Bandidos de medianoche

Bandidos de medianoche

A finales de febrero de 1935, un atracador que había entrado junto a otros dos a la Rectoral de Trabada, en Grandas, mató al cura de la parroquia tras intentar robar una fortuna inexistente

ARANTZA MARGOLLES

No fueron los copos de nieve chocando contra las ventanas lo que perturbó el descanso del párroco de Trabada en la noche del veintisiete de febrero, que fue el crujir de los cristales haciéndose añicos al estallar contra ellos tres estacas, tres; no dos siquiera, sino dos por cada uno de los atracadores que aquella noche soñaron con que se harían ricos. La empresa, pensaban Rozada, Lodeiro, Yebra, sería fácil. Qué cura no duerme a la medianoche, qué alma temerosa de Dios. Y aún más: cómo no iba a haber en aquella rectoral de Trabada, tan digna y tan hermosa, tan altanera y de buena estampa, muchas pesetas que robar.

Ojo que no era para menos. De siempre se había dicho que José L., el cura lucense que regentaba desde hacía una década la parroquia de Trabada, en Grandas de Salime, tenía una posición económica la mar de desahogada y que los duros los guardaba en aquella casa rectoral, casi cuartel, que dominaba las vistas del pueblo. Si hasta lo sugirió el 'Región', el periódico más apegado a la Iglesia de todos los que se vendían en aquellos años por los quioscos, después de que todo ocurriera. Que era, decían en aquel diario entre soflama y soflama contra el peligro marxista, «casa amplia, de sólida construcción, de materiales seleccionados e independiente, de tal manera que puede decirse con rigor, hablando humanamente, que es inexpugnable». Tres cuadras; una para caballos, otra para vacas y la última para cerdas; una bodega y, encima de todo, la casa del cura. Allí soñaban Rozada, Lodeiro y Yebra obtener el pecunio suficiente para salir de la miseria.

Lo había que intentar. Pero se les fue de las manos. En la noche del veintisiete, rondaba el año 35, resultó que el cura no dormía a la medianoche, sino que reposaba en su cama de la Rectoral, cómodo en calzoncillos y camiseta rusa, bajo las gruesas mantas que le protegían de la nevada del exterior. Y oyó, claro, a los ladrones entrar. Fueron tres estallidos, como bombas, en medio de la oscuridad solo quebrada por la vela que le daba lumbre para leer. Y los ruidos de tres ladrones inexpertos; poco habituados, al menos, a robos de tal calibre. José L. dio la voz de alarma. Al otro lado del pasillo dormía su hermano menor, Secundino, el más ducho en el manejo de las no pocas armas que, por alguna razón, se guardaban en la Rectoral.

A saber: una escopeta central, la que utilizaron para tratar de espantar a los ladrones; dos revólveres, aunque nunca se llegara a saber si eran propios de la Rectoral o de los rateros, que los habían dejado abandonados a su fuga; una pistola oxidada que no llegó a disparar cuando apretó su gatillo José L. Tal arsenal fue hallado a la mañana siguiente, rodeando el cuerpo sin vida del buen párroco, masacrado a tiros por uno de los ladrones. Aunque el 'Región' no dijo toda la verdad días después del suceso (imposible saber ya a estas alturas si fue por la poca información -fue imposible para los reporteros llegar a Trabada hasta dos días más tardes del crimen, porque los caminos estaban bloqueadas por la nieve- o por aportar más crueldad a un asesinato que había sido, más bien, homicidio... aunque la definición no arregle mucho ya con una muerte de por medio), el marco del crimen había sido una lucha a muerte, una guerra por la supervivencia que el párroco acabó por perder.

Si las primeras versiones del crimen apuntan a que los tres ladrones encañonaron, en su sueño, a José L. para que les guiase hacia el botín, a los pocos meses, cuando se celebró el juicio (con una celeridad absoluta: el crimen se cometió el último día de febrero y se juzgó a finales de junio) se sabía ya que el sacerdote y su hermano, Secundino, habían dado la batalla. Aunque, tristemente, la perdieran, el primero con su vida y el segundo con importantes heridas. Aquella noche, dijo Secundino, al reparar su hermano en que algo iba mal por el estruendo de los cristales, salió al pasillo y pilló con las manos en la masa a los tres atracadores. Le avisó y se montó la gorda. Los unos encañonándoles con revólveres y la escopeta que, horas después, aparecería al lado del cuerpo. Los otros, otro tanto. Los hermanos L., famosos en Trabada por su corpulencia, lograrían hacer huir como alma que lleva el diablo a uno de los atracadores y tirar ventana abajo a otro, pero Rozada, el más pequeño, el más poca cosa, el más inquieto, se les resistió. También era el mejor tirador. Del intercambio de disparos acabó resultando que José muriese, que Secundino se fuera al hospital y que el atracador, herido en la pierna derecha, dejara en su huida un reguero de sangre tan evidente sobre la nieve que las autoridades solo tuvieron que seguirlo para encontrarle, herido y lloroso, pocos metros más allá. Eso fue el primero de marzo. La noche antes, el acusado había dormido en un cobertizo próximo en el que un matrimonio le cobijó. El veinticinco de junio, el día en que se celebró el juicio, los tres se sentaron en el banquillo.

Y no fue moco de pavo. Allá donde se pedía la pena de muerte para Rozada, le cayeron treinta y tres años, toda una vida: treinta por homicidio, tres por hurto; quince mil pesetas de indemnización a la familia del difunto y otras 250, por daños, a Secundino. A cada uno de los miembros del matrimonio encubridor, seis años. Lodeiro y Yebra nunca se dejaron capturar, y solo Dios sabe si se enterarían del triste destino de su compañero, porque no tenían pesetas ni para comprar el periódico. En la Rectoral, aquella casa en la que todo el mundo decía que se escondían exuberantes lujos y riquezas, el infortunado José L. solo guardaba trescientas pesetas... que los atracadores no fueron capaces a encontrar.

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