La tía Betty o el delirio de la realidad

Los actores de El Rayo Misterioso, en escena, durante la representación de anoche. / FOTOS: PALOMA UCHA
Los actores de El Rayo Misterioso, en escena, durante la representación de anoche. / FOTOS: PALOMA UCHA

El Grupo Laboratorio de Teatro El Rayo Misterioso llevó al Jovellanos una obra frenética y desconcertante

ALBERTO PIQUERO GIJÓN.

No se denomina en vano la compañía que ayer pasó por el Jovellanos Grupo Laboratorio de Teatro El Rayo Misterioso. Son experimentales, bien que en la línea vanguardista de Ionesco o Alfred Jarry, que nos traslada a las guerras de nuestros antepasados; sin duda, vertiginosos interpretativamente como un relámpago incandescente y a veces escultórico, proteicos, así como capaces de perfilar intrigas que incorporan en su entraña pólvora y cementerios. Desde el principio, proyectando imágenes escénicas que incendiaron el quebranto, sumergidas en una música penetrante, invitando a la feria del apocalipsis que describió la locura a la que llamamos realidad.

No existe en 'El fabuloso mundo de la tía Betty' más parentesco reconocible con la digna señora del título que el de un desastre general, bien que aquí el arquetipo y las raíces sean argentinos y tengan en su inconsciente colectivo los desgarros y torturas que lastimaron aquellos meridianos. Pero el mensaje atañe a cualquier meridiano.

El latido desbocado de todos los actores en la tarima, cardiopatía permanente al cuidado del director, Aldo El-Jatib Amato, que asimismo formó parte del espectáculo, jugando al papel de un enfermero protegido por mascarilla ante los acontecimientos, a veces brechtiano, construyó una arquitectura sinuosa, entre ondulaciones de Gaudí y sierras del alma. Si se quiere, tan enérgica como trémula, una invitación a las puertas del infierno. Un alegato contra la guerra y todas las raíces que la sustentan, pues no existen unos capítulos sin otros.

El mayor poder persuasivo de esta oferta teatral se sostuvo en una poderosa presencia escénica de unos intérpretes enérgicos, inagotables, que configuraron la idea del principio de autodestrucción, aquel que nos remite al propio orden/desorden del cosmos, a la semilla del diablo, a la ley de la gravedad, buscando la redención que aún está por hacer, contorneada por escenas inflamadas y deslumbrantes de trincheras bélicas que no deberían ser el pan nuestro de cada día.

El Rayo Misterioso ha venido a propagar tempestades (lo lleva haciendo veinte años), seguramente para que en algún futuro improbable desembarquemos en orillas del mar de la tranquilidad y nos fuguemos del delirio de la realidad. Unos 350 espectadores aplaudieron, un tanto desconcertados, la curiosa propuesta repleta de plasticidad, que convierte cada escena en una pintura expresionista con una geometría impecable. Un trabajo muy exigente para los actores, pero también para el público, lo que hizo que algunos espectadores optaran por abandonar la sala durante la representación. Los que se fueron se perdieron un final alegórico, una mezcla del circo y la muerte.

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