Por las miserias de la caducidad

Pedro Casablanc y Samuel Viyuela, sobre las tablas del Teatro Jovellanos. / JOAQUÍN PAÑEDA
Pedro Casablanc y Samuel Viyuela, sobre las tablas del Teatro Jovellanos. / JOAQUÍN PAÑEDA

'Yo, Feuerbach' recibió en el gijonés Teatro Jovellanos una merecida ovación | La obra de Tankred Dorst ofreció las magníficas interpretaciones de Pedro Casablanc y Samuel Viyuela ante 550 espectadores

ALBERTO PIQUERO GIJÓN.

Llegó ayer al Teatro Jovellanos la obra de Tankred Dorst -uno de los grandes autores europeos de las últimas décadas-, 'Yo, Feuerbach', estrenada en el país de origen del autor, Alemania, en 1991. Desde entonces ha ido cosechando la rúbrica internacional entusiasta de la crítica y el público, incluyendo su paso hace un año por el avilesino Teatro Palacio Valdés. Tal vez porque planteando un argumento gremial del mundo artístico, sin embargo logra presentar un abanico de emociones que conciernen a cualquier espectador.

La trama perfiló la biografía de un actor maduro en horas bajas, quien, tras siete años al margen de las tablas escénicas, pretende recuperar viejas glorias y avivar nuevo fuego en las cenizas.

Ese personaje, que al principio de la función aparenta mantener todavía la exuberancia que en el pasado le habría llevado a la cumbre, es Feuerbach. Le dota de vida una interpretación colosal de Pedro Casablanc, el cual atraviesa una montaña rusa de estadios sentimentales, partiendo de la memoria que aún enciende su pasión hasta la paulatina comprensión de un presente sin llamas.

Aguarda para que lo atienda un director de gran prestigio, con el que había colaborado en su época más notable. Ocurre que solo le atiende un simple auxiliar, un joven ajeno a sus monólogos exaltados y a su presunto tránsito por el olimpo actoral, encarnado de manera magnífica por Samuel Viyuela González.

La espera, que va dilatando el famoso director, podría equivaler a la amargura beckettiana de aquellos a los que nunca recibió Godot. O, en un sentido menos retórico, la demostración de que la veteranía y los galones del ayer no son un grado. Ni en el arte ni en la vida. Y, por lo que parece, el fenómeno posee similares características en nuestra tierra de garbanzos que por los meridianos germánicos.

Ese es uno de los hallazgos creativos de 'Yo, Feuerbach'- adaptada por Jordi Casanova y dirigida por Antonio Simón-, que, hablándonos de las crestas sublimes y de las bambalinas tristes del planeta artístico, sus guirnaldas y sus coronas de difuntos, convoca para examinar las miserias de la caducidad que no merecen ese destino en ningún oficio, biografía o actividad particular desplegados con el alma.

Acaso Feuerbach, transcendiendo la singularidad de un temperamento que oscila entre el cielo y el precipicio, nos explica los signos de una época arrasada por el culto al presente con olvido de los tiempos del verbo que lo han traído hasta aquí.

Pedro Casablanc ofreció lecciones de versatilidad ante 550 espectadores en un papel laberíntico, muy bien auxiliado mediante el contrapunto de Samuel Viyuela, en un ejercicio de teatro puro, que no es otra cosa que la transparencia de lo que somos. La ovación final del respetable en el Jovellanos fue tan calurosa como merecida.

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