El Comercio

Happy birthday Mr. Redford

Robert Redford, actor y cineasta norteamericano.
Robert Redford, actor y cineasta norteamericano. / Afp
  • El eterno seductor cumple hoy 80 años convertido en leyenda

  • Actor, director, productor, mecenas, alma del Festival de Sundance... y estrella. ‘Doble R’, el hombre que siempre temió morir de éxito, se hace viejo

Cuando Robert Redford (Los Ángeles, 1936) supo que se había convertido en una estrella, cogió papel y boli, se sentó en el salón de su casa, y apuntó con caligrafía impecable lo que creyó que eran las tres fases a las que se enfrentaba a partir de entonces: «1. Al principio serás tratado como un objeto, pero en realidad no tienen ni idea de lo que eres. Todo lo que saben es aquello que ven en la pantalla. 2. Si no tienes cuidado, tú mismo comenzarás a actuar como un objeto. 3. Última etapa y muerte: Te conviertes en ese objeto». Aquel mismo día, el único chaval rubio con ojos azules del barrio latino de Santa Mónica, comenzó a levantar una muralla tras la cual protegería su vida. Cincuenta años después, la existencia de Redford, el actor de vida elegante y corazón bondadoso que mañana celebrará su ochenta cumpleaños, sigue blindada.

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El hombre capaz de susurrar a los caballos como nadie creció en una familia con escasos recursos. Su padre, un contable al que una tartamudez severa obligó a trabajar durante años como lechero, era, según ha contado él mismo, un extraña amalgama: «Muy conservador, duro, pasado de moda, pero políticamente liberal». Sin embargo, fue la muerte de su madre, cuando él solo tenía 18 años, la que le marcaría para siempre.

Cuando le han preguntado, el actor se ha limitado a decir que murió demasiado pronto de una rara enfermedad en la sangre y que cuando ocurrió no estaba preparado para encajarlo. Robert Redford Jr se dedicaría entonces a beber como un cosaco y a meterse en líos hasta perder la beca deportiva que le había abierto las puertas de la Universidad de Colorado. «Me fui de Los Ángeles y realmente nunca volví. No es que me horrorice, pero me invade la tristeza cuando estoy allí. Fue mi hogar», ha confesado medio siglo después.

Tras el funeral, aquel estudiante increíblemente guapo, nacido en la transición entre la Gran Depresión y la Segunda Guerra mundial -«De un tiempo oscuro al siguiente»-, hizo las maletas y puso rumbo a Europa soñando con convertirse en pintor. Para alguien como él, abonado por entonces a la tristeza y la soledad, la pintura habría sido el refugio perfecto si no le hubiera faltado talento.

Dieciocho meses en Florencia y París, pintando en las aceras y viviendo en la miseria, fueron suficientes. De regreso a casa, con solo 21 años, decidió darle un vuelco a su vida: se matriculó en una escuela de interpretación de Brooklyn y se casó con una mormona. Robert y Lola van Wagenen estarían juntos 27 años y tendrían cuatro hijos -el primero murió a los dos meses de forma súbita-. Siempre que le han preguntado porqué se casó tan pronto, el actor ha contestado que lo hizo para salvar su vida.

Apoyado en Lola dejó de beber y encontró su primer trabajo como actor en un teatro de Nueva York. Fue entonces cuando, por 500 dólares, compró dos acres de terreno (algo menos de una hectárea) cerca de Provo, la ciudad de Utah en la que había nacido su esposa, sin saber que aquella tierra quedaría ligada a él para siempre. «Era como una especie de lugar secreto, lleno de mormones, al que nunca iba nadie. Por eso lo elegí», diría más tarde. Allí fundaría una familia sin dejar de alimentar su pasión por la soledad, por el Oeste y por los valores fundamentales de los pioneros. Al fin y al cabo, también los Redford, una estirpe que se remonta a la Irlanda del Siglo XVI, dejaron un día su país en busca de oportunidades.

