«La enseñanza del arte en la educación oficial no está jibarizada, sino suprimida»

Alfonso Palacio, durante el encuentro del Club de Tenis. / DANIEL MORA
Alfonso Palacio, durante el encuentro del Club de Tenis. / DANIEL MORA

Las Conversaciones de EL COMERCIO tuvieron como protagonista a Alfonso Palacio | El director del Museo de Bellas Artes de Asturias recorrió su propia biografía, glosó a Alejandro Mieres y opinó sobre arte en general

ALBERTO PIQUERO OVIEDO.

Las Conversaciones de EL COMERCIO, celebradas en el Real Club de Tenis de Oviedo, han tenido esta semana como invitado al director del Museo de Bellas Artes de Asturias, Alfonso Palacio (Gijón, 1975), justo antes de que se desplazase a Madrid para asistir a la Feria Internacional de Arte Contemporáneo, Arco. Antes de introducirnos en las coordenadas generales, se quiso rendir un tributo a Alejandro Mieres, quien atravesaba por momentos de salud delicada que desembocó en su triste fallecimiento. Alfonso Palacio hizo la glosa: «Se trata de una de las figuras clave de las últimas cuatro o cinco décadas en Asturias. En sus primeras etapas, tuvo influencias de Dalí, de Solana o del post-cubismo. Trascendió su formación académica y a partir de la llegada a Asturias en los 60 desarrolló una de las obras abstractas más interesante, caracterizada por la monocromía. Además, es un artista comprometido, que ha pisado la calle, maestro junto a Bernardo Sanjurjo de los jóvenes. Ambos han sido los dos grandes aglutinadores».

Hecha la justa declaración admirativa, el curso del diálogo acudió a la biografía del protagonista del encuentro, exactamente al momento en el que comenzó a descubrir la seducción del arte. «Estudiaba BUP y tuve un profesor, Pablo Guerrero, jesuita, que me enseñó que el arte era algo más que una materia o una disciplina, era un saber. Te hacía disfrutar de ese conocimiento». Tras el desembarco en la Universidad, vendría a sumarse otro ascendiente: «Fue Javier Barón, un maestro mayúsculo, con el que hice la tesis doctoral sobre Luis Fernández».

Los motivos para que le dedicara toda su atención a Luis Fernández los explicó en términos más globales. «Era necesario porque las monografías artísticas todavía son indispensables en nuestra historiografía, que carece de la tradición que se da en Francia o en el Reino Unido». El trabajo, entre otros muchos quehaceres e investigaciones, incluyó varias travesías por París, «donde Luis Fernández se estableció en largas estancias». Y París acabaría por ser asimismo su destino para realizar el post-doctorado, bajo la sabia guía de Brigitte Leal, actual directora adjunta del Centro George Pompidou. De esa experiencia y ese lugar, Alfonso Palacio dice que «París es el mejor sitio para un joven doctor especializado en el arte del siglo XX, y el Pompidou se reparte con el MOMA (Nueva York) las más importantes colecciones de arte moderno. Además, en mi caso, con la suerte de tener la orientación de Brigitte Leal, una eminencia en el estudio de Picasso, de Julio González o de las vanguardias. Fue un periodo fundamental en mi formación».

A la vuelta, le esperaba su incorporación a la docencia en la Universidad de Oviedo, donde impartió asignaturas muy heterogéneas en torno al arte. «Al ser un profesor recién llegado, era el último en elegir», acota. Pero de esa variedad, que abarcaba desde el arte precolombino al arte islámico o la teoría y estética del cine, extrajo la conclusión de que el arte es un 'continuum', que mantiene una continuidad y establece nexos seculares. Se le preguntó si en ese sentido podría establecerse un paralelismo con la ciencia. Piensa que sí. «El arte es un juego de espejos, como la ciencia. Un rizoma que conecta distintas épocas. Desde el pasado, nos puede anticipar el futuro. Y a la inversa, el presente mira al pasado».

Sin embargo, estaba llamado para otros menesteres, que desembocarían en mayo de 2013 con su nombramiento como director del Museo de Bellas Artes de Asturias, tercer gestor de la entidad inaugurada en 1980 tras José Antonio Fernández Castañón y Emilio Marcos Vallaure. Ya había colaborado previamente con el museo y «preparé el mejor proyecto del que fui capaz», lo que así estimaron tanto el Patronato del Museo de Bellas Artes, al igual que la comisión decisoria, de la que formaron parte Miguel Zugaza (entonces, director del Museo del Prado), Manuel Borja-Villel (Museo Reina Sofía), Marisol Álvarez (catedrática de Historia del Arte de la Universidad de Oviedo), Consuelo Vallina (presidenta de la Asociación de Artes Visuales de Asturias) y Gema Llamazares (galerista).

