'El cartógrafo', contra el olvido

Blanca Portillo y José Luis García Pérez, sobre el escenario. / P. LORENZANA
Blanca Portillo y José Luis García Pérez, sobre el escenario. / P. LORENZANA

Blanca Portillo y José Luis García Pérez, en un brillante ejercicio interpretativo, encarnaron a los doce personajes de la obra

ALBERTO PIQUERO OVIEDO.

Juan Mayorga, autor y director de la obra que ayer subió al escenario del Teatro Campoamor, 'El cartógrafo', viajó a Varsovia en 2008 y observó en una sinagoga viejas fotografías de la ciudad, pertenecientes a la época de la ocupación nazi. Tuvo la intención de visitar esos lugares y, al cabo, desistió porque aquel pretérito imperfecto estaba borrado en el callejero urbanístico actual. Solo encontró una piedra negra en la que pudo leer algunos nombres de las víctimas del antiguo gueto judío de Varsovia, donde llegaron a hacinarse cuatrocientas mil personas.

De esa vivencia surgió, imaginación mediante, 'El cartógrafo' (tercer montaje de Mayorga, después de 'La lengua en pedazos' y la ajedrecística 'Reikiavik', estrenada en 2015 en el Centro Niemeyer).

Quien ha sido Premio Nacional de Teatro en 2007, a lo que une su condición de filósofo y matemático, pone ahora en pie una poética del dolor que une aquella época de la barbarie nacional-socialista y nuestro tiempo contemporáneo, a través del desdoblamiento de los protagonistas de la función, Blanca Portillo y José Luis García Pérez, quienes en un brillante ejercicio interpretativo encarnaron a doce personajes, tres en el caso de la actriz y nueve a cargo del actor.

La actualidad está representada por un diplomático español en la capital polaca, junto a su esposa. El pasado retorna en las figuras de un anciano cartógrafo, que impedido para moverse se encomienda a su nieta a fin de que le relate los acontecimientos y señalizaciones que envolvían Varsovia bajo la cruz gamada. «No quiero oír cuentos. Solo dime lo que has visto», la instruye. Quiere que la verdad que ha de reflejar en su cartografía del espanto no se aparte de la realidad. Y que permanezca para aleccionar a las generaciones posteriores, que no haya olvido.

Esa es la esencia de 'El cartógrafo', la construcción de un mapa del horror que debiera estar presente para siempre en las conciencias, so riesgo de que la amnesia invite a reproducirlo. Una apelación que no incurre en hipérboles, que se transparenta en diálogos sensibles, sostenidos sobre una escenografía despojada que parece invitar a ser colmada de memoria.

El dolor que se expresa en la función es un dolor histórico y personal, que no puede resultar ajeno, porque el pasado siempre es la raíz que nos ha constituido. Los aplausos inmensos del público así parecieron reconocerlo.

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