Sus primeros años en Broodway le abrirían las puertas de la televisión y más tarde de Hollywood. Tras varias obras menores, ‘Descalzos por el parque’ (1967), la película en la que él y Jane Fonda interpretan a una pareja de recién casados que comienzan su vida en común en un mini apartamento situado en un quinto piso sin ascensor, le daría el espaldarazo definitivo: Charles Robert Redford, Jr, a quien hasta entonces su padre invitaba a buscarse «un trabajo de verdad», se había convertido en una estrella.

La gran apuesta

Creo que si Fitzgerald hubiera tenido que elegir a alguien para interpretar a Gatsby en el cine, lo había elegido a él», dice Manuel Gutiérrez Aragón asegurando que todos los cineastas del mundo deberían agradecer a Redford haber creado Sundance. «Gracias a él se ha descubierto un cine distinto y se han abierto muchos caminos. Hacerlo le ha tenido que costar mucho trabajo, además de dinero», afirma el prolífico director y guionista. Y es que Mr. Redford, además de tejer una increíble carrera como actor y realizador, aún tuvo tiempo para, en 1980, fundar un centro de enseñanza para jóvenes cineastas: el Instituto Sundance, bautizado así en honor a su personaje en ‘Dos hombres y un destino’ (Sundance Kid). Del centro de enseñanza saldría, tres años después, un festival que con el tiempo se convertiría en la pantalla más importante del mundo de cine independiente.

Aunque no todo ha sido cosechar alabanzas en estos sesenta años. La necesidad de seguir ganando dinero con el que mantener el instituto, el festival, y la larga lista de organizaciones conservacionistas que ha creado o apadrinado desde que ganó su primer fajo de dólares, ha sido lo que ha llevado a ‘Doble R’ (así le llaman sus hijos) a seguir trabajando en Hollywood. ‘Juego de espías’ o ‘Una proposición indecente’, le hicieron ganar casi tanto dinero como críticas demoledoras. Gutiérrez Aragón se incluye entre quienes no sienten demasiado interés por su faceta de realizador: «Sus trabajos son del género buenista. No sé, quizá porque él es un hombre bueno». Tampoco engordan su club de fans algunos de los críticos más afamados, que siempre han lamentado que, siendo un espléndido actor, con todo el encanto y los atributos de las verdaderas estrellas, no se resignara a disfrutar de ese privilegio.

En los últimos años ha ayudado a alimentar esa idea, ese empeño suyo en reservarse papeles en los que ya no encaja. Solo hay que echar un vistazo a ‘Pacto de silencio’ (2012) para entender que es difícil creer que ese hombre mayor -por entonces rondaba los 77-, al que persigue todo el FBI por un crimen que nunca cometió, es en realidad un tipo de 46 años con una hija de diez. También resulta complicado aceptar que haya pasado por el quirófano para estirarse y quedar como una momia. Especialmente cuando es suya esta frase: «Quienes optaron por esa enfermiza obsesión por la cirugía plástica son vanos e inseguros».

Quizá por eso el Redford que más nos gusta es el de sus grandes películas con Paul Newman (‘El golpe’ y la citada ‘Dos hombres y un destino’), que con el tiempo se convertirían en un referente para Eduardo Noriega. «Es una figura importantísima del cine. Vi esas dos películas siendo un niño y marcaron mis gustos cinematográficos. Aquella pareja de guapos interpretando a héroes que no se ajustaban al modelo clásico -eran delincuentes honorables, pícaros encantadores- es irrepetible», dice el actor alineándose con quienes creen que, además, su faceta como creador de Sundance le hace merecedor de una buena dosis de respeto y admiración. «Es quizá el festival más importante de cine independiente de Estados Unidos, una plataforma mundial difícil de igualar y una cantera de la que ha salido gente increíble».

Noriega también cree que su apoyo a determinadas causas sociales y medioambientales, su empeño en representar los valores más sólidos y perdurables de Estados Unidos, le hacen digno de estar entre los más grandes.

Ahora, cuando el eterno seductor, uno de los especímenes más guapos que ha dado la raza humana en el último siglo, está a punto de cumplir 80, a nadie se le ocurre ponerlo en duda. Felicidades Mr. Redford.