El Comercio

Fueyo, en el Palacio del Conde de Toreno, con su árbol.
Fueyo, en el Palacio del Conde de Toreno, con su árbol. / ROJAS

Fernando Fueyo, «el pintor de cámara de los árboles», lleva la naturaleza al Ridea

  • El Palacio del Conde de Toreno exhibe un roble de 500 años y 300 kilos abrazado por un bosque de acuarela

Se ha convertido en el «pintor de cámara de los árboles». Lo dice él mismo, tras contar que, para llegar a ese trono, ha sido «muy largo el viaje». Muchas las pinceladas, muchos los años -«toda mi vida»- y muchas más las miradas fijadas en sus «muy venerables formas». De hecho, Fernando Fueyo, uno de esos asturianos nacidos fuera (Valle de Arán, 1945), asegura: «Fueron los propios árboles los que me aceptaron como tal». Y así, con ese cargo, ha llegado al Real Instituto de Estudios Asturianos (Ridea), donde no solo despliega una veintena de bellos ejemplares de los bosques de España hechos, «con todo mimo», a acuarela, sino que, además, ha colocado un viejo tronco de un roble «de 500 años y 300 kilos de peso» en mitad del patio columnado del Palacio del Conde de Toreno, su sede en Oviedo.

En realidad, todos son centenarios. Asegura Fueyo que entre sus marcos están «los 20 árboles más antiguos y hermosos de todo el país». Pero no suelta prenda sobre el escenario que ocupan. «No quiero que se mueran de éxito. Son tan bellos que, cuando digo donde están, la gente acude a abrazarlos y a tocarlos y eso les acaba perdiendo. Yo, como Cervantes, digo ahora cuando me preguntan que de su nombre no quiero acordarme».

Premiado con importantes galardones como ilustrador, defensor de la naturaleza y retratista inigualable de «su alma», Fueyo encierra este peculiar bosque pintado bajo el título 'El sueño de los árboles'.

Inaugurado ayer, contiene «muchos viajes» y «enormes admiraciones», pero, sobre todo, respeto por la vida de un ser que, «a lo largo de la historia, ha sido un mero decorado, cuando su papel debería de haber sido el de protagonista».

Precisamente de colocarle en ese lugar que considera «justo» trata esta exposición y tratan sus pinceles. Lo hace, confiesa, después de varios intentos. «Cuando veo un árbol, lo observo primero en la distancia. Espero su invitación y hasta que no la siento no me acerco. Nunca lo toco y vuelvo a verlo una y otra vez, en cada ocasión en que la luz le acaricia de una forma diferente. Entonces, como me pasa con las personas, cuando ya le conozco, me acerco y le pinto. No puedo hacerlo antes».

El resultado de esa relación son varias miradas a sus nudos, sus ramas, sus trazos. Fueyo no pinta solo el árbol al que mira de cara. También al que contempla desde su tronco hasta su inmensa copa, como un contrapicado, y al que rodea y acecha, porque está convencido de que, llevándolo a su lienzo, «puede devolverle la vida».

Cada vez que representa un roble o un olivo lo que hace es «salvarlo» y, de ese modo, «rescatar un tesoro» valiosísimo.

«Nosotros tenemos cinco sentidos, ellos tienen 15», añade para recordar que «hacemos mucho mal despreciándolos. Nos creemos que somos dioses y lo que no sabemos es que el hombre acabará desapareciendo de la faz de la tierra, pero los árboles permanecerán».

De momento, los suyos con su «sueño» se quedarán un mes en Oviedo.