El mes que lo cambió todo

De izquierda a derecha y de arriba abajo, Manuel Chaves Nogales, Josep Pla y José Díaz Fernández./E. C.
De izquierda a derecha y de arriba abajo, Manuel Chaves Nogales, Josep Pla y José Díaz Fernández. / E. C.

Libros del Asteroide contrasta tres versiones divergentes del conflicto, escritas sobre el terreno en octubre del 34

Alejandro Carantoña
ALEJANDRO CARANTOÑAGijón

En el verano de 1935, un misterioso participante en la Revolución de 1934 en Asturias, que respondía por el nombre de José Canel, publicó un amplio relato de los hechos ocurridos en octubre del año anterior en la región. Canel, sin embargo, no existía, era José Díaz Fernández, escritor y ex diputado por Asturias por el Partido Republicano Radical Socialista, y que sí firmaba el prólogo a 'Octubre rojo en Asturias' con su propio nombre: decía entonces que el relato de Canel era «el de un combatiente». Este es el primer plato, y el más contundente, de los tres que componen 'Tres periodistas en la Revolución de Asturias', que ha llegado a las librerías de la mano de Libros del Asteroide.

La editorial catalana, que ha venido dedicando un espacio considerable a la crónica y el reportaje en su catálogo –muy especialmente en la recuperación y divulgación de Chaves Nogales–, escoge empezar por el libro de Díaz Fernández, pero transforma el prólogo original en epílogo. De esta forma, se nos presentan primero los hechos conocidos entonces en orden desde el estallido del 5 de octubre en Mieres hasta la recuperación total de Oviedo el 13 y, luego, el análisis que de lo acontecido hace Díaz («Me conmueve el heroísmo de esos mineros», escribe).

Inmediatamente llega Pla, del que se reproducen las crónicas para 'La Veu de Catalunya' aparecidas entre el 10 y el 30 de octubre. En su caso, el relato comienza en Madrid, desde donde ya había vaticinado un estallido de esas características; luego, emprende viaje al Norte, a Bilbao, cuando la Revolución casi se ha consumido; y, por fin, circunvalando el bloqueo informativo que el Gobierno trataba de imponer, llega a Gijón, donde establece su campamento base y desde donde realiza incursiones a Oviedo y a las cuencas.

Allí, igual que hace Díaz, recoge lo que «todo el mundo» le dice: que la Revolución ha fracasado por la falta de liderazgo y la desorganización, amén de la falta de preparación militar de los revolucionarios. Solo que Pla, indignado desde meses antes y muy lejos de estar conmovido como Díaz, carga las tintas contra la desmilitarización de la mano de obra de las cuatro fábricas de armas por el Gobierno de Azaña, que había permitido a los revolucionarios, según escribe, armarse hasta los dientes de inmediato, y arremete contra el aliento comunista, idealista y juvenil del alzamiento: «En Asturias ha habido, en los últimos meses, un programa político y social único que se resume en esta frase: «¡Como en Rusia! ¡Hay que hacer como en Rusia!»».

El último en llegar es Chaves Nogales, que escribe desde Oviedo, entre el 24 y el 28 de octubre, con la Revolución plenamente sofocada. «Preveo que», dice al inicio de su primera crónica para el diario 'Ahora', de Madrid, «en esto como en todo, la opinión española se dividirá en dos bandos igualmente irreconciliables. El de los que afirmarán que la población minera de Asturias lanzada al movimiento es una horda de caníbales y el de los que sostendrán que todo fue un juego de inocentes criaturas». Muy duro con la sublevación minera, Chaves Nogales se emplea sin embargo en «poner las cosas en su punto», tras la enorme campaña de desinformación que, en las semanas precedentes, se ha orquestado desde el Gobierno: «No es verdad que en Sama los revolucionarios se comieran a un cura guisado con fabes».

Los tres periodistas coinciden, por último, en que si bien se han cometido «tropelías» (la palabra les acude a la pluma a los tres), son más achacables a rencillas personales que a la dinámica del conflicto, y los tres tintan sus relatos con escenas detallistas, de proximidad, de esas que les caracterizan y transforman un libro de crónicas en algo vivo (el Campo San Francisco, Mieres, Sama, Cimavilla, todos escenarios meticulosamente pintados): el objetivo compartido era documentar con precisión lo ocurrido, pero también equilibrar el discurso, moderar el debate y mitigar la espiral de rencores que estaba a punto de apoderarse de España. Lo primero lo lograron. Lo segundo, no.

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