El Comercio

Martín Garzo posa con la Casona de Verines al fondo.
Martín Garzo posa con la Casona de Verines al fondo. / NEL ACEBAL

«Nadie que quiera ser escritor puede olvidarse del Quijote y de Cervantes»

  • «En el fondo, esto es como un club de lectura», dice de los Encuentros de Verines que reunieron en Llanes a autores y críticos

  • Gustavo Martín Garzo Escritor

Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948) asistió por cuarta vez a los Encuentros de Verines, que reunieron en Llanes a escritores y críticos. «Vivimos en un mundo presidido por lo virtual, así que esta oportunidad de tener a tu interlocutor delante, el hecho de que le puedas ver, tocar y escuchar el sonido de su voz, para mí es una maravilla». Se ha reencontrado con viejos conocidos y ha trabado nuevas amistades al calor de una conversación encendida ante la figura de Miguel de Cervantes. «Hemos estado muy a gusto hablando de lo divino y de lo humano». Y es que todo se concentra en la inmensa magnitud del Quijote.

Cuando presentaba su última obra, 'Donde no estás', defendía que había que escuchar a los muertos. Es lo que han hecho, ¿no?

Sí. Cervantes, el personaje histórico, murió hace cuatrocientos años, pero el milagro es la vitalidad de sus libros. Así que no es tanto que nosotros le hagamos el favor a Cervantes de sacarlo de la tumba como que todo lo que él escribió es portador de una vida de la que nosotros nos alimentamos. Eso es lo que hicimos aquí. En el fondo, es como un club de lectura que se ha reunido para hablar del Quijote.

La consigna era indagar su rastro en la literatura actual. ¿Qué influencia ha tenido en su obra?

Normalmente, es alguien que está fuera quien debe decirlo, pero sin duda Cervantes es uno de los autores que más me ha influido. Sobre todo, por su capacidad fabuladora y por la importancia que da al mundo del ensueño. Don Quijote fantasea constantemente acerca de la realidad sin renunciar a soñar. Esto tiene muchísimo que ver con el mundo del relato porque contar una historia es ir más allá de lo que la realidad más pedestre nos está ofreciendo. Es querer asomarse a aquello que normalmente no vemos y permanece oculto. Ese es el poder de la imaginación, de la fantasía.

¿Su intervención giró en ese sentido?

He destacado los valores extraordinarios que hay en el Quijote, una obra admirada por generaciones distintas en países diferentes y de la que se han dicho de ella los elogios más grandes. Recuerdo uno de Dostoyesvski que decía algo así como que es una especie de milagro, no un libro. Y que, si alguien de otro planeta viniera aquí y hubiera que informarle de qué es eso que llamamos lo humano, le podríamos dar el Quijote y ahí entendería qué hay en el corazón del ser humano. Un elogio como este es lo máximo que se puede decir. Hay unanimidad a la hora de valorar esta obra como una de las más grandes que se han escrito nunca, e inevitablemente uno tiene que preguntarse qué hay en ella para que siga conservando ese poder supremo de fascinación para todos los lectores. Hay una frase que me gusta mucho de Elías Canetti que dice que nos dan a elegir entre la justicia y el amor, pero él afirma que quiere las dos cosas. Y esta es la apuesta también de Cervantes. Justicia y amor unidas. Ahí está ese episodio maravilloso cuando libera a los galeotes. Él sabe perfectamente que son una panda de maleantes, pero a la vez está dispuesto a darles una segunda oportunidad porque piensa que el bien más supremo del hombre es la libertad. Su lectura también nos hace a nosotros mejores.

Habla del reconocimiento unánime, pero ¿percibe que los autores de hoy le tienen entre sus influencias?

Nadie que pretenda ser escritor puede olvidar que existe un libro como el Quijote o una obra como la de Cervantes. Es imposible. Porque incluso aunque voluntariamente una persona no la quiera citar, va a estar en muchos de los libros que ha leído. Cervantes funda un poco nuestra literatura. Sobre todo, la novela en castellano, que nace con él. Tanto Shakespeare como él son los pilares sobre los que se sostiene la cultura tal y como la entendemos hoy. Por eso veo imposible ser escritor sin haberte enfrentado alguna vez a ese continente que es Cervantes y haber entrado en contacto con ese libro asombroso que es el Quijote.

La mirada de Dulcinea

Usted lo hizo en el libro 'Dulcinea y el caballero dormido'. ¿Cómo surgió ese proyecto?

En 2005, cuando se conmemoraba la publicación de la primera parte del Quijote, me pidieron que hiciera una versión para niños y a mí eso me parecía muy complicado y no me hacía demasiada ilusión. Pero se me ocurrió esa idea: contar la historia del Quijote desde el punto de vista de Dulcinea. Dulcinea es un personaje que apenas tiene entidad en el libro, solo vive a través del discurso del Quijote. Pero detrás de ese discurso hay una mujer real y a esa mujer real a mí me apeteció hacerla hablar. Ese es el juego. Básicamente era contar cómo la Dulcinea real veía al Quijote.

En su obra muestra una especial querencia por las voces femeninas, tal vez las menos exploradas.

Exacto. Pocos autores han transformado a la mujer en un personaje con tanto peso como Cervantes en el Quijote. Cervantes tenía una capacidad maravillosa de ponerse siempre en el lugar del otro. Se pone en el lugar de infinidad de personajes que aparecen en su obra y sabía cómo pensaban y sentían, podía hablar desde su interior. Y, desde luego, tenía la capacidad de ponerse en el lugar de las mujeres y contar lo que ellas podían estar sintiendo. Esto, en aquel momento, era una auténtica novedad. Pocos autores españoles han sido capaces de crear personajes femeninos tan potentes. Sin embargo, es curioso que, aunque se inspira en una campesina, Dulcinea es una especie de ideal en la mente del caballero. Entonces me apeteció que hablase esa campesina que había dejado detrás del telón que es Dulcinea. Ese fue mi intento, que, por cierto, creo muy cervantino porque para él las mujeres siempre eran personas muy reales y llenas de fuerza, y, por lo tanto, susceptibles de convertirse en maravillosas protagonistas de cualquier historia.