«La felicidad está dentro de uno mismo, pero quien no sea generoso no podrá ser feliz»

En primer plano, Inmaculada González-Carbajal, junto a Julia Vicente y Ana Esther Velázquez, del Patronato de El Pájaro Azul. Tras ellas, Lucía Falcón, Javier Gámez, Alberto Piquero, Mercedes Escobedo, José Luis Prado, Miguel Rojo, Diego Medrano y Guillermo Díaz Bermejo, secretario del Club de Tenis de Oviedo. / PABLO LORENZANA

Inmaculada González-Carbajal Presidenta de la Fundación El Pájaro AzulLas Conversaciones de EL COMERCIO, celebradas en el Club de Tenis, viajaron con El Pájaro Azul al continente africano

ALBERTO PIQUERO OVIEDO.

Dejó la presidenta de El Pájaro Azul, Inmaculada González-Carbajal (Avilés, 1955), para los renglones finales del diálogo mantenido con EL COMERCIO en el Club de Tenis de Oviedo los motivos de que la fundación lleve por nombre un rótulo tan singular. Los traemos aquí al comienzo porque son, en realidad, casi una declaración de principios. «El Pájaro Azul es un símbolo de la búsqueda de la felicidad, que encontramos en relatos de Maurice Maeterlinck o de un fraile benedictino que vive en el monasterio de Los Toldos (Buenos Aires), Mamerto Menapache. En el segundo de ellos, un príncipe acompañado por su séquito busca el pájaro azul en lugares remotos sin ningún éxito y es al regreso cuando lo encuentra en una de las jaulas del palacio. Se trata de hacer el viaje interior mediante el que descubres que la felicidad está dentro de uno mismo y que solo se hace plena si la compartes. Alguien que no sea generoso no podrá ser feliz».

Tras finalizar el bachillerato en las ramas de Ciencias y Letras -las dos, pues como se verá su afán de saber es ancho-, se licenció en Medicina y posteriormente en Geografía e Historia, entendiendo que esta segunda titulación «proporcionaba una mayor capacidad crítica». Al paso, estudió piano, violin y canto, llevando su voz a las polifónicas de Avilés, Oviedo y el grupo Castalia, teniendo pendiente para el año próximo una incursión en el góspel. Considera la música, al igual que la solidaridad, al modo de «la magia de un conjunto con un objetivo común». Por otro lado, ejerce la homeopatía desde hace treinta años, cuya regulación legal solicita, defendiendo su valor terapéutico frente a las críticas que a veces arrecian contra esa especialidad. «Esas descalificaciones solo se producen en España», arguye.

Al catálogo ingente de actividades de Inmaculada González-Carbajal todavía hemos de sumar un capítulo más, referido a su práctica de las artes marciales, el haikido (posee el grado de tercer dan) y el iaido, cuya enseñanza básica es que, «si no nos convierte en mejores personas, no sirve».

«África no solo es miseria, hay también una África que quiere salir adelante»«Es difícil luchar por los derechos humanos cuando se carece de lo básico y hay hambre»«Quienes dicen que se ha de ayudar antes a los de aquí ni ayudan fuera ni tampoco aquí»«Los enfermos mentales en África son los olvidados de los olvidados»

Con todo, el motivo principal de la cita organizada por las Conversaciones de EL COMERCIO apelaba a su condición de presidenta de El Pájaro Azul, fundación cuyos trabajos se centran en la República Democrática del Congo, aunque también han extendido lazos en Benín, Mozambique y Costa de Marfil.

Cuenta Inmaculada que, hacia la mitad de la primera década de este siglo, pensó y decidió «vivir hasta el día que me muera», o sea, «marchar tranquila habiendo vivido lo que quería vivir». África siempre le había llamado la atención. Y en 2008 aterrizó en Kinsasa, donde conoció a las monjas teresianas que se ocupaban de los niños de la calle. «Hay un tópico sobre África», explica, «que es cierto: o sales corriendo o te engancha y vuelves una y otra vez. Allí sobrevivir es un milagro». Al regreso, llamó «a gente buena de mi entorno, que se embarcaron conmigo en los orígenes de El Pájaro Azul», que aquí desarrolla desde 2009 iniciativas que van de la organización de sesiones musicales a catas solidarias de vino y café o el ciclo de cine africano, el cual «se ha convertido en un referente para toda España». Las recaudaciones tienen como destino el apoyo a adolescentes víctimas de violencia sexual, niños de la calle, enfermos mentales y formación de mujeres en aquella nación africana. La dotación fundacional se realizó «con fondos propios y de socios colaboradores, que oscilan alrededor del centenar».

