Arturo Fernández vuelve a triunfar en el Jovellanos con la comedia 'Alta seducción'

Asistentes a la representación en el coliseo gijonés, que rozó los novecientos espectadores.
Asistentes a la representación en el coliseo gijonés, que rozó los novecientos espectadores.

El aforo rozó el lleno completo en la primera de las funciones, que se extenderán hasta el próximo domingo, 3 de septiembre

ALBERTO PIQUERO GIJÓN.

Más allá de las admiraciones o los rechazos que por razones diversas pudiera suscitar Arturo Fernández (Gijón, 1929), quien parece que nunca deja a nadie indiferente, lo cierto es que el chaval que un día de 1950 se marchó a buscar una fortuna incierta a Madrid, cumplidos hoy los 88 años (los celebró en el pasado mes de febrero), puede mirar atrás y dar por realizada una extensa trayectoria, generalmente exitosa, en la que ha rebasado el centenar de títulos cinematográficos y teatrales. Esa cuestión no admite dudas y habla de una vocación artística a prueba de obstáculos. En algunas temporadas llegó a ser el protagonista de cinco obras. Como tampoco caben muchas sospechas de que, considerándose católico, bien que a su manera, haya podido vender su alma al diablo para mantener ese estado de forma física que en la frontera nonagenaria ayer volvió a lucir sobre las tablas del Teatro Jovellanos. Ha de ser por diferentes motivos. Ganas dan de solicitarle la receta.

Estará en la escena gijonesa, o sea, su casa natal, lo que tal vez favorezca la luz que se le encendía en los ojos, hasta el próximo domingo, 3 de septiembre. Y lo hará desde una triple condición, aspecto que acaso conviene también señalar, productor, director y actor, lo que quiere decir que suya es toda la responsabilidad, incluyendo la taquilla que los espectadores dispensen. De momento, en esta primera función del martes las localidades estuvieron a punto de agotarse, manifestación patente de que continúa teniendo un público incondicional e interesado en su oferta. Se rondaron los novecientos espectadores, que no es cifra nada desdeñable, sino muy apreciable. Y las entradas para el resto de las representaciones están empezando a escasear también.

Ha venido en esta ocasión de la mano de una obra que estrenó en 1989, 'Alta seducción', de María Manuela Reina, que ya entonces cosechó las sonoras risas y aplausos que volvieron a escucharse de nuevo en esta cita gijonesa. Y la devoción que se tiene a Arturo Fernández en su tierra se demostró desde el primer instante, porque, en cuanto apareció en escena, su público le recibió con un inmenso aplauso.

La historia conserva una vigencia, digamos, de sesgo popular, pues pone en la picota la condición de la profesión política, tan denostada en los últimos tiempos, a riesgo de que se cumpla aquella predicción que advertía de que todo es susceptible de empeorar.

Un político y una prostituta entablan relación, poniendo un oficio y el otro a semejante altura, juegan al arte de la seducción recíproca, tal vez remedando el cuento del cazador cazado, para terminar sucumbiendo a la sublimación del amor que les redime, circunstancia propicia para que ambos abandonen sus perdularias ocupaciones anteriores. Claro está, tratándose de una comedia, el final es feliz, dichoso y bailado. Y, entre frase y frase, más aplausos cada vez que Arturo Fernández dejaba caer alusiones a Podemos, irónicas e improvisadas, o a su querida Asturias.

El actor permitió un espacio ancho a su compañera en la tarima, Carmen del Valle, quien se lució en el enredo de las insinuaciones. Y quizá incurriéramos en un tópico al decir que su interpretación tuvo la silueta que de él se espera, pero añadiendo, asimismo, que ese perfil es el que más le agradece su feligresía, que capta al instante y disfruta de sus maneras características, premiándolas con risas y aplausos.

Arturo Fernández ha proclamado que 'Alta seducción' se adscribe al género de la alta comedia, lo que admite los juicios que siempre siguen a las opiniones. Pero lo cierto es que, por momentos, el actor se permite incluso una inteligente autoparodia.

De lo que se puede dar testimonio es del regocijo que envolvió la función de principio a fin y de la estruendosa ovación que le tributó el respetable en el epílogo a quien, desde ya hace mucho, es profeta en su tierra y entre sus gentes.

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