Sátira futurista con aplicaciones para el calendario de hoy

Mireia Aixalà y Carmen Machi, anoche, sobre las tablas del Jovellanos. /  ARNALDO GARCÍA
Mireia Aixalà y Carmen Machi, anoche, sobre las tablas del Jovellanos. / ARNALDO GARCÍA

Con el protagonismo de una desbordante Machi, un Jovellanos abarrotado ovacionó la obra de Ernesto Caballero 'La autora de Las Meninas'

ALBERTO PIQUERO

Bajo capa de sátira desenfadada, el sarcasmo que ayer se puso sobre las tablas de un Jovellanos abarrotado, con la obra escrita y dirigida por Ernesto Caballero 'La autora de Las Meninas', invitó a desnudar realidades, bien que llevándonos a un futuro distópico, fechado en la España de 2037.

En ese calendario del porvenir, la Unión Europea ya no existiría y el Gobierno de nuestro país estaría regido por el Partido Pueblo En Pie. La ruina económica rodea tal circunstancia y se buscan remedios mediante la venta a una potencia extranjera, monárquica y petrolera, del cuadro más emblemático del Museo del Prado, 'Las Meninas'. Para cuidarse frente a la opinión pública, se contrata a Sor Ángela, espléndida copista de cuadros originales.

Esa travesura de los pinceles inicia el enredo, abarcando una mirada crítica que pone en tela de juicio las relaciones entre el poder y el patrimonio artístico, el mundo creativo y sus vanidades, las vanguardias y las retaguardias, el sentido esencial de la cultura.

En la vertebración teatral, una inmensa Carmen Machi, que construye el relato completo, atravesando metamorfosis donde cabe la condición espiritual de una modesta plagiaria y las distorsiones más enloquecidas. Incluso se la interrumpió con aplausos en pleno trance dadaísta.

Mireia Aixalá, que cumple el papel de directora del Museo del Prado, y Francisco Reyes, como vigilante nocturno, agregan pinceladas que enriquecen la obra.

La escenografía de Paco Azorín se apoyó en proyecciones audiovisuales aproximando detalles del cuadro velazqueño.

Una propuesta de apariencia futurista que es un óleo del presente adivinable, inquietante. Una inquietud que se resolvió en el aforo atestado del Jovellanos ofreciendo los espectadores una prolongada ovación.

Lección teatral magnífica para no olvidarse de que el presente constituye lo que seremos el día de mañana, aunque se le pueda objetar la extensión en la fase del epílogo y algún exceso histriónico.

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