El Comercio

Misterio en el fielato

  • Hace ciento ocho años, un hombre murió repentinamente en el fielato gijonés de El Bibio, durante el transporte de más de mil litros de sidra, tras una sangrienta riña en la que él, misteriosamente, nunca había participado

Hasta entonces había sido un día tranquilo. Se asomaba ya la tarde del once de septiembre y en el fielato de El Bibio no había habido -cosa rara- una palabra más alta que otra. Los taberneros que bajaban de Bernueces, cargados de provisiones para los chigres gijoneses, se apostaban con paciencia ante los guardias ocupados del cobro de los impuestos sobre las mercancías e intentaban, de cuando en cuando, hacer uso de la picaresca para pagar de menos. Nada fuera de lo normal, salvo la calma chicha que, como casi siempre, precede a la tormenta. Una tormenta, la de aquel día, tan brutal como sorpresiva.

Los hosteleros, claro, tenían sus rencillas en aquel Gijón de 1908, sus resentimientos y sus tinglados, y el uso de los palos para arreglar las diferencias, de tan habitual, no estaba del todo mal visto. Álvaro, el 'Rendexa', parecía tener sus más y sus menos con la familia de Santos Rodríguez (no ha trascendido el por qué), y aquel día quiso la mala suerte que el chigrero, por cuyo establecimiento de la calle Cienfuegos deambuló media ciudad a principios de siglo XX, se encontrase con ellos en el mencionado fielato. Ley obliga. El 'Rendexa' había cargado tres carros, tres, con mil quinientos litros de sidra producida en el llagar de Nicanor Moro, en Rendueles, y, acompañado de Robustiano y de Isidro, dos buenos amigos, tuvo la intención de pasarlos por el fielato al caer la tarde del día once.

«Cuando los vehículos se hallaban a la vista del río de Ceares, separóse el Rendexa de sus acompañantes», narra EL COMERCIO del día doce, en portada, «diciendo que adelantaba el paso para llegar antes que ellos al fielato (...)», y sus amigos «estimaron muy oportuna la idea». Se equivocaban. De cabo a rabo. Porque cuando 'Rendexa' llegó al fielato, allí se encontraba su némesis, Santos Rodríguez, natural de Bernueces, junto a su yerno Leonardo y otro más, pagando las comisiones por otros tres carros de sidra que iban en sentido contrario. Afloraron los resentimientos y estalló la tormenta. «A mí déjeme usted en paz», trató de zafarse de la riña 'Rendexa', nada más ser increpado por el viejo Santos, «que yo voy a mi camino y no me meto con nadie».

El llamamiento a la paz fue infructuoso y, según contó 'Rendexa' más tarde, los ánimos de la otra parte se exaltaron. Primero fue un puñetazo, dirigido por Santos contra la tripa del chigrero, que no pudo esquivar. Dolorido, sujetándose la barriga con un brazo, contestó a su rival que sólo las canas le iban a librar de recibir una tunda equivalente. En ese momento, uno de los acompañantes de Santos se le vino encima y, con una guiada, le molió a palos la cabeza. Todo se llenó de sangre. La herida, más escandalosa que grave, requería atención inmediata y por eso el fiel de servicio, Ángel Peón, conminó a los agresores a irse y encerró a 'Rendexa' en su despacho para sanarle.

¡Y de qué manera! A falta de botiquín -ni solían necesitarse en los fielatos, ni estaba muy extendido su uso por el Gijón del año ocho-, Peón sólo encontró un material con el que intentar frenar la hemorragia del chigrero. Un material muy heterodoxo para las curas, pero del que disponía en abundancia. «Al hacerse cargo de que ['Rendexa'] vertía por la herida abundante cantidad de sangre, se dispuso a colocarle...» -redoble de tambores- «...unas telas de araña». No tome la idea el lector para probarla en su casa porque, además de ser muy poco higiénico el asunto, aquella tarde en El Bibio se reveló que tampoco era eficaz.

«Mientras tanto era requerido por teléfono el médico de guardia en la Casa de Socorro don Corsino Prendes Pando», leemos en la crónica de EL COMERCIO, «pues el señor Peón, en vista de que no había posibilidad de estancar la sangre, que a chorros se desprendía de la herida, creyó conveniente adoptar esta medida antes que ninguna otra». Pero el doctor se retrasó y, a la llegada de los compañeros del 'Rendexa', la salud del chigrero ya había mermado considerablemente. Pálido, con un charco de sangre a sus pies, con las negras ojeras de la agonía haciendo ya aparición bajo los ojos, recibió a Robustiano y a Isidro muy débil, aunque aún con cierto toque de humor. «¡Ya ves, hombre!», dijo el hostelero a sus amigos, al borde del desangramiento, «¡esos pícaros, que quieren acabar conmigo!». Fue entonces cuando Robustiano cayó redondo en el suelo. Tan largo era. Sin pulso. Muerto.

Ni es una errata ni ha leído mal el lector: Robustiano cayó muerto. Cadáver. Sobre el charco de sangre derramado por su compañero, recién destronado en estos momentos en su puesto de víctima principal. Es de suponer que, a su llegada, Prendes Pando dudase en si curar primero la tremenda herida del 'Rendexa' o en atender a su compañero, muerto repentinamente, sin venir a cuento, sin causa ni explicación.

Sólo la indagación de las siguientes horas acabaría dando la respuesta a tan extraño suceso. Resultó que Robustiano, casi medio año antes, allá por abril, había ido a la Casa de Socorro herido de un disparo en sus partes nobles, con una herida que no comprometía su vida, pero sí su salud y, sobre todo, su honra. «Al parecer», dice el reportero, «se trataba de un disparo casual, hecho por un hermano del Robustiano, teniendo éste la desgracia de que el proyectil fuese a incrustársele en tan delicada región». Era una herida que no bastaba con curar: los médicos decían que habían de intervenir toda la zona -ya se imaginarán cómo- para evitar graves complicaciones que, de dejar pasar el tema, podían sobrevenir en un futuro.

«Robustiano se negó rotundamente a ello», y he ahí la respuesta a su extraña muerte, «rechazando siempre y en todo tiempo los consejos de la Ciencia». Un aneurisma arteriovenoso sin intervenir fue la causa de que, ante la impresión de ver a su compañero más en el otro mundo que en éste, sufriera una trombosis que le mató en apenas unos segundos. Ésa fue, al menos, la versión que del suceso dio el forense Ceferino Valdés. Aquella noche, Santos Rodríguez ingresó en la cárcel, acusado de agresión -'Rendexa' acabó por recuperarse-, pero también de haber matado a un hombre al que jamás había tocado. ¡Ya es mala suerte!