Jovial, aplicada y cartesiana

DIEGO MEDRANO

Paz Andrés Sáenz de Santamaría (Oviedo, 1953) es una empatía constante, de pasión por el tuteo y el razonamiento coherente, muy de líneas claras y de esquema (así se lo dijo su maestro, González Campos, en los inicios del estudio del derecho: «Hazte el esquema. No vale la yuxtaposición simple. Lo que cuenta es tu aportación a la hora de enfrentar a autores»). Su filosofía del Derecho, desde épocas infantes, es saber lo que está bien y lo que no lo está. Una España dura, en blanco y negro, donde estaban prohibidos los dispendios en las instituciones, le dio armadura, curtirse en el sentido del deber y el cumplimiento, a hierro, de las obligaciones. Lo que era el mérito y su lucha, sin regalías ni caricias por el lomo. Lo que era o fue ordenarse la cabeza, por medio del latín y el griego, y seguir forzando la vida, aprendiéndose tochos del BOE cada vez más gordos, uno detrás de otro, casi sin pausas para pasar de página.

Ríe con la mirada como pocos, tiene el 'animus jocandi' del trabajo duro, en el reto que supuso para tantas generaciones salir adelante solo con el coco. Late, bajo su cortesía, su belleza un poco en miniatura como de hada o dríade del bosque, la tenacidad, el no pisar en falso, el no levantar los pies del suelo. Una corte de profesores duros, de los que fumaban mucho tabaco negro, muy rojos, obreros de sí mismos, los primeros comunistas, estimulantes de la propia capacidad de trabajo, le enseñaron que somos lo que hacemos en el día y poco más. Luego iría detrás lo que sus alumnos corroboran con la mirada y la risa que sigue a la risa, como el galgo a la liebre por los oteros: la generosidad intelectual, el afán de enseñar, el interés por todo aquello que no se sabe, la duda como alegría y dudar de todo como gran fiesta para estar en este mundo. No gastar un duro de más desde un servicio público, creer en el maestro y en una misma, el interés científico o humanístico que ninguna noche apaga, y así uno, una, va curtiéndose en lo excepcional, casi sin darse cuenta, fluyendo con la vida y los pequeños placeres dentro del cómputo más estricto.

Gesticula como quien hace planos en el aire de un esquema que la mente tiene antes que el cuerpo. Sus miradas largas acechan ya la respuesta en la mitad justa de la pregunta. Lleva una revolución dentro, por debajo de la exigencia, y aunque no lo dice, le vemos toda la verdad en su perfil dorado de ratón de biblioteca: la del compromiso social; la de la aportación de uno, sí, al mundo que avanza y no descansa, cada vez más espantoso. Una manera de vivir como lo que vio: austera, íntegra, coherente. No es mala fórmula para ser alguien.

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