Tres retratos congoleños podrían indicar al lector las circunstancias que atraviesan en ese país que perteneció a las colonias belgas hasta su independencia en 1960. «El segundo día que estuve en Kinsasa, observé que en un centro de acogida de niños, dormían sobre un somier, sin colchón. Me aclararon que los colchones había que alquilarlos y carecían de recursos. Son cosas que no podemos imaginar quienes hemos nacido en un Estado de bienestar. Allí no existe el Estado».

Una segunda instantánea: «En una biblioteca, encontramos niños de once años que venían de cárceles que son como cubículos, alguno acusado de homicidio. La población reclusa infantil está tan arracimada que deben turnarse para dormir. El propósito de la biblioteca es que recuperen una relación entre ellos y con los educadores que les devuelva a la normalidad».

Tercer dibujo: «El problema fundamental que sufre el Congo es su propia riqueza, en oro, diamantes, coltán, casiterita, uranio... Se cruzan muchos intereses que son los que propician la miseria de la mayoría del pueblo congoleño. Otros países con menos recursos, por ejemplo, Senegal, no padecen circunstancias semejantes».

Como todo infierno tiene la necesidad de que existan ángeles, por así decir, que obren de redentores, Inmaculada habla de dos seres humanos que ejercen allí esa misión. «Sor Ángela ha cumplido setenta y un años, de los cuales lleva veintisiete en Kinsasa. Es un terremoto de energía. Se ocupa de enfermos mentales, que en esa cultura son los olvidados de los olvidados. Se les echa de las casas, se les ata a los árboles e incluso se les mata. Sor Ángela ha puesto en marcha un taller de artesanía donde los enfermos, ya medicados, comienzan haciendo cosas muy sencillas y después pasan a otras más elaboradas, muñecas, delantales, bolsos... Siempre muy bien diseñado. El mejor hotel de Kinsasa les ha facilitado un espacio para la venta. También se procuran convivencias de los enfermos con familias durante los fines de semana. Se quiere desterrar el concepto de que un enfermo mental es un brujo o un embrujado».

El otro ángel es Madame Adéle, «una congoleña licenciada en Geografía y profesora, que tras quedarse viuda con cinco hijos hubo de abandonar su profesión y marchar de la provincia, debido a las costumbres locales. Se dedicó a vender buñuelos, al oficio de costurera, a la bisutería... Y ha conseguido que dos de sus hijos sean abogados y una hija profesora de historia. Es coordinadora de un grupo de mujeres».

Al hilo de ese paradigma, Inmaculada exhorta a «romper el tópico de que África es solo miseria y guerra. También hay una África que quiere salir adelante, que realiza cine, gran literatura, artes plásticas o música, como la que trajimos a la plaza de Trascorrales, que no es la tradicional».

En su experiencia personal, tras nueve años acudiendo a los países africanos, ve «que las cosas están cambiando y que hay una juventud emergente. No son gentes pobres, sino empobrecidas, cada vez mejor formadas y que se enteran de los que ocurre en el mundo. Pocos saben que Nigeria es la tercera industria cinematográfica del mundo».

Aunque, asimismo, admite que «toda realidad tiene muchas caras y, al final, serán los propios africanos quienes hayan de buscar su destino; aunque resulta difícil luchar por los derechos humanos cuando se carece de lo elemental y hay hambre». De las dificultades de la tarea es una muestra el reciente viaje en el que la presidenta de El Pájaro Azul ha querido trasladarse a Lumumbasi para sentar los cimientos de una escuela infantil, en la zona rural. «No fue posible porque la situación allí es muy insegura y no me lo permitieron».

Aspira El Pájaro Azul a que una ciudad asturiana, Avilés, se convierta en una plataforma africanista, para lo que ya cuentan con el apoyo del Hotel Palacio Ferrera. Y, en ese sentido, surge una cuestión que no es infrecuente escuchar en charlas cotidiana, la objeción a que se preste cuidados a aquellos que padecen en geografías distantes, cuando también podríamos hallar razones y prioridades entre ciudadanos que sufren a nuestro lado. Inmaculada González-Carbajal lo tiene claro: «Quienes dicen que se ha de ayudar a las personas de aquí y no a las de afuera ni ayudan fuera ni tampoco lo hacen aquí. Además, desde luego, los sufrimientos allí son terribles».

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