El Comercio

'Desnudo con perro'. 1940.
'Desnudo con perro'. 1940.

Nicolás Muller, invitado de Evaristo Valle

  • El museo del pintor prepara un homenaje expositivo al gran fotografo húngaro que se hizo asturiano

  • La hija del creador ha reunido sus fotos más queridas y personales con positivados originales de su padre. La muestra se abre el 30 de octubre

Primero añadió un acento a su húngaro Nicolás (que originalmente no lo llevaba) para subrayar no solo su querencia española, sino la adopción de esta tierra como propia. Después Muller asumió sin fisura alguna su condición de llanisco. Hoy, a 16 años de su muerte, al gran fotógrafo que figura entre los mayores del siglo XX, al lado de Robert Capa, Brassaï o Kertész, se le recuerda, a todos los efectos, como un asturiano de pro. Y con ese título ganado a lo largo y ancho de varias décadas regresa a las paredes de este Norte. El Museo Evaristo Valle le prepara un homenaje, que abrirá sus puertas el día 30 del próximo mes de octubre.

Una vez clausurada la exposición dedicada a los volúmenes de Jorge Oteiza, que seguirá atrayendo atenciones todos los días, hasta el 25, comenzarán la planificación definitiva de la muestra en la que se concentrarán algunas de las imágenes más queridas y personales captadas por su cámara.

De que sea así se encarga su hija, Ana Muller, que también se afincó en Asturias y lleva meses trabajando en la nueva cita póstuma con el legado de su padre. Desde aquella noche de enero de 2000 en que Nicolás Muller desaparecía para siempre, ya van cerca de diez homenajes en diferentes espacios del país. «Pero ninguno como este», dice Pablo Basagoiti, responsable del Museo Evaristo Valle y que interviene directamente en la organización de la nueva exposición.

De época

La diferencia será, además, importante, porque «las fotografías que se colgarán serán copias originales de Muller. Positivados de sus imágenes realizados directamente por él». Hecho que confiere a cada una de ellas una nota especialmente importante, además de otorgarles un halo de imagen de época que no tienen los positivados ajenos. Al parecer, el fotógrafo sufría, y mucho, cuando veía reproducidas sus fotografías en una copia en papel que no era la suya. Incluso en casos de renombrados profesionales del oficio. «Alguna vez llegó a llorar viendo sus propias fotos», recuerda su hija.

Tenía Muller a su muerte 86 años y muchos recuerdos prendidos en la memoria. Pero uno le acompañó siempre y era el modo en que Ortega y Gasset le piropeaba. El gran pensador llegó a decir de él que tenía «la luz domesticada». Le encantaba esa sentencia, que nunca negó, asegurando que, precisamente, esa docilidad le servía para «expresarse plásticamente» con su cámara de fotos. También recordaba Muller que había sido el propio Ortega y su entorno intelectual los que le introdujeron, primero en España y después en Asturias. Aquí llegó en 1947, procedente de Tánger e invitado por la 'Revista de Occidente'.

De origen judío, nacido en Orosháza (1913), fue Nicolás Muller toda una fuerza de la naturaleza, que retrató la vida siempre en blanco y negro. A veces, con una mirada documental y costumbrista. Siempre con una modernidad plástica extraordinaria. Ahora, todas esas miradas serán invitadas de excepción en el Evaristo Valle.