La memoria recuperada de los niños de Rusia

Un grupo de guajes, en Leningrado. / FOTOS: ATENEO DE LA CALZADA
Un grupo de guajes, en Leningrado. / FOTOS: ATENEO DE LA CALZADA

Se cumplen ochenta años del exilio de 1.100 pequeños desde El Musel huyendo de la guerra El aniversario se recordará con una exposición fotográfica de los guajes y se celebrarán diversos actos en el Ateneo Obrero y en el de La Calzada

PABLO A. MARÍN ESTRADA GIJÓN.

El próximo 23 de septiembre se cumplirán ochenta años de la salida desde el puerto del El Musel de 1.100 niños asturianos con destino a la antigua Unión Soviética. Serían los conocidos como 'Niños de Rusia' o 'Niños de la Guerra'. Una exposición en el Ateneo de La Calzada con material gráfico (hoy en manos de particulares y que será cedido al Muséu del Pueblu d'Asturies) y documental aportado por familiares de los evacuados, así como diversos actos organizados por el Ateneo Obrero de Gijón, recordarán su historia en la ciudad de la que partieron huyendo de los horrores de la guerra civil y a la que muchos de ellos nunca más regresarían.

Araceli Ruiz Toribios (Palencia, 1924) y sus tres hermanas formaban parte de aquella expedición. Hoy preside la asociación que agrupa en Asturias a los supervivientes de los niños de la guerra y recuerda «como si fuera hoy» -afirma- aquel 23 de septiembre de 1937 en el que salieron de Gijón, dejando aquí a sus familias y un frente de guerra que romperían un mes después las tropas franquistas ocupando toda la región.

En la medianoche de ese día varios autobuses se desplazaron hacia una quinta de Roces en la que habían sido concentrados y emprendieron rumbo al puerto: «Atravesamos Gijón con las luces apagadas y llegamos a El Musel. Estaba todo oscuro, solo una bombilla pequeña alumbraba. No permitieron ni despedidas ni nada. Fue llegar y meternos en la bodega del barco, un carguero de carbón», evoca ochenta años después.

La travesía hasta Rusia

En la memoria lúcida y exacta de sus 93 años guarda una escena que resume la sensación de desvalimiento de los evacuados más pequeños: «A mi lado había un niño de cinco años llorando y decía: '¡Ay, el mi deu!', -seguramente lo primero que se le ocurrió para justificar el llanto-. Luego empezaron a llorar unos cuantos. Era una verdadera tragedia».

Fue una travesía interminable en un buque preparado solo para transporte de mineral hasta su primer destino: el puerto bretón de Saint-Nazaire. Allí les esperaba un barco soviético, el 'Kooperassia', muy distinto de aquel al que habían subido en El Musel: «Era un trasatlántico precioso, blanco. Los oficiales y los marineros eran muy amables. Había médico y nos revisó a ver quién estaba enfermo. No entendíamos nada ni ellos a nosotros, ya que no había traductor a bordo, pero nos trataron muy bien, nos daban hasta caviar y nosotros decíamos: '¿Qué será eso?'». Ruiz se ríe con la anécdota que ha contado muchas veces en sus visitas a centros escolares para difundir su historia, la de aquellos niños con los que compartió destino, entre quienes ahora cuentan con una edad similar a la suya entonces: «Siempre les digo: 'Os voy a contar mi vida, que es vuestra historia'. Y mientras esté consciente no me negaré nunca a ir a hablarles a los muchachos de lo que vivimos».

Iniciativas como las que van a conmemorar en los próximos días el aniversario de su salida de Asturias le parecen «muy necesarias, después de los años de dictadura que hemos vivido y de todo lo que ha pasado. Todavía el pueblo español no conoce esa parte de nuestra historia».

Gijonesas para siempre

El viaje iniciado en Gijón les llevaría a Londres desde Saint-Nazaire y, en la capital británica, los niños iban a ser repartidos entre el 'Kooperassia' y otro buque que les esperaba allí, llamado 'Felix Dzerzjinski'. Este último sería el que trasladaría hasta su lugar de destino, la ciudad rusa de San Petesburgo a Araceli, que entonces contaba con trece años (la edad máxima de los evacuados) y a sus tres hermanas, Conchita, de once, Angelines, de apenas cinco y la mayor, Águeda, que con 22 años había sido embarcada como educadora de la expedición. Conchita, con 91 años y Angelines, con 85, viven aún y en Gijón, como ella.

«El recibimiento fue apoteósico, el puerto lleno de gente y de niños, pioneros, que portaban una pancarta en la que se leía: 'Bienvenidos los hijos del heroico pueblo español'.

Allí comenzaba una nueva vida para todos de la que solo puedo estar agradecida a la Unión Soviética», manifiesta ahora. La historia de la vida que compartirían aquellos 1.100 niños de la guerra será recordada ochenta años después en su ciudad.

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