El crimen de un loco

En 1928, un popular chigre candasino fue el escenario del crimen de un loco: en paños menores y blandiendo una barra de hierro, se presentó dispuesto a matar. Y lo hizo

Nunca es buen momento para morir, pero aun menos lo es la tarde del día de Reyes. A María F., además, no le tocaba aún hacerlo. Alegre y sana, a la posadera del candasino chigre de Braña la tenían por una mujer excelente cuando, estando el bar lleno hasta los topes, su cuñado José apareció hecho unos zorros a la puerta. Despeinado, con la mirada perdida y los calzones a la vista; el torso desnudo y los músculos contraídos en un preocupante rictus de ira, la mera visión de José de tales trazas hizo pesar el silencio como una losa sobre los parroquianos del Braña. No era la primera vez que José llamaba la atención aquel día. Ya le había regañado una pareja de la guardia municipal minutos atrás: magullado y dolorido, el joven se había tirado ventana abajo -de una altura de apenas cinco metros, eso sí- de casa y se retorcía de dolor en cueros. Pero eso había pasado ya. Le habían conducido a casa; María le había acostado, amorosa, en la cama. Ahora, el loco había vuelto. Murmurando promesas de muerte.

Cualquier intento de calmarle sería inútil. No lo había conseguido, horas atrás, ni el pantopón, opio en vena, que le suministrara el médico Solís. Porque horas antes José, que vivía en un pueblo con sus hermanos, se había plantado en la villa, en casa de su hermano Manuel, a la sazón casado en segundas nupcias con María, absolutamente enajenado. Murmurando cosas sin sentido, fuera de sí. Que si Josefa, la hermana, estaba enferma como para morirse; que si a Ignacio le habían llevado las fiebres tres xatas y dos vacas y que, para más inri, el Estado le mandaba ahora a los hijos para la mili... dramas no que le afectaban directamente, pero como si lo hiciesen. Que él no estaba para aguantar tristezas, que se había ido de casa, que la noche anterior se había metido en una capilla a dormir, que...

Como un loco. Así que Solís le había puesto la inyección, María le había hecho un ponche caliente y, entre unos y otros, le habían metido a la fuerza en la cama. Para que no siguiera desvariando más. Y luego, necesidad manda, Manuel se fue al pueblo y María, al bar. Al mismo donde había aparecido ahora José en calzoncillos, con los ojos inyectados en sangre. Menos hablador. Mucho más peligroso. Objetivo de las miradas de todos, de la atención de su preocupadísima cuñada, a José algo le hizo «click». Y comenzó la fiesta. «Lejos de apaciguarse, se apoderó de una botella de sidra que se encontraba encima de una mesa, y la lanzó violentamente contra un grupo de parroquianos», narra de lo ocurrido EL COMERCIO. Fue en ese momento cuando el público se fijó más en José. En lo que llevaba en su mano derecha.

Asida con la fuerza que solo puede dar la locura, una enorme barra de hierro se mecía entre los dedos del loco. Comenzó la estampida. Recordarían mucho tiempo quienes lo habían vivido el pánico de verse dentro del chigre, pero también el de presenciar desde fuera cómo todos los parroquianos echaban a correr, apelotonándose a la salida, hacia un lugar seguro. Pudo haber ocurrido en la mejor de las películas de terror de Hollywood, pero fue en Candás, año 1928. Día de Reyes. Por la carretera del Regueral, decenas de personas huían del loco desnudo que, palabroteando gemidos ininteligibles, blandía de un lado a otro la barra de hierro. María se había quedado la última, pero también consiguió salir del chigre. Al menos por un momento. Y, a cincuenta metros del establecimiento, se le retorció un pie. Lo último que oyó, justo antes de morir, fue el grito sordo del loco. Después, la oscuridad.

«Horrible crimen en Candás», tituló, en segunda plana, EL COMERCIO de aquel día. Nada sobraba de todo lo que tenía que decirse, así que sigue el titular: «Un loco penetra en un establecimiento propiedad de su hermano, atemorizando a los parroquianos, que salen huyendo, y con ellos la dueña del chigre. Esta, que es cuñada del perturbado, fue perseguida y alcanzada por el loco, que le dio un fuerte golpe en la cabeza con una barra de hierro, matándola.» Y aun era poco explícito el reporter. Otros periódicos locales concretaron cómo, siquiera al primer golpe en el parietal derecho, la cabeza de María se había deformado por completo; cómo la muerte había sido terrible, instantánea; cómo el loco había alzado la barra ensangrentada en el aire como símbolo de una victoria que solo existía en su confusa mente...

Para prender a José hicieron falta no uno ni dos, sino varios guardias civiles. Inmovilizado con una camisa de fuerza, el centro más cercano que podía siquiera intentar frenar la locura de José era el de Paz y Caridad, en Gijón. De allí, del Juzgado de Occidente, se trasladaron las autoridades únicamente para certificar la muerte de la desdichada cuñada de José. Aquel crimen, probablemente nunca juzgado porque no existía mente lo suficientemente preclara para entender su sentencia, fue el suceso del año en la villa marinera por lo profundamente incomprensible de sus motivaciones, por lo absurdo. Dicen los periodistas que lo cubrieron para EL COMERCIO que, con el objeto de esclarecer la causa que había llevado a José a matar a su cuñada, se habían plantado en el calabozo hasta que les dejaron pasar.

No sirvió para nada. «Quemóme les vaques», repetía incansablemente, con un hilo de voz, el loco. «Quemómelas, y les vares de yerba de la casa...» El loco se palpaba el pecho por debajo de la camisa de fuerza con sus manos enormes, se iba y se venía de atrás hacia adelante y de adelante hacia atrás con los ojos llenos de nada y una expresión desquiciada en la cara. «¡Quemómelas, quemómelas!» Las pupilas de José miraban hacia espectros inexistentes. Detrás de ella, la noche. «¡Quemómelas!...»

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