El Comercio

Óscar Díaz, en Madrid, donde vive.
Óscar Díaz, en Madrid, donde vive. / IÑAKI MARTÍNEZ

«No perder la juventud permite seguir aprendiendo»

  • El joven autor langreano acaba de publicar 'El sentir. Poemillas del ahora', su seguno poemario tras el éxito de 'Rosa hermética'

  • Óscar Díaz Escritor

Óscar Díaz (Langreo, 1997) publicó un primer libro (Premio Félix Grande de Poesía Joven) celebrado por la crítica y público: 'Rosa hermética' (Universidad Popular José Hierro). Ahora le llega el turno al segundo: 'El sentir. Poemillas del ahora' (Isla de Siltolá). Cursa estudios de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, y es el poeta de las suelas de viento, quien aventura futuros inéditos y no deja de escribir.

En su primer libro hay una fusión espectral entre Rimbaud y Mallarmé. En este, me atrevería a decir, es como si fusionase a Valente con Claudio Rodríguez.

Quizá, no lo sé. No obstante, y usando a un autor que usted ha citado, pienso, como Claudio Rodríguez, que cualquier coincidencia que pueda haber, es producida por afinidades electivas.

La línea hermética, unida a un destacado preciosismo verbal, se hace más abierta incluso, por episodios, acercándose a lo familiar y elegíaco.

El poeta, desde el solipsismo, crea un campo de significación propio. De este modo, maneja unos recuerdos que nunca se presentan de igual manera, aunque volvamos a ellos, pues están supeditados al mundo entorno, a una circunstancia concreta, pero, además, existe, al menos en mi caso, una gestación previa al alumbramiento del poema. Las continuas permutaciones del hecho o del acontecimiento llevan a una transustanciación del 'deber ser' en 'ser'. Así, son esas lides, entre otras cosas, las que terminan por conformar el poema.

Hay, de manera destacada, cascada de imágenes y una sensualidad de cuerpos, de erotismo, tratado de manera onírica y destacada, aunque no desatada.

A mi juicio, la sensualidad emana del carácter errabundo del poemario, lo que entra en contradicción con un conocimiento estable y sistematizado. Entonces, ese impulso creador pasa por el filtro del discurso razonado; es decir, se amaina. Si esto no fuera así, las imágenes voltearían a una forma tragicómica, perdiéndose aquello que pudiera establecerse como verdaderamente humano.

El último poema, sobre el solipsismo, parece funcionar a título de poética. ¿Está dedicado a sus enemigos? En otros tramos, se habla del silencio como fuente, del asco por el ruido y su oropel...

Decía Gustavo Bueno que pensar es siempre pensar contra alguien. Y yo, a pesar de los magníficos amigos que tengo, me he granjeado unos cuantos enemigos. Eso quiere decir que lo estoy haciendo bien.

En su también condición de filósofo ha defendido en repetidas ocasiones que «el lenguaje no existe». Sin embargo, en sus dos libros parece haber un intento de buscar uno suyo, uno propio.

Es un tema complicado. No es que no exista, pues si aún estuviera por descubrir, no podría ser empleado. Más bien cabría decir que se encuentra en una gestación continua, siempre en relación a los pragmatas; es decir, a los intereses prácticos; por tanto, es un ser posible, tomando prestado el concepto de Al-Fârâbî. En definitiva, no es neutral y genera un sentido. Pero no dentro de lo gramatical. Por ejemplo, los géneros son elementos que se dan por morfemas, y el lenguaje, desde las coordenadas que estoy dando, no tiene ninguna implicación más allá de su propia estructura.

Dedica el poema 'Las magnolias' al joven pintor ovetense Juan Falcón. ¿Cuánto pesa la pintura en su escritura?

Sí, surgió de un precioso cuadro de Juan. La captación de imágenes que se da en la pintura provoca un fenómeno interesante. Debido, sobre todo, a la superposición que se da entre dos planos: el real y el imaginario, que se invierten mediante la visión, mediante la contemplación del cuadro.

Hay una «naturaleza desenfrenada» en toda la obra (significativo el poema que dedica a los campos de girasoles) pero tanto el título del poemario ('El Sentir') como el subtítulo ('Poemillas del ahora') hace pensar y mucho en Dámaso Alonso y sus 'Poemillas de la ciudad'.

El título muestra la realidad del poemario, la sorpresa ante las cosas, la naturaleza elegíaca que en ellas habita y cómo nosotros les proyectamos nuestra circunstancia. El subtítulo se desenvuelve como un juego, muchos poetas y amigos me sugirieron que lo cambiara, también el título. Y es un juego divertido y no sé si premeditado, pero recuerdo unos versos de Dámaso Alonso en sus 'Poemas puros. Poemillas de la ciudad': «Porque pronto vendrá la primavera / y tienes veinte años». Esa edad ya la habré alcanzado cuando llegue la próxima primavera.

Hay cantos beodos, hay nocturnidades peligrosas y alevosas, hay vivencia de lo joven como adobe fértil, hay prisa por perseguir los días... ¿Nuevo 'carpe diem'?

Sí, es cierto. Nunca se debe perder, en el poeta, esa vivencia de lo joven, véase Juan Ramón Jiménez, puesto que nos permite seguir aprendiendo. En cuanto al tópico literario, yo no diría 'carpe diem', encuentro más correcto el siguiente: «Dum vivimus, vivamus».