Dignidad y amor fraterno en los tiempos de cólera

Ángeles Martín y Beatriz Bermúdez, en el Jovellanos. / PALOMA UCHA
Ángeles Martín y Beatriz Bermúdez, en el Jovellanos. / PALOMA UCHA

'No hay papel', interpretada por Beatriz Bermúdez y Ángeles Martín, hizo un retrato de nuestra sociedad en el Teatro Jovellanos

ALBERTO PIQUERO GIJÓN.

Dos hermanas se reeencuentran y en la transparencia de los diálogos que hilvanan la situación, donde cabe tanto la memoria compartida como el presente en el que se han bifurcado, se construye una estampa muy reconocible de la sociedad que habitamos todos. Ese sería el muy concentrado sumario de la obra teatral que ayer se representó en el Jovellanos ante 400 espectadores, 'No hay papel', dirigida por Víctor Velasco e interpretada por Beatriz Bergamín -autora asimismo del texto y nieta de José Bergamín, de quien se recoge durante la función una frase significativa: «Aprende a ser el que sueñas y no a soñar el que eres»-, al lado de Ángeles Martín. Esa cita mencionada de uno de los mayores ensayistas en español del siglo XX refleja y proporciona las líneas directrices de 'No hay papel', en cuya esencia palpita la irrenunciable defensa de la dignidad. Personal y profesional.

Las actrices, que por momentos se desdoblan en sí mismas, enlazando la ficción y la realidad (al punto de que Beatriz Bermúdez confesó que su pasión por el teatro y su primer amor se le despertaron a los 16 años en Gijón), encarnaron a Julia y Clara, una escritora que sufre presiones editoriales que no acepta y una periodista que ha quedado en el paro, en las trincheras de esa guerra que afecta a tantos españoles. El suelo del escenario está recubierto de hojas de periódicos, donde ambas buscan los anuncios de posibles trabajos, que acostumbran a ser ofertas para aspirantes a la esclavitud, lo que no está entre sus planes.

Entre tanto, se derraman en confidencias fraternales, que Beatriz Bermúdez y Ángeles Martín convirtieron en un abanico interpretativo de la palabra, del gesto, del teatro que se hace vida. Ningún sentimiento les fue ajeno, de las risas a la tristeza, de los recuerdos a las realidades de hogaño, de la alegría espirituosa a los quebrantos. A la manera de hermanas auténticas, que no esconden junto a la idolatría que se profesan y el amor que las une, las querellas de cualquier familia digna de serlo, los celos y la competencia por la primogenitura en los afectos filiales.

Amena, gracianesca -que no es pequeña virtud la de ofrecer un espectáculo que hace gozar y pensar en poco más de una hora-, lúcida y crítica, bienhumorada y ágil, 'No hay papel' se asoma a una ventana ilusoria desde la que les gustaría contemplar bosques de un futuro más halagüeño que el de los paisajes actuales.

Teatro de la palabra, en sus costuras semánticas podrían identificarse muchos de los atribulados ciudadanos en su papel de espectadores, que quizá por ello tributaron un enorme aplauso en el epílogo de la función.

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