La asesina de Noreña

En febrero de 1947, la cabeza de un conocido médico noreñense apareció, envuelta entre papeles de periódico, a la puerta de su casa. Le había matado, y descuartizado, una de sus pacientes... Y, a la sazón, su amante

Era tan hermosa, y débil a los ojos del doctor, aquella paciente que él no pudo impedir saltarse, ¡qué remedio!, el código deontológico, la discreción y el sentido común. En tiempos propios para ello, Ana María y el doctor Rasa comenzaron un amor de contrabando; tan prohibido y peligroso como el estraperlo pero igual de pasional que lo era la mirada de la mujer. Tenemos su foto. Acusada ya de haber matado a Rasa, de haberle descuartizado, de repartirle en trocitos por todo el pueblo. Sonriente, aun así. El pelo encrespado de tanto no peinarse, negro como un tizón; la cara cuadrada; los labios finos; jersey a raya y las manos muy grandes. Muy grandes. Fibrosas, como de hombre, fuertes; las mismas manos que años atrás habían acariciado la cara del doctor y que acabaron, serrucho en mano, partiéndole en pedazos.

Pero habrá, digo yo, que empezar por el principio. Por el encuentro entre los amantes. Fue en 1942, cuando Rasa ya era el médico de Noreña y a Ana María le comenzaron a acometer unos ataques inexplicables que le hacían agarrotar los músculos, gritar, convertirse en un animal espantado que solo veía a su alrededor enemigos de los que estaba dispuesta a defenderse. Era gijonesa, de Cenero, criada para los señoritos del pueblo, y necesitaba un médico que pusiera freno a su locura. Que la medicara. Que la calmara. Que la entendiera.

Así que se encontró a Rasa. «Le fue a consultar una enfermedad nerviosa», recapitula, el primero de marzo del año 50, EL COMERCIO, y acabaron como acabaron. Enamorados a escondidas del pueblo hasta que ya no hubo forma de tapar aquella pasión. En junio del 45, Ana María entró a la casa del doctor -por aquello de guardar las apariencias, se aseguró que de criada- sin la intención de salir. Y no salió, no. De lo que ocurrió la tarde del crimen -21 de febrero del 47- nadie pudo contar, porque nadie más que el muerto y la matadora estuvo presente. Solo se supo lo que dijeron la evidencia de un lado y, del otro, la acusada. Ella, Ana María: que había discutido con el doctor; que este se había puesto violento con ella; que, como ella limpiaba la casa, y controlaba los cajones, sabía dónde encontrar el revólver de Rasa; que lo sacó de aquel cajón, que le apuntó por la espalda y que, presa de insuperable pánico, le disparó.

Después, toda una oscuridad que solo pudo iluminar la evidencia. Y no precisamente de forma agradable. Porque resultó que, después de matar a Rasa, Ana María quiso deshacerse del cadáver, y lo hizo armada con un serrucho e innumerable cantidad de papeles de periódico para envolver lo que quedaba de quien, hasta hacía unas horas, había sido su amante. Como quien envuelve una pieza de carne en la chacinería. O un trozo de pescado. Leamos. «Realizado el hecho, la procesada con una sierra le mutiló las dos piernas por las rodillas, y los dos brazos por el hombro, colocándolos sobre el pecho, realizando la separación de la caja torácica de la abdominal y la cabeza del tronco, dejando esta abandonada y envuelta en papeles junto a la puerta de entrada».

Fue un jarro de agua fría. Nunca se había visto un crimen de semejantes proporciones en Noreña; en Asturias, pocas. Tres años después, cuando se celebró el juicio, seguía siendo un caso mediático y los periódicos, por entonces reacios a manchar sus páginas de sangre, lo trataron extensamente. En el tiempo que medió entre el crimen y el auto procesal, Ana María había tenido que ser trasladada de la Prisión Provincial a La Cadellada. Tal era su locura. En ese extremo estaban de acuerdo el fiscal, por el acusador y hasta la defensa, porque las pruebas eran claras: Ana María no estaba bien. «Al mes de haber ingresado Ana María [en la Prisión Provincial]», afirmó el médico de la cárcel, «hubo de solicitar su traslado al Hospital Psiquiátrico, como consecuencia de varios episodios psicóticos sufridos por aquella, terminados en furiosos accesos».

Los mismos que había sufrido ya ocho años atrás, los mismos que le habían llevado a consultar a Rasa por aquel entonces. «Durante ellos y sin causa que lo justificase, permanecía acurrucada en un rincón y atacaba violentamente a quienes intentaban acercársele, estado de ánimo que llegaba a durar incluso quince días». Ahí es nada. A pesar de ello, y también de forma chocante con la dureza del crimen, a Ana María se la acusaba apenas de haber cometido un homicidio sobre el que pesaban no pocos eximentes y de tenencia ilícita de armas... porque no tenía licencia para manejarlas. Le pidieron la perpetua y la segunda sala de la Audiencia colgó el «no hay billetes» de puro trajín; medio centenar de noreñenses, algunos ilustres y otros no tanto, circularon aquellos días por los pasillos de lo Criminal; y la gente devoró con avidez los periódicos que cubrieron el juicio. EL COMERCIO, que fue el que consiguió el retrato de la asesina, sobremanera.

Se dictó sentencia. Una vida en la cárcel. No se dijo más. Poco a poco, el terrible crimen de la descuartizadora de Noreña fue hundiéndose en el olvido, como tantos otros crímenes de posguerra que ya no se mantienen en nuestra memoria por haberlos hablado poco, casi a escondidas, como el amor que un día hubo entre Rasa y su asesina. Hoy ya solo las hemerotecas lo recuerdan y conservan esa fotografía quemada de una mujer de manos enormes y expresión tranquila. Los ojos perdidos en un mundo desconocido para los cuerdos. El alma hundida en las miserias de la locura.

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