Escultura para dulcificar la política

La escultora realizó una visita por las difentes obras acompañada de Pedro Sanjurjo y Alfonso Palacio, en otros. / PABLO LORENZANA

La Junta General acoge una exposición de María Jesús Rodríguez con motivo de sus jornadas de puertas abiertas

DIEGO MEDRANO OVIEDO.

Las habituales jornadas de puertas abiertas de la Junta General del Principado (del 28 de julio al 6 de agosto) coinciden este año con la exposición más completa sobre la escultora asturiana María Jesús Rodríguez (Oviedo, 1959) hasta la fecha. Pedro Sanjurjo, presidente de la Junta General del Principado, en sus palabras liminares, quiso invitar a todos los asturianos al Palacio de Fruela, la casa de la democracia por excelencia. Alfonso Palacio, director del Museo de Bellas Artes de Asturias, destacó las sinergias entre el organismo que dirige y la presente exposición. La propia artista subrayó lo que tiene este viaje de trayectoria global, desde sus obras de principios de los ochenta a la actualidad más inmediata. Exposición sucinta, pero, al mismo tiempo, donde el grueso de su carrera se muestra de modo privilegiado.

Hablamos del viaje de los trabajos con cartón a las piezas más minimalistas donde el aluminio es el protagonista. Del frío industrial a la naturaleza y su luz. De la pasión por la flora (las llamadas 'malas hierbas') al zigzag primitivo de las cuevas en sus paredes más húmedas, a la escultura como tótem (en competencia misma con las columnas del palacio); de la pasión por los objetos cotidianos a las diferentes texturas de un material único, la madera. Un viaje hacia la estilización (a partir del año 2000) presidido por todo un pasado geométrico, donde el cartón como materia prima ha ido despojándose de accesorios, en palabras de Palacio: «Son sus piezas decisivas, donde la luz es recogida por el cartón y genera vibración. Se pasa, en plena depuración, de lo mínimo a lo máximo. Nunca menos es más, como en el caso presente». Trabajo que ha ido complicándose con el tiempo, desde una simple técnica de pulido a base de cúter, a lo que son radiales, y piezas con vidrio que pretenden reflejar lo que viene a ser «el sol en el agua». Una obra cálida, con el paso de los años, donde el colorido ha ido ganando protagonismo.

El mortero africano, como pieza fundamental de la cultura subsahariana, puede que sea la joya de la corona. El lugar donde se machaca el mijo, emblema de una etnografía que Rodríguez quiso desde hace más de veinte años atrás convertir en política al mismo tiempo que en poética. Tal vez haya un hilo conductor entre el mismo y los problemas de los mineros en trabajos pintados (hasta veinte manos de pintura) sobre cartón donde la lucha entre lo que se ve y lo que no pretende ser la base del discurso. Su mundo, desde otra perspectiva, ya desde 1998, en un vídeo de presentación que ocupa la sala primera, habla de pedreros, de acantilados, de una artista para quien la belleza del entorno es lo prioritario, quien durante muchos años recogió toda clase de sobras y basura en un proceso de reciclado sin tregua; llegó a llamarse a sí misma, por tales fechas, la «vigilante de las olas», donde el Occidente asturiano fue mucho más que un terreno íntimo o familiar. La Junta General reconoce más de treinta años de trabajo ininterrumpido, «uno de nuestros valores contemporáneos más importantes», en palabras de Palacio, con fondo permanente en el Museo.

Investigadora nata sobre los límites de toda creación, artista nativa que siempre ha hecho de Asturias su territorio, dos plantas dedicadas a sus esculturas mejores, a las que el paso de tiempo ya ha otorgado la categoría de obras maestras. Memoria y paisaje como retos máximos de la muestra en treinta piezas sin vuelta atrás, durante los diez días de jornadas de Puertas Abiertas para visitarlas en los que hay tanta biografía como proyección de futuro. Referencia fundamental del grupo ABRA (años 80) cuya obra ha visitado Madrid, Zurich, Munster, Lyon y media Europa. Una mirada sencilla donde la calma y la reflexión, la simbiosis entre imagen y texto, son sus mayores alicientes. El vídeo introductorio (dirigido por Tito Montero, producido por Ramón Lluís Bande) cobra especial impronta dentro del conjunto. La mejor invitación a una obra compacta, sin fisuras, a la que el trabajo diario y constante ha convertido en lo que hoy es.

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