Los sentimientos que le ocasionó ponerse al frente de un fondo patrimonial que reúne quince mil obras fueron los de «la alegría y la responsabilidad». Y la tarea en este quinquenio ha sido ingente. «Hemos abordado el horizonte de ampliación (2015), lo que nos ha permitido reordenar la colección, extendiendo el espacio de los cuatro mil a los ocho mil metros cuadrados y pudiendo exhibir para el público trescientas cincuenta obras más, hasta las ochocientas. Y he tenido la inmensa suerte de gestionar la donación que nos ha hecho Plácido Arango (cuya exposición se puede admirar desde el pasado 25 de enero y hasta el 22 de julio, comprendiendo pinturas que abarcan del siglo XV al XX). De las treinta y tres obras, doce permanecerán y las demás retornarán. Quedará ya el extraordinario 'Retablo de la Flagelación'. Pero no se conforma y se acoge a una frase del poeta René Char: «No podemos detenernos en el surco de los resultados».

Por supuesto, tampoco están ausentes las necesidades: «Una de las básicas es la contratación de dos conservadores, que el Patronato apoya y espero que se agreguen antes de que finalice 2018. Asimismo, requerimos personal de sala». Lo que no sueña es con disponer de unos recursos presupuestarios similares a los que sostenían el Museo hace poco más de una década, que alcanzaban los 4.200.000 euros, ahora rebajados a 1.800.000. «Hemos de ser conscientes de que esos tiempos no volverán. Se trata de gestionar la crisis global que vivimos y con aquello que tienes, hacer lo máximo». Si bien aspira, al menos, a disponer de la capacidad de comprar obra, «que es algo que no podemos hacer desde 2011».

En cuanto al trabajo en red con otros museos y entidades, estimó que «ya lo estamos haciendo», poniendo los ejemplos del Museo del Prado, Mapfre, Teléfónica, la Fundación Masaveu o el Museo Reina Sofía, «que nos dejó en depósito diez obras importantes». Otra cuestión es que, a su juicio, «en ese intercambio, a veces, se depende demasiado del mercadeo».

Yendo a una guía elemental para quienes desearan acercarse al Museo de Bellas Artes de Asturias, sus recomendaciones fueron que los visitantes no dejaran de contemplar y embelesarse con «la pintura gótica del hispano-flamenco (procedente de la dación de Masaveu, en 1994), el Apostolado de El Greco, la pintura barroca y la escuela madrileña, Goya y los contemporáneos del siglo XIX y XX», donde firman, entre otros, Sorolla, Regoyos, Picasso, Dalí o Miró.

Algunas de esas vanguardias preconizaron la utopía de que el arte fuera asimismo un revulsivo que transformara la sociedad. Alfonso Palacio asume que «el arte es una palanca de cambio y uno de nuestros mayores retos es la misión educativa. Todas las mañanas pasan por el Museo alumnos de colegios. Pero el desafío es conectar a ese sector joven de la población que está desvinculado de los discursos históricos y solo atiende al presente y a las celebridades televisivas». Advirtió, por otro lado, la paradoja de que mientras las instituciones políticas encomiendan a los museos una labor pedagógica, la enseñanza oficial haya marginado la materia artística. «No está jibarizada, sino suprimida», consideró.

Por otra parte, no se dirigen exclusivamente a escolares, sino que, junto al público en general, se preocupan «por atraer a grupos familiares o a colectivos específicos, así los discapacitados o personas en riesgo de exclusión social».

Respecto de la eterna pregunta que se interroga acerca de qué es el arte, confiesa que «me ha dejado de interesar», si bien acoge la respuesta de Alberto Giacometti, según la cual «el arte es intensidad de vida comunicada». En distinta orilla, la teoría de George Dickie, con la que se mostró más escéptico: «Arte es todo aquello que las instituciones del arte llaman arte», un circuito cerrado.

No hubo ocasión para solicitarle opinión en torno a la polémica que se ha instalado en la Feria Internacional de Arte de Madrid, Arco, a donde iba a acudir. O sea, las veinticuatro instantáneas que retrataban a «presos políticos» y que han sido retiradas. Este encuentro fue previo. Pero sí anticipó su visión del significado de Arco. «Por sus características, lo que menos se ve en Arco es arte, ya que funciona en términos mercantiles y un tanto fetichistas. Habrá artistas a los que admiremos, sin duda; pero lo importante allí es la transacción comercial». Sí elogió el epígrafe de esta edición: 'Bienvenidos al futuro'. Y su lema: 'El futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer'.

Dejó para el inmediato futuro la invitación a la exposición 'Arte y mito. Los dioses del Prado', que se inaugurará el 15 de marzo en el Museo de Bellas Artes de Asturias.

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