El astillero construye fiesta en Gijón

DANIEL MORA

La Semana Negra volvió a congregar multitudes. El astillero se llenó de fiesta y literatura, de calamares, libros y algodón de azúcar

M.F. ANTUÑA

Una estatua humana color plata da la bienvenida por la entrada de la playa de Poniente. Está inmóvil hasta que de pronto un niño deposita una moneda y pasa a la acción robótica. Se saca de la manga una piruleta, reclama foto con el peque y le arranca una sonrisa. Son las cinco de la tarde y a la estatua le quedan muchas miradas por acaparar, muchos niños a los que sorprender y muchos cámaras de móviles que activar. Son las cinco de la tarde y la Semana Negra ya empieza a anunciar el llenazo que está por llegar. Los veganos hacen adeptos justo a la entrada, al ladito mismo de donde se venden vinilos de chill out, pop, rock y clásica y justo en frente de donde se pueden adquirir piedras con las que realizar un centenar de tatuajes no permanentes pero sí resistentes. Gorros rusos, sombreros panamá y borsalino, viseras lisas y de clamuflaje encuentran acomodo entre bolsos, bolsas, pantalones con o sin bolsillos, vestidos, faldas, camisetas, fundas de móvil, fundas de tablet, llaveros, pulseras, pendientes.... Y todo tipo de bisutería hecha con tenedores. Desde Chile y en tercera generación de artesanos llega por primera vez a Gijón Héctor Fuensalida, que se ha apuntado al «I+D de la artesanía» y ha convertido el cubierto nuestro de cada día en pulseras, colgantes y hasta en esculturas. Y como su destino hasta el domingo próximo está en Asturias, hasta ha transformado sendos tenedores en un escanciador y don Pelayo.

Atraen sus diseños muchas miradas curiosas. La novedad siempre llama la atención en un recinto que parece empequeñecerse a medida que aumenta el público, que es a primera hora muy familiar –con permiso de una despedida de soltero con superhéroe venido a menos incluido– y a última, muy joven, como siempre ha sido y será la noche.

La Semana Negra despliega su mercadillo, pero también vende sueños. De paz, de libertad, como el del pueblo saharaui, con su alfombrada jaima y su música. Su lucha, como todas, no tiene precio. Sí lo tienen sus emblemas. Como por ejemplo, una bandera republicana, cinco euros. No lo tiene tampoco la ilusión de un niño, aunque sí los globos con Dora la Exploradora y Bob Esponja, los muñecos, el algodón de azúcar, las golosinas... Y las atracciones de feria:noria grande y pequeña, el Súper Nube XXL, el Extazy, el Tren de la Alegría, los sempiternos coches de choque.

El camino se alimenta de helados, gofres, churros, empanadas, alfajores, pastelitos de Belem, patatas asadas, pulpo, chorizo, calamares a la romana, bocadillos, garrapiñados y se riega con sidra, cerveza, mojitos, caipiriñas... No falta de nada para aplacar el hambre y la sed. Tampoco alimento para el alma, que se multiplica en las carpas de actividades. La del Encuentro está a tope. Unos miran la exposición de Alejandro Zapico sobre la UTE de Villabona; otros esperan que empiece una charla. En la de A Quemarropa, más de lo mismo; en la carpa del cómic, miradas sobre los dibujos que retratan la violencia contra las mujeres.... En las librerías, novedades y clásicos, ofertas, súper ofertas y chollazos a un euro. Y Juan Madrid compartiendo carpa con Ryszard Kapuściński y Scott Fitzgerald con Donna Leon y ‘El capital’ de Karl Marx con ‘El Principito’. El astillero vuelve a construir fiesta y literatura, el buque insignia de la Negra.

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