El Comercio

La palabra de Juan Benito, el corazón de Lola

Una emocionada Lola Fernández Lucio, que estuvo acompañada por sus hermanos y decenas de amigos.
Una emocionada Lola Fernández Lucio, que estuvo acompañada por sus hermanos y decenas de amigos. / FOTOS: MARIO ROJAS
  • Decenas de personas arroparon a la viuda del creador de Tribuna Ciudadana en la presentación de sus memorias póstumas

  • «Estuvo en el bando de los perdedores, pero fue un ganador gracias a su inteligencia y su sensibilidad»

«Si te quiero es porque sos / mi amor mi cómplice y todo / y en la calle codo a codo / somos mucho más que dos». Los versos de Benedetti en la voz del presidente de Tribuna Ciudadana, Alfonso Toribio, fueron ayer a parar a Lola Fernández Lucio, «compañera inseparable», hasta el final, de Juan Benito Argüelles (Oviedo, 4 de enero de 1930-13 de septiembre de 2015), durante el acto de presentación de sus memorias póstumas, 'Doy mi palabra'. «Más de 400 páginas apasionantes y delicadas», a decir del expresidente regional Juan Luis Rodríguez-Vigil, publicadas por KRK cuando se cumple un año de la desaparición del irrepetible promotor cultural asturiano.

Porque, como remarcó Rodríguez-Vigil -solo uno entre las decenas de amigos que ayer la arroparon-, en realidad, este volumen con prólogo de su viuda y estructurado en dieciséis capítulos que comienzan con 'Las peripecias de un niño en la Revolución del 34 y en la Guerra Civil' «tiene dos autorías»: «Las palabras de Juan Benito proclamadas por Lola, que le puso el cuerpo, la carne, la hilazón a un libro especialmente hermoso y que, lejos de ser una oda a la nostalgia, rezuma vida».

Ella fue la encargada de dar forma a los apuntes que él estaba escribiendo cuando un accidente vascular le privó de visión los últimos años de su vida y le impidió continuarlas. Un viaje que arranca con «esa patria que siempre es la infancia», que transcurrió para el quinto de ocho hermanos entre juegos en la Estación del Norte, explicó el articulista de EL COMERCIO Juan Neira. Hasta el punto que, como narra el propio Argüelles, siempre que pisaba una estación, «un mundo lejano y acogedor que creía perdido para siempre» regresaba. Aquella Arcadia que se fue para siempre con el asesinato de su padre, fusilado por los sublevados cuando aquel niño tenía siete años. Su madre, maestra y «luchadora admirable», que tenía siete hijos y otra en camino, marcaría entonces para siempre su carácter: «Sociable, cariñosa e inteligente, tuvo siempre la honestidad de no hablar de lo que no sabía, de no decir imprecisiones ni palabras vanas que pudieran herir a alguien».

Y ese es el mismo espíritu destilan las memorias de Argüelles, apuntó Vigil sobre «un libro en el que no se aprecia ni un solo ápice de ese odio que ahora prolifera de manera gratuita por parte de gentes que no sufrieron los rigores de aquel régimen». En el que «la Asturias, la España que se trasluce es, por un lado, lacerante, y por otro tiene una riqueza enorme».

Entre sus páginas se descubren, gracias a «un observador y escuchador nato que forma parte de los imprescindibles