Doble corona para las ondas gravitacionales

Barry C. Barish. /  REUTERS
Barry C. Barish. / REUTERS

Rainer Weiss, Barry C. Barish y Kip S. Thorne, que estarán este mes en Oviedo, confirmaron una teoría formulada por Einstein hace cien añosLos científicos que recibirán el Premio Princesa este año son galardonados con el Nobel de Física

JOSÉ LUIS ÁLVAREZ MADRID.

Albert Einstein formuló hace un siglo la existencia de las ondas gravitacionales. El genial científico aleman aducía que las ondas gravitacionales eran ondulaciones en el espacio-tiempo, el material del que está hecho el universo. Dichas ondas viajan a la velocidad de la luz y son producidas por agujeros negros, estrellas de neutrones o supernovas. Una teoría que en 2015 fue comprobada por los estadounidenses de Kip S. Thorne, Barry C. Barish y Rainer Weiss, impulsores del Observatorio de Interferometría Láser de Ondas Gravitacionales (LIGO, por sus siglas en inglés).

Ayer, la Real Academia Sueca de las Ciencias les distingió el descubrimiento realizado por a Thorne Barish y Weiss con el Premio Nobel de Fisica, un galardón que se suma al Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica que rececogerán de la mano del proyecto LIGO a finales de este mes en el Teatro Campoamor de Oviedo de manos del Rey Felipe. Así pues, doble corona para estos científicos, que antes de recibir los honores de la Academia sueca visitarán Asturias, donde además de recoger el premio tienen previstas diferentes actividades en la semana previa. Así pues, la Fundación Princesa se adelanta una vez más a los Nobel a la hora de elegir algún premiado ilustre, como sucediera con Bob Dylan, Mario Vargas Llosa, Gorbachov, Al Gore, Mandela, Doriss Lessing, Arafat y Rabin, Gunter Grass o Médicos sin Fronteras, por citar algunos.

Las ondas gravitacionales son en el universo algo parecido a las ondulaciones que produce una piedra al ser arrojada al agua. Pero, en vez de perturbar la superficie del agua, distorsionan el espacio y el tiempo mientras se propagan hacia fuera. A su paso, acercan y alejan las distancias, y frenan y aceleran el ritmo de los relojes. Aun así, son tan sutiles que ha sido imposible detectarlas hasta ahora, pese a que había muchas pruebas indirectas que estaban ahí, viajando por todo el espacio.

Para comprobar las tesis de Albert Einstein en su teoría general de la relatividad, Rainer Weiss, Kip Thorne y Ronald Drever -fallecido en marzo de este año- promivieron en los años 80 del LIGO. Weiss sentó las bases tecnológicas de los interferómetros y Thorne se encargó de la formación de un grupo de físicos teóricos que analizaron qué fenómenos podían producir estas ondas.

La construcción y mejora del observatorio duró 20 años. Barry Barish lo dirigió entre 1997 y 2006, e impulsó la fundación en 1997 de la Colaboración Científica LIGO, en la que se han integrado investigadores de universidades e instituciones de todo el mundo.

El hallazo tuvo lugar el 14 de septiembre de 2015. Aquel día los dos detectores de LIGO constataron no una, sino hasta tres veces tales perturbaciones. De la última, todavía quedan reverberaciones originadas hace 1.300 millones de años a causa del choque y posterior fusión de dos agujeros negros que acabaron creando uno solo, de tamaño gigantesco. No en vano, estaba dotado de una masa equivalente a 49 estrellas como el sol. Al fundirse, parte de la masa de los agujeros negros se desintegró en forma de ondas gravitacionales. Estas ondulaciones son inaprehensibles cuando llegan a la Tierra, pero los interferómetros de láser de LIGO son capaces medir cambios de posición equivalentes a la diezmilésima parte del diámetro de un protón, lo que hace posible captar la señal original y esclarecer su origen.

Hasta ahora todos los tipos de radiación electromagnética y partículas, como rayos cósmicos o neutrinos, se han utilizado para explorar el universo. Sin embargo, las ondas gravitacionales son testimonio directo de las interrupciones en el espacio-tiempo en sí. Esto es algo completamente nuevo y diferente, abriendo mundos no vistos. Una gran cantidad de descubrimientos aguarda a aquellos que logran capturar las olas e interpretar su mensaje. Los científicos sostienen que el estudio de las ondas gravitacionales permitirá a la humanidad explorar el 95% del universo que los telescopios no pueden ni siquiera atisbar.

Tras conocer el premio, Barish, doctorado en Caltech y profesor emérito de Física, arremetió contra la Administración Trump, por ser «muy anticiencia». «Es una locura que tengamos un país donde depende de qué partido político esté (al mando) para que crea o no en el cambio climático», dijo. Su compañero, Weiss, profesor emérito de Física en el MIT, apuntó que «vivimos en una época en la que el razonamiento racional asociado con la evidencia no está universalmente aceptado y está en peligro, lo cual me preocupa mucho». Podrá hablar de ello dentro de unas semanas en Asturias.

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