Con Bilbao siempre presente

Alejandro Quincoces, en la galería Bea Villamarín. /  A. GARCÍA
Alejandro Quincoces, en la galería Bea Villamarín. / A. GARCÍA

El artista Alejandro Quincoces muestra en Bea Villamarín una serie pictórica que bebe de los recuerdos de su niñez

JOSÉ L. GONZÁLEZ GIJÓN.

Alejandro Quincoces (1951) nació y creció en un Bilbao «sucio, contaminado, lleno de fábricas, donde siempre llovía». Las calles mil veces recorridas, las chimeneas, los humos han marcado la trayectoria de un hombre al que ese ambiente «siempre» le ha gustado. Tanto, que sigue presente en su pintura. Una muestra de ello es la exposición que ayer inauguró en la galería gijonesa Bea Villamarín, abierta hasta finales de enero, y que lleva por título 'Visiones urbanas, desastres y otros asuntos'.

La muestra no pivota sobre su siempre presente Bilbao. Nueva York, Siria, Gaza o Rusia protagonizan sus paisajes, «situaciones» como prefiere llamarlos. Porque su pintura no aspira a retratar lo épico sino a trabajar sobre un concepto más próximo al realismo del siglo XIX, en este caso con una propuesta en la que abundan las ciudades contaminadas. «Intento reflejar el mundo, pero con cierta trascendencia. Mis pinturas son casi una distopía, situaciones en las que al hombre se le adivina como constructor de un espacio que nos sobrepasa», explica.

Un espacio creado a conciencia en un proceso que, antes de llegar a la paleta de colores tiene que pasar por la pluma. Para una serie como la que trae a Gijón, Alejandro Quincoces puede invertir entre tres y cinco años de trabajo. Pero, curiosamente, la mayor parte de ellos no son los pinceles su principal herramienta. Su proceso de creación comienza mucho antes de tenerlos en la mano. Los medios de comunicación son los que le proveen de imágenes con las que va «ideando» aquello que se plasmará en el cuadro. Llega luego la estrategia general de la serie y la particular de cada cuadro, la búsqueda de imágenes cámara en mano y sobre el terreno en lugares como la periferia industrial de Chicago o Detroit y la selección de las mismas en busca de una que contenga «la composición, el color y la sensación que quiero convertir en pintura».

La ejecución, la «construcción de la pintura» como él la denomina, es la última etapa y también la que menos tiempo le lleva. Es el momento de dotar a su idea de «mucha pictoricidad», que se refleja en el cuidado de «la composición, el dibujo y el uso de los materiales». Una técnica en la que las veladuras y la pintura empastada son protagonistas le sirven para crear paisajes reconocibles y evocadores en los que muestra su particular mirada al mundo. «No soy explícito en la idea, solo trato de contar el mundo. Lo que traigo aquí es una vista desagradable».

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