes o punciones, o un incendio intencionado de uno de los aparatos que controlan la humedad», lamentan. Clara y Beatriz han restaurado obras con una altura de 12 metros, un tamaño que multiplica la dificultad del trabajo de Emilio Dopico, que integra el equipo de montadores del Bellas Artes. «La ampliación es un lujo, porque tenemos un montacargas que permite subir obras en la Casa Oviedo-Portal».

Planeros y estanterías

Paula Lafuente es la técnica–registradora. Se ocupa de gestionar su ingente base de datos o de seguir el recorrido que hacen las obras cuando se ceden a otros museos. Ocupa buena parte de su despacho un planero, un gran armario metálico en el que descansan en horizontal decenas de dibujos, grabados o fotografías que deben ser conservados sin enmarcar. Cada una de las obras, tanto las 783 que ahora se exhiben como las que forman parte del fondo, tiene un código. Al del retrato de Carlos IV, de Goya, se le ha asignado el número 222, que permite a Paula Lafuente y a todo el personal del Bellas Artes disponer con agilidad de toda la información que existe sobre la pieza. «Todo nos proporciona información útil. Por ejemplo, la obra puede tener por detrás alguna inscripción, o pegatinas que rebelan dónde ha sido enmarcada. Descubrimos que uno de los retablos barrocos tenía unos tornillos así –mide con los dedos casi un palmo–, que, si duda, eran de la misma época que la obra».

Los recovecos de la pinacoteca albergan una colosal biblioteca. 30.000 volúmenes que fueron catalogándose para apoyo de los técnicos del museo, pero que pueden ser consultados por investigadores, estudiantes o «incluso por cualquier visitante que lo requiera, siempre que pida autorización previamente. Ha crecido tanto que ha pasado a ser de uso público», relata Teresa Caballero, que lleva 18 años en este puesto. Tenemos grabados del siglo XVIII o libros de viajes del siglo XIX, que hemos de conservar con una luz tenue y una humedad determinada». Desde 2011, todos estos volúmenes se pueden consultar en el Catálogo Colectivo de la Red de Bibliotecas de Asturias, explica Caballero sobre un trabajo que también le toca a ella.

El Bellas Artes de Asturias tiene muchos ángeles de la guardia, pero el responsable de que todas sus instalaciones funcionen es José Carlos González Zazo, del departamento de mantenimiento. Es lo mismo que decir encargado de climatización, del sistema contra incendios, ascensores, videovigilancia, control de accesos,... «Con la ampliación, hace un año, se instaló un sistema que de forma centralizada que controla, por ejemplo, que si hay un incendio en una sala, este se detecte y el resto de mecanismos actúen de forma compaginada». Aunque los incendios no son habituales, González Zazo recuerda cuatro, «no todos ellos con el dramatismo que aporta la palabra ‘incendio’, aunque sí que alguno fue intencionado: fue hace muchos años en el Palacio de Velarde, en una planta enmoquetada. Unos niños iniciaron una vía de fuego en una de las esquinas de una zona expositiva. Las obras no resultaron dañadas, pero ello hizo que se optase por retirar la moqueta».

«¿Son originales?»

María Soto, la responsable de Programas Educativos y Difusión de Actividades, ha escuchado alguna vez esa pregunta por boca de algunos de los visitantes. La misma que le han hecho a Sira Vinjoy, recepcionista. «Quizá el carácter gratuito hace pensar a los visitantes que las esculturas que se exhiben o las pinturas que se cuelgan con copias», argumenta María Soto, encargada de organizar y coordinar actividades, tales como visitas de adultos, de niños, talleres o actos como los conciertos que esta semana ha ofrecido un cuarteto de cuerda integrado por músicos de la OSPA en la sala dedicada a Navascués, en el edificio de la ampliación. «Al incrementarse el espacio expositivo, hay más obras que ver y, por tanto, hay que reforzar actividades». Seguro que la reapertura genera más anécdotas de las que María acumula. «Me resulta extraño que un artista con obra expuesta participe en las visitas guiadas. Ha pasado». Es probable que estos entendidos no echen en falta ninguna explicación y detecten la implicación de los 21 trabajadores de un museo que solo tiene como meta perfeccionarse a sí mismo.