Retrospectiva lírica y esencial

Carlos Sierra, anoche, durante la inauguración de la exposición en el Centro Asturiano de Oviedo. / FOTOS: ALEX PIÑA
Carlos Sierra, anoche, durante la inauguración de la exposición en el Centro Asturiano de Oviedo. / FOTOS: ALEX PIÑA

El artista Carlos Sierra, autodidacta de vocación inquebrantable, muestra su obra en el Centro Asturiano de Oviedo

DIEGO MEDRANO OVIEDO.

El Centro Asturiano de Oviedo, con motivo del Día de Asturias, organiza una muestra retrospectiva del pintor Carlos Sierra (Lieres, 1943). Se trata de la duodécima comparecencia individual del artista en la ciudad. Gabino Busto, máximo especialista en Sierra, autor de las palabras liminares del catálogo, después de lamentar el poco caso «institucional» hecho hacia al creador desde su tierra, divide la obra en tres etapas: «Una primera (1960), influida por las corrientes inaugurales del arte de vanguardia, desde el postimpresionismo al expresionismo. Una segunda (1970), donde, liberado de las influencias anteriores, pero inscrito en una fuerte tradición romántica, afronta su trabajo como un riguroso ejercicio de la meditación ante la realidad, inspirado en el movimiento zen;. Una tercera (a partir de 1978) donde se intensifica el sentido poético y hay una mayor introspección en los temas, generalmente extraídos de una naturaleza virgen o escasamente intervenida, aunque también, en menor medida, del mundo urbano, dos géneros que el artista contribuirá a mejorar».

Hablamos del gran pintor asturiano, sin otra fuente de manutención que su oficio, de los pocos que ha conseguido enteramente vivir del arte en Asturias, autodidacta de inquebrantable vocación, inasequible al desaliento, con toda la pasión y orgullo imaginables por su trabajo. Sintetiza, admirablemente, Busto sobre lo más conocido por el gran público: «Su realismo, lírico y esencial, se materializó especialmente en paisajes y naturalezas muertas. Obras inscritas en el realismo mágico más canónico, caracterizadas por espacios con superposiciones de imágenes de cuño fantástico -oníricas o espectrales-, en coincidencia con las fórmulas empleadas por Antonio López en sus comienzos». Eso, podríamos añadir, es lo más famoso o representativo, pero, tanto como obra como personaje, son inmunes a la definición. Es, también, sí, y de forma convulsa, el amante de la antigua pintura china, de la renovación interior permanente, de Ibiza y París como puntos opuestos de una trayectoria donde la lectura de la naturaleza ha sido fortísima, donde los asuntos humildes y aparentemente intrascendentes constituyen otra poética, el gran pintor de la memoria y su eco, del fluir y no detenerse, «optimista y despreocupado, como una calabaza arrastrada por la corriente del río», se añade en letras de molde no sin cierta ironía.

Obras fijadas temporalmente (entre 1978 y 1997) que combinan dibujos acuarelados, óleos sobre tablas, telas, con motivos ya muy clásicos: desde bodegones a otros trabajos simbólicos donde la pasión por el detalle es máxima y las naturalezas muertas (hojas, frutos, plumas, cáscaras, restos óseos, cuerdas, piedras, raíces) parecen estár suspendidas de un mundo casi mágico, embeleco de los sentidos y la razón confusa o en vilo. Lo inerte en Sierra -puntualiza Busto- propicia otra mirada: desencadena recuerdos al mismo tiempo que la imaginación del espectador.

El estado salvaje, por instantes, lo es también íntimo, y he ahí su pureza y ataque a lo tantas veces podrido de todas las civilizaciones. Aparecen sus estancias significativas en Villahormes (1980), pero también sus viajes (el último a la Bretaña, en busca de la Escuela de Pont-Aven). Huele a bosque, a castaña abierta y sin fruto, a otoño sin precauciones, a troncos húmedos atados con cuerdas, y a esa honestidad brutal de solo haber vivido para el oficio sin cansancio ni juicio alguno.

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