Silencio de los humillados

Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert, sobre el escenario del Jovellanos.
Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert, sobre el escenario del Jovellanos. / PALOMA UCHA
  • El Jovellanos recibió la obra de Jordi Casanovas 'Idiota', protagonizada por Elisabet Gelabert y Gonzalo de Castro

Con texto de Jordi Casanovas, dirección de Israel Elejalde -que en esta ocasión dejó su hábito de actor para ocuparse de la batuta- e interpretaciones de Elisabet Gelabert y Gonzalo de Castro, Kamikaze Producciones y Buxman Producciones trajeron ayer al Teatro Jovellanos la obra 'Idiota', una comedia negra que invitó aparentemente al principio a la sonrisa o incluso a la risa y paulatinamente fue adquiriendo otras inquietudes, sombrías perspectivas de 'thriller' que podría haber firmado Alfred Hitchcock. El público llenó el teatro para verlo y disfrutarlo.

La envoltura de la historia estuvo protagonizada por Carlos Varela (Gonzalo de Castro), un tipo de aquellos que se imagina cazador de fortuna en una sociedad poco avispada, y que para solucionar los problemas económicos que atraviesa -penden de un hilo el bar animado por un karaoke de su propiedad y también el propio domicilio-, acude al despacho de la psicóloga alemana que atiende por doctora Edeltraud, donde realizando unos tests obtendrá una remuneración a cambio. Cazador cazado.

Un rótulo que enmarca una frase de Albert Einstein y que aparece en pantalla cinematográfica en escena al principio de la función da la pista: «Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana... Y del universo no estoy seguro».

Las pruebas a que se somete se antojan inicialmente cándidas. Pero el descuido de no haber advertido que todos los contratos llevan letra pequeña, le va conduciendo después a las sospechas de que hay gato encerrado. A partir de preguntas supuestamente absurdas, va creciendo la invasión en la vida del personaje y sus alrededores convirtiéndolo en una especie de coballa.

El candor se torna inquietud. La traslación va más allá de la escena, se convierte en pregunta genérica al espectador en la oscuridad, porque la trama se interroga acerca de las razones que llegados a un cierto punto nos inmovilizan, nos atrapan en la pusilanimidad, nos enmudecen con el silencio de los humillados, no muy diferente del silencio de los corderos a los que hizo balar Jonathan Demme, bien que en este caso no comparezca la figura del doctor Hannibal Lecter.

Quienes están presentes son un par de actores sobresalientes, que de algún modo ejercieron el papel de contraste muy bien delineado. Gonzalo de Castro, que tiene en su larga trayectoria no sólo comedias populares televisivas, sino mucho teatro y películas cercanas al espectador asturiano, 'La torre de Suso' y '¿Para qué sirve un oso?', de Tom Fernández, encarnó de manera excelente a este pícaro atropellado por los acontecimientos. Y Elisabet Gelabert le opuso la frialdad teutona que finalmente reveló un doble fondo. Llenos de matices ambos, a lo que ayudó la atmósfera creada por la magnífica iluminación de Juanjo Llorens. Aplaudidísima.