Una actriz regia para una reina sin trono

El público en el Teatro Jovellanos. / DANIEL MORA

Le recreación de las últimas horas de la hija de los Reyes Católicos por Concha Velasco recorre su vida del amor al dolor y el desgarro 'Reina Juana', que hoy vuelve a las tablas del Jovellanos, emocionó al público en su primera función

ALBERTO PIQUERO GIJÓN.

Desde que 'Reina Juana', la obra dirigida por Gerardo Vera y escrita por Ernesto Caballero, levantó el telón del estreno el pasado año en el Teatro Lope de Vega, las rúbricas encomiásticas de la crítica y montañas de aplausos han certificado el talento de esta recreación histórica que traslada al espectador a la España del siglo XVI. Así sucedió en marzo del calendario actual en el avilesino Palacio Valdés y ayer volvió a mostrar toda su grandeza sobre la tarima del Jovellanos gijonés, prácticamente lle no. Si el texto resulta extraordinario, de idéntica magnitud es la actriz regia que encarna a esta reina que nunca tuvo trono, Concha Velasco.

Juana I de Castilla, tildada como la Loca, fue la tercera de los hijos de los Reyes Católicos, amaneciendo a una época que, en palabras de Gerardo Vera, se caracterizaba por «la intolerancia religiosa, la corrupción política y la ambición desmesurada de una monarquía absolutista». Muy joven sabría que ocupaba un lugar en ese tablero, partiendo a los dieciséis años hacia Flandes para satisfacer las políticas matrimoniales de sus progenitores, al encuentro de Felipe el Hermoso.

Concha Velasco, que comenzó su palpitante monólogo arrodillada en un reclinatorio, hizo revivir en el espacio que podría representar el lugar del castillo de Tordesillas donde Juana la Loca sufrió encierro durante cuarenta y seis años, la biografía completa, la pasión y el desgarro, el amor y los celos, las sombras del poder y la iluminación interior de la protagonista. Ernesto Caballero la definió y la ha retratado así, como «un personaje poliédrico, sensible y perspicaz, decidido a sobrevivir al infortunio haciéndose fuerte en los infranqueables dominios de la irrealidad y la imaginación». Ya investigadores del siglo XIX hallaron en el archivo de Simancas pruebas de que la presunta demencia de la descendiente de los Reyes Católicos fuera pretexto de su padre, Fernando, y después de, Carlos I, para apartarla de intrigas palaciegas. Concha Velasco dotó a Juana de cuerpo y alma, invocando sus profundas razones: «Nunca he querido pertenecer al mundo, a vuestro mundo, al mundo de los cuerdos». Un mundo regido por «la peste y la rapiña».

Las proyecciones videográficas de Álvaro Luna, con estampas de soberanos, tormentas de mar o brujas, junto a la luminotecnia neblinosa de Juanjo Llorens -un lenguaje más- y pentagramas de Bach al lado de motetes medievales, establecieron una atmósfera precisa en la que resplandeció el latido vital de la reina, incluso en el tránsito tétrico del acompañamiento del catafalco de Felipe el Hermoso, tras ser envenenado, en un viaje sin brújula por tierras españolas.

Teatro vivo, que enfrentó las extensiones del amor (pese a la propensión adúltera de Felipe) y el poder, siempre irreconciliables, que de nuevo ha vuelto a recibir una desbordante ovación. En este caso, llenando el aforo del Teatro Jovellanos.

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