'La cantante calva' o quién es que no es absurdo

Joaquín Climent y Adriana Ozores, al comienzo de la función en Avilés. / FOTOS: PATRICIA BREGÓN
Joaquín Climent y Adriana Ozores, al comienzo de la función en Avilés. / FOTOS: PATRICIA BREGÓN

La obra de Eugène Ionesco llenó ayer el auditorio del Niemeyer | Los espectadores siguieron el texto y las interpretaciones con tantas risas como aplausos finales de reconocimiento

ALBERTO PIQUERO AVILÉS.

Allá por los años 70, un congreso celebrado en Knokke (Bélgica) que recordaba un cumpleaños del surrealismo, se preguntaba en su rótulo: «Quién es que no es surrealista» . Valga la traslación para la obra de Ionesco que ayer subió a las tablas del Niemeyer: quién es que no es absurdo. Esa es una de las evidencias que, casi siete décadas después de su estreno en un cabaret parisino, deja en el aire 'La cantante calva', fundadora del teatro del absurdo, adaptada para esta ocasión por Natalia Menéndez, dirigida por Luis Luque e interpretada de manera ajustadísima -solapando la tragedia de fondo con la comedia formal- por Adriana Ozores y Joaquín Climent (el matrimonio Smith), Fernando Tejero y Carmen Ruiz (los Martin), Helena Lanza dando vida y brillo a la criada Mary, además de Javier Pereira, capitán de bomberos que no encuentra el fuego hasta que la criada lo acoge debajo de su falda.

Sí, la primera vez que levantó el telón 'La cantante calva', en 1950, acaso era todavía, como ha dicho Luis Luque, una advertencia respecto del absurdo que iba envolviendo a la sociedad europea. Llegados a las postrimerías de la segunda década del siglo XXI, siguiendo de nuevo las palabras del realizador, habría de ser una condena de los equívocos que presiden las relaciones humanas, donde el lenguaje en vez de tender puentes de aproximación se convierte en solipsismo, en monólogo que no traspasa la epidermis propia, en diálogo frustrado. En realidad, de lo que habla el texto de Ionesco es de la Torre de Babel, al que se le podrían buscar algunos paralelismos en estos tiempos extraños tan atravesados por el culto al ombligo y al patio particular.

La obra, que comenzó levantando un telón traslúcido en un ambiente inglés al que contribuyó el 'God Save the Queen', ya a partir de las primeras escenas da las claves y las coordinadas que la alientan, de tal forma que el diálogo entre los Martin, tras un dificultoso ejercicio de memoria, termina por servir para recordar que viven en el mismo apartamento, duermen en la misma cama, están casados e incluso tienen una hija inconfundible.

El montaje, que llenó hasta la bandera el aforo del Niemeyer, fue sobresaliente en cada uno de sus apartados, desde la escenografía de Mónica Boromello que establece la arquitectura de la casa de los Smith a la iluminación que firma Felipe Ramos, ofreciendo por momentos una atmósfera diáfana y por momentos discotequera, o el vestuario de Almudena Rodríguez Huertas.

Los actores capturan el espíritu que alberga la letra, náufragos trágicos que chapotean entre palabras que provocan comicidad. Almas desbordadas por la rutina y la desconexión, incomprendidos e incomprensibles, adultos que no han salido de una infancia en la que se carece de horizonte, más resignados y dóciles que estupefactos. Nosotros mismos en definitiva. El público agradeció la historia con una ovación cálida e incluso algún bravo.

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