El Comercio

El último artista de la saga Zuloaga

Eduardo Laborde, ayer, en la galería Adriana Suárez, junto al grabado de su bisabuelo. A la derecha, tres de sus obras.
Eduardo Laborde, ayer, en la galería Adriana Suárez, junto al grabado de su bisabuelo. A la derecha, tres de sus obras. / DAMIÁN ARIENZA
  • La galería expone también uno de los pocos grabados que realizó maestro costumbrista

  • Eduardo Laborde, bisnieto del pintor guipuzcoano, muestra sus collages fotográficos en Adriana Suárez

Eduardo Laborde es el último artista de la saga Zuloaga, aunque su arte poco tiene que ver con el del maestro del costumbrismo nacido en Eibar en 1870, su bisabuelo, que a su vez era hijo del damasquinador Plácido Zuloaga y sobrino del ceramista Daniel Zuloaga. «Así que algo se me habrá pegado de todos ellos», bromea Laborde, que se ha especializado en la técnica mixta del collage fotográfico y, después de exponer en ciudades como Nueva York, Madrid o su Donosti natal, ayer inauguró en gijonesa galería Adriana Suárez una muestra que ha titulado 'Proyecto revisionismo palaciego'.

Y eso porque las obras que pueden disfrutarse hasta el próximo 15 de julio están dedicadas a tres palacios: los de Ajuda y Queluz, en los alrededores de Lisboa, y el Hermitage, en San Petersburgo, que Laborde visitó en 2015 y donde consiguió fotografiar «sus magníficas salas pintadas de un intenso rojo cadmium y sus gigantescas lámparas doradas» con su cámara Nikon. Eso sí: pasadas por su técnica particular para «interpretar de una manera novedosa esas estancias aportando elementos de la cultura de masas como el parte pop y kitsch y mezclándolos con la pintura de gabinetes de David Teniers, Willen van Haecht y Jan Breughel».

Así que Laborde lo mismo nos traslada al Hermitage y nos sorprende con la Fontana di Trevi en mitad de una de sus salas, mientras desde sus ventanas divisamos las playas de San Sebastián ('Hermitage Donostiarra'), que nos adentra en los palacios de Ajuda y Queluz decorados en homenaje a Lichtenstein o Warhol, con botellas de Coca-Cola o latas de Cola Cao. «Y el resultado es una refrescante ensalada de la 'nouvelle cuisine' llena de condimentos que agitan los sentidos y provocan emociones», resume el artista, que defiende que «pintura y cocina son lo mismo».

Y, así, «si para preparar un 'pintxo' se eligen diferentes elementos que se colocan sobre una misma base de pan», en su caso aplica el mix media, una técnica que aprendió durante un periplo de cinco años en Estados Unidos y en la que «se combinan las técnicas fotográficas con las pictóricas como el pastel, el dibujo a mano, la veladura o la ilustración y los recortes de revistas, cromos o cajetillas de tabaco» sobre el lienzo, convencido de que «es importante cambiar la mentalidad clasicista que impera en nuestra sociedad», a la que «todavía le cuesta mucho adaptarse a la nueva realidad tecnológica. Especialmente, en el mundo artístico».

Todo ello requiere destreza: «No me dedico únicamente a sacar fotografías. Después hay que recortarlas, pegarlas y pintar algunas partes que deseo destacar. Es un trabajo costoso». Pero, a cambio, disfruta de «una técnica que es muy flexible y fresca, que genera menos frustración que otras y que visualmente resulta muy agradecida porque funciona y a la gente le encanta».

Y como Laborde reivindica «con orgullo» sus raíces y la importancia del dibujo, «la base para un artista, como los cimientos de una casa para un arquitecto», junto a sus obras expone también uno de los pocos grabados que realizó su bisabuelo, en el que representa la ermita de Elgueta.

«Era un hombre religioso y la inspiración surgió de una promesa. Su hija estaba enferma y prometió que, si se curaba, la subiría a hombros a la ermita. Y así fue. ¿Quién puede competir con Zuloaga, un hombre que triunfó hasta en Japón?».

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