El Comercio
Agustín Acebes, con su novela en el Antiguo Instituto.
Agustín Acebes, con su novela en el Antiguo Instituto. / PALOMA UCHA

«En los próximos años conoceremos el cerebro de forma asombrosa»

  • Presentó ayer en Gijón su primera novela, 'Password', acompañado por el erudito polaco afincado en Asturias Tadeusz Malinowski

  • Agustín Acebes Neurólogo y escritor

La literatura es una vieja amiga de Agustín Acebes Fuertes (Gijón, 1958), cuya profesión es la de médico neurólogo. Sin embargo, no ha sido hasta fechas recientes que la vertiente narrativa ha tomado cuerpo y presencia pública con su firma. Ayer presentó en el Centro Cultural Antiguo Instituto 'Password', subtitulada 'Una palabra clave', su primera novela, en compañía de Tadeusz Malinowski, erudito y sabio polaco de 97 años muy bien llevados, quien se domicilia en Asturias desde hace varias décadas.

Confiesa que ha perdido la vergüenza de autodeclararse escritor. ¿Era mucho el pudor?

Siempre he escrito, cosas para mi propia cosecha. Hay una escritura terapéutica, con la que eliminas fantasmas y acaba en la papelera. Dar un paso más me producía cierta timidez, como supongo que les ocurre a todas las personas antes de subirse a un escenario.

Antes de 'Password', no obstante, ya había rubricado 'Neurorunning' (Relatos a la carrera), y el texto divulgativo titulado 'El órgano del traje gris'.

Sí, con las nuevas plataformas de comunicación, me lancé. En 'Neurorunning' uní afición y oficio, pues también soy eso que se llama en horrible anglicismo un 'runner'. Y un 'maraton man'. En la soledad del corredor de fondo surgen muchas ideas. De ahí vinieron los relatos. 'El órgano del traje gris' es un libro de neuro-divulgación, referido, claro, al cerebro, ese superordenador que todos tenemos entre las orejas. Es una apuesta, en la estela de Eduardo Punset, de simplificar algo que es complejo, haciéndolo ameno sin perder el rigor.

En 'Password' nos transporta al año 2024...

En principio es una especie de grito, como el de Edvard Munch, contra los efectos secundarios de la modernidad, que afectarán a nuestra vida. Un ejercicio predictivo del futuro anclado en el presente.

¿Cuál es la historia que cuenta?

Parte de un personaje, David, arquitecto jubilado de 70 años, quien desea viajar a Estados Unidos y al querer obtener la visa para desplazarse se le niega porque está administrativamente muerto. Lo mismo le sucede al ir a sacar dinero del cajero de un banco. Queda envuelto en la telaraña tecnológica, que es algo que ya comienza a ocurrir. Los hospitales, por ejemplo, están informatizados hasta la exageración, y no sólo para los trámites burocráticos. No es difícil imaginar un tiempo futuro, no muy lejano, en el que los fallecidos sean conducidos por un tubo neumático desde el hospital hasta el tanatorio y el horno crematorio, máxime en una sociedad cada vez menos apegada a los actos religiosos. Será pura gestión industrial.

¿Cabe adscribir la novela al género de la ciencia-ficción o a un realismo futurista de base científica?

Creo que se mezclan varios géneros, incluyendo también el género de la novela negra. Y transcurre en lugares reconocibles de Madrid, Barcelona, Londres y Filadelfia. En Estados Unidos, tienen por primera vez a una presidenta, circunstancia que podría acaecer mucho antes.

¿Y por lo que se refiere a los prodigios de las nuevas tecnologías, qué vendrá en la nueva década?

Hay quien dice que en los últimos veinte años hemos progresado más -en lo bueno y en lo malo- que en los milenios anteriores. La próxima década incrementará esa aceleración. La criogenización ya es un hecho, a la espera de resultados. ¿Podremos tele-transportarnos? La esperanza de vida será mucho mayor que la actual, se podrán controlar factores biológicos. Ahí están eminencias como López-Otín y sus estudios sobre la progeria. Yo mismo tengo bastantes pacientes nonagenarias. Otra cuestión es -así lo planteaba en un relato- si además de largo el río no debe ser asimismo ancho, caudaloso y fluido. Quiero decir que alcanzar edades centenarias no nos libra del alzhéimer o del cáncer. Este otoño he visitado el altiplano de Bolivia y Perú, allí no hay enfermedades degenerativas; pero es que se mueren a los cincuenta y cinco años...

En todo caso, ¿la ciencia no va pareciéndose a los dioses olímpicos, no hay algo metafísico en todo esto?

Malinowski suele decir que hubo de estudiar mucha teología para hacerse ateo (ríe)... No obstante, hay una trascendencia espiritual entre los seres humanos que no concedemos a los animales. No ve la muerte de igual modo un veterinario que un médico.

¿Cuánto sabemos del cerebro?

Muy poco, por no decir nada. Está el proyecto Brain, que apoyan Obama, Google o Microsoft, el cual aspira a seguir el ejemplo del proyecto Genoma. Un aspecto importante es que ya no se cree, del modo en que se suponía, que nacemos con un patrimonio neuronal inmutable, sino que existe neuroplasticidad. Creo que en los próximos años iremos conociendo el cerebro de forma asombrosa, aunque todavía es el gran desconocido. Ya Santiago Ramón y Cajal decía que «el hombre es el escultor de su propio cerebro». Es un reto impresionante.

¿Tiene autores de ciencia-ficción predilectos?

Sí, de Julio Verne a Asimov; pero me apetecería ser un clon de Eduardo Punset en ciencia divulgativa.