'Fuente Ovejuna', al margen de la leyenda

Representación de 'Fuente Ovejuna' en el Niemeyer de Avilés. / MARIETA

Alberto Conejero ha realizado una versión del clásico dirigida por Javier Hernández-Simón que se aleja de los tópicos tradicionales La Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico llevó a las tablas del Niemeyer la obra de Lope de Vega

ALBERTO PIQUERO AVILÉS.

Muchas veces se debate acerca de la oportunidad y acierto con los que se vuelven a recuperar grandes obras del teatro clásico, que en ocasiones no ganan nada en su reposición e incluso pierden aliento. Todo lo contrario es lo que la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico ha logrado mediante la versión que ha hecho Alberto Conejero de la creación de Lope de Vega, 'Fuente Ovejuna', dirigida por Javier Hernández-Simón, y ovacionada calurosamente en la noche de ayer en el Centro Niemeyer. La reposición incorpora una mirada auténticamente nueva.

La historia real acontecida en el pueblo de Fuente Obejuna (Córdoba), en 1476, que el Fénix de los Ingenios trasladó a la tarima escénica durante el Siglo de Oro (se publicó en 1618), ha tenido a su alrededor tal vez un exceso de celo proclamando virtudes populares legendarias. En este caso, la adaptación se ha colocado al margen de la leyenda para ofrecer un retrato sin duda más realista. Sin torcer los renglones originales del autor, adecuando la perspectiva.

Un elenco de más de veinte actores jóvenes, que desplegaron convicción, persuasión y energía, encabezados por el ya consagrado Jacobo Dicenta, quien ejerció el papel del tiránico comendador, pusieron sobre las tablas el relato tal cual lo sabemos; pero transparentando y llevando a primer plano aquello que acaso se ha mantenido generalmente en las sombras secundarias, la evidencia de que el comportamiento del pueblo de Fuente Obejuna no fue tan solidario y heroico como se acostumbra a divulgar.

Es decir, que mientras el despótico comendador ultraja a las mujeres labradoras de sayo humilde, no existe ninguna réplica por parte de las fuerzas populares. Y que solo cuando los ultrajes alcanzan a la hermana del alcalde, Laurencia, se movilizan los resortes. Todo ello puesto en clave humana, sin otra severidad que la de mostrar la fragilidad de los seres humanos. Aunque también indicando que las injusticias se alimentan de la omisión de responsabilidades.

Jacobo Dicenta compone un comendador digno de odio (excelentísima interpretación), bien secundado por un elenco que brilló en lo individual y en lo coral, del que se pueden destacar sin megua del resto a Paula Iwasaki, como una compleja Laurencia, y a Loreto Mauleón en el rol de la aldeana Jacinta, contrapunto y paralelismo de aquella. Muy afinadas las partes cantadas.

La escenografía situada en torno a una plaza de toros portátil reveló los peligros de la lidia de la vida... y la distancia que ocupan los que se mantienen tras las vallas.

Ovación sonora y merecidísima en un auditorio del Niemeyer casi hasta la bandera. Siendo un alegato contra el caciquismo, en el texto sobrenada una muy actual denuncia del machismo secular.

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