El Comercio

«Narrar el desastre fue una liberación»

Fernando Goitia presenta hoy 'La Sacudida'.
Fernando Goitia presenta hoy 'La Sacudida'. / ANTÓN GOIRI
  • Presenta 'La Sacudida', una extensión literaria del reportaje periodístico sobre el huracán Mitch que le valió el Premio Lázaro Carreter

  • Fernando Goitia. Periodista y escritor

Periodista, escritor y jefe de actualidad de 'XL Semanal', suplemento dominical del Grupo Vocento, al que pertenece EL COMERCIO, Fernando Goitia (Bilbao, 1969) se estrena en el género novelístico acudiendo a vivencias personales, enriquecidas por la construcción de personajes de ficción y una profunda reflexión acerca de la naturaleza de la violencia y del mal. Hoy presenta en Madrid el resultado, una extensión literaria del reportaje sobre el huracán Mitch que le valió el Premio Lázaro Carreter: 'La Sacudida'.

-Ha elegido para su primera novela el género del 'thriller'. ¿Cuál es la razón de esa opción?

-'La Sacudida' bebe mucho del 'thriller', con un trasfondo de violencia que atraviesa la Revolución Sandinista, la guerra, el terrorismo de ETA y una catástrofe natural de dimensiones bíblicas, pero va más allá. Es también una novela de carretera, un viaje, físico y mental, a través de la devastación. Asistimos a una desolación evidente, la de los estragos causados por el huracán Mitch; y a otra íntima, interior, la de los protagonistas (un etarra y un sicario 'nica'), marcados por la violencia y empujados ahora a enfrentarse a sí mismos y a sus enemigos externos. Con semejantes elementos, la estructura de novela negra -poderosa influencia literaria para mí- surgió como una exigencia.

-¿Qué diferencias hay entre el enfoque del reportaje que hizo en su momento y la creación novelística?

-En primer lugar, el espacio. Este reportaje que mencionas, sin ir más lejos, fue reducido a la mitad de su extensión al ser publicado. Era inevitable. ¿Quizá por eso ganó el premio? (Ríe). En todo caso, me resulta difícil separar ambos enfoques, ya que, sin mi experiencia profesional y vital en Nicaragua, nunca habría llegado a escribir esta novela específica. Ahora bien, narrar el desastre como novelista -desde el interior de unos personajes, de personas- después de hacerlo como periodista fue una especie de liberación. La novela es siempre mucho más amplia, te da una libertad total. 'La Sacudida' habla del Mitch, de Centroamérica, de sus gentes y de la historia de la región, asuntos que traté en mis crónicas. Pero, a diferencia de aquellas, habla también de mentes criminales, de la violencia y de sus consecuencias, del País Vasco, de la adolescencia y la madurez, del crecimiento personal, de la Guerra Fría en un lugar donde no pudo ser más caliente...

La violencia en Euskadi

-¿Existe una cierta aportación autobiográfica?

-Sin duda. Para empezar, el viaje de los dos protagonistas a través del desastre, yo lo hice antes que ellos... Pasé, además, tres años en Nicaragua y la novela está impregnada de guiños a situaciones que viví o me contaron. Lo más autobiográfico, de todos modos, es la construcción del etarra arrepentido. No soy yo, desde luego, pero no me resultó muy difícil ponerme en su lugar. En Euskadi, muchas personas han sido empujadas al odio desde la infancia. Recuerdo haber discutido sobre política -cada uno repitiendo las cosas que oía en su casa- desde muy pequeño y siempre con una vehemencia impropia de nuestra edad y de nuestra ignorancia infantil.

-¿Se reflexiona acerca de la naturaleza de la violencia?

-Se habla de la naturaleza de la violencia de ETA, organizada y colectiva, cuyo alimento principal es el odio. La novela muestra un ejemplo de cómo este se siembra y se extiende, indiferente a las consecuencias individuales. Quien la promueve es insensible a los estragos que causa, y no solo en las víctimas, también en su propio entorno social y en sus seguidores. 'La Sacudida' habla, sobre todo, del desengaño. Un asesino lo es para toda la vida, matar a otra persona no tiene vuelta atrás. Existen el perdón, la reconciliación y la redención, pero de esa carga uno no se libra nunca. Y esa es la carga con la que intentan lidiar mis personajes.

-¿Y en torno a las utopías que promueven el mal?

-Al calor de las utopías se arriman los oportunistas. Mucha gente en Nicaragua solo aspiraba a expulsar a Somoza del poder y a patearles el culo a los norteamericanos para que dejaran de manejar a su antojo los asuntos de Centroamérica. Lo mismo que ocurrió en Cuba y en otros países por todo el planeta. El comunismo, sin embargo, encontró allí un hábitat propicio y se instaló a sus anchas. Los comandantes sandinistas, sin ir más lejos, son hoy hombres ricos.

-Volviendo al hilo literario, el escenario ya es en sí mismo un cuadro apocalíptico. ¿Cómo se logra transformar en palabras tanta desolación?

-¡Uff! No sé... Llegó un momento en que se me agotaron los adjetivos, las palabras. Me ayudó mucho la poesía. En los días del Mitch, mientras realizaba crónicas y reportajes diarios, escribí muchos poemas a modo de desahogo. Hablaban de devastación y de supervivientes, de los escenarios y de las personas que conocí, pero también de lo que yo sentía. Fueron un apoyo psicológico, pero también un ejercicio literario. Algunos, de hecho, acabaron en la novela transformados en prosa.

-¿Hay una alegoría de la dificultad humana para comprender al prójimo? O, al contrario, ¿el viaje literario resuelve esa distancia que separa a los dos protagonistas?

-Supongo que ambas cosas. Comprender al prójimo es una de las grandes tareas a las que se enfrentan estos dos personajes: entender al otro les ayuda a entenderse a sí mismos, a darse cuenta de que no son islas. Por el camino, entre la catástrofe, de hecho, van desapareciendo prejuicios, se sienten cada vez más cerca el uno del otro y, al mismo tiempo, de sí mismos.