«El robo en la Catedral fue un revulsivo. Se llevaron nuestros signos de identidad»

Benito Gallego, en la Cámara Santa. / MARIO ROJAS
Benito Gallego, en la Cámara Santa. / MARIO ROJAS

«Me sentí muy mal. No nos lo podíamos creer. La Cruz de los Ángeles tenía un brazo roto, quedaba en pura madera»Benito Gallego Deán de la Catedral, testigo tras el asalto a la Cámara Santa en 1977

DANIEL LUMBRERAS OVIEDO.

Hace 40 años, Benito Gallego (Villamoratiel de las Matas, León, 1943) era el canónigo más joven de la Catedral. Hoy es testigo de excepción del delito que conmocionó a Asturias y a toda España: el robo de las partes valiosas de la Cruz de los Ángeles, la Cruz de la Victoria y la Caja de las Ágatas por el pontevedrés José Domínguez Saavedra.

-Llevaba dos años de canónigo.

-Año y medio. Estaba dedicado específicamente a mi labor de penitenciario (confesor principal). El robo fue la noche del 9 al 10 de agosto. Al día siguiente, entramos juntos en la Catedral Ignacio Laizola, capellán de las Pelayas, y yo. Veníamos tranquilamente a nuestra labor diaria y vimos algo extraño en el balconcillo del crucero que da a la Cámara Santa: una cuerda colgada. Miramos alrededor y vimos algún lampadario un poco forzado. Cogimos las llaves, fuimos hacia la Cámara y... un impacto muy grande.

-¿Cómo se sintió?

-Muy mal. No nos lo podíamos creer. Vimos deshechas las piezas que tenían oro y piedras preciosas. Comprobamos que la Cruz de los Ángeles tenía un brazo roto, quedaba en pura madera. Vimos también una lata de conservas, mejillones o sardinas, y restos de fuego que se había hecho con un periódico o similar. Inmediatamente bajamos y llamamos a la Policía, además de que ya iban llegando los demás canónigos. Con esa impresión, no quisimos tocar nada.

-¿Cuál fue la reacción capitular?

-De incredulidad. Muy impresionados, sobre todo los canónigos mayores y más responsables, como el deán, Demetrio Cabo, y Luis Cortina, que era el encargado de las llaves. Luego hubo declaraciones a la Policía, fueron tomando pruebas de cómo estaba todo. Nos preguntaron allí, todo sobre el terreno.

-¿Puede reconstruir el robo?

-La impresión con la que me quedé fue que Saavedra, al cerrar la Cámara Santa, se quedó escondido en una escalera. No era difícil por cómo estaba aquello: no había seguridad, no había alarmas. La gente entraba dentro del 'camarín'. No había ni un horario fijo de visitas. Cuando estaba todo en calma, bajó del escondite y, con una ganzúa, que también apareció allí, forzó la verja y se fue solo a por las piezas de oro: no fue a por las reliquias ni a por el Arca Santa.

-¿Las obras que había en el tejado le pudieron ayudar?

-Sí, eso lo facilitó. Lo que no sé es si los obreros ya habían terminado. Al día siguiente no los vi por allí. Descerrajó el oro y lo fue metiendo en una bolsa de deporte. Había una especie de cuerda del balcón al crucero por la que pensamos que bajó, no tuvo que abrir puertas como la verja de entrada a la Cámara Santa. Después intentó abrir esta caja fuerte (señala la de su despacho de sacristía) y, como no podía, trató de sacarla. Picó, no sé con qué. No lo logró.

-¿Había algo de valor dentro?

-No, ahí suele haber poco dinero. Algo de donativos, de bodas. Entonces, en agosto, había pocas. Saavedra dio un paseo por la Catedral. Pasó por los lampadarios, que no creo que sacase mucho de ahí. No estoy seguro de si salió por el tránsito de Santa Bárbara o por la Puerta de la Limosna. Ese es el recorrido que la Policía hacía también.

-¿Notaron la reacción de la gente? Hubo manifestaciones.

-Sí, después de un breve espacio de tiempo hubo una más potente, decían que cuatro mil y pico personas. Ahí estaba la gente de la ciudad, algunos 'amigos' de la Catedral en protesta contra las autoridades y el Cabildo que pude percibir. Creo que fue un revulsivo para la ciudad: se habían llevado nuestros signos de identidad, los signos de Oviedo.

-Eran símbolos de una comunidad que aún no existía.

-Pero ya lo eran de Asturias y de Oviedo. La bandera no es que se hiciera con la democracia, todo existía. Eso removió las conciencias. Hay cosas que, cuando faltan, uno las valora. Fue un revulsivo social y también político, los poderes públicos se sensibilizaron. Enseguida se nombró una comisión por el arzobispo para ver cómo se podía restaurar.

-El robo tuvo eco internacional.

-Claro. No se tardó mucho en detener a este chico con restos en su mochila. Otras partes estaban en una escombrera de Gijón. Se recuperó prácticamente todo. La comisión empezó a funcionar enseguida en el Palacio de la Diputación.

-Hubo reivindicaciones pintorescas del robo.

-Sí, pero eso se cayó enseguida. Él siempre declaró que estaba solo, aunque algunos sospechan que había más.

-Su abogado, Antonio Masip, así lo sostiene.

-No lo sé, eso no se probó nunca. Las huellas eran de este chico.

-¿Puede que tuviera ayuda de dentro o de alguien que conociera?

-Sospechamos que no porque todo fue muy basto en la realización, muy torpe. No eran especialistas, desde luego. Él estaría dos o tres días por ahí, imagino. Aprovechó la escalera para guardarse.

-¿Qué partes no se recuperaron?

-Un camafeo de la Caja de las Ágatas que después se recuperó con tiempo y se repuso. La primera decisión que tomó la comisión fue cómo se iba a restaurar y dónde: en Oviedo, en el taller de Pedro Álvarez.

-Saavedra dijo que había partes que no aparecerían porque estaban en otras manos.

-Las que vendió a los gitanos de Orense. Si hay alguna pieza muy pequeñita que no... no lo sé.

-¿Barajaron hacer una réplica y dejar aparte los restos rotos?

-No se ha permitido por el Cabildo hacer réplicas cogiendo las cruces, ni siquiera a Carlos Álvarez, el restaurador jefe.

-La comisión estuvo años reuniéndose. ¿Tan complejo era todo?

-En febrero del 78 es la primera reunión y, en 1982, ya están prácticamente las dos cruces terminadas. Ya ese año notamos un incremento muy grande de asistencia de la gente para la bendición del sudario. Tanto es así que en el 85 le pedimos al arzobispo licencia para bajar el sudario al centro del altar, y a los tres días se muestra porque estaba llena la Catedral. Antes se ponía en el balconcito del crucero porque no venía mucha gente.

-De ahí nació la devoción por el sudario.

-Siempre pasa, Dios escribe derecho con renglones torcidos, no hay mal que por bien no venga. No nos alegramos de lo que pasó, en absoluto. Pero a partir de ese momento la Cámara estuvo mucho más arropada.

-¿Siguió el juicio de Saavedra?

-Me acuerdo de que salieron 18 años de cárcel. Alguien me comentó que lo mataron, pero no estoy seguro.

-¿Podría volver a suceder un robo así hoy en día?

-Lo mismo no. Se han puesto muchas más cautelas.

-¿Ha habido algún otro intento estos años?

-No. Los raterillos de los lampadarios, pero hasta ahí se ha puesto seguridad.

-¿Cómo están ahora las cruces?

-Bien. Cuando se restauró la Cámara, se sacaron y fueron a una caja fuerte. Previamente se llamó a Carlos Álvarez para que las revisara y diera un repaso a todo. Hubo alguna cosita, algún tornillo. Se limpiaron algunas cosas, como la sandalia de San Pedro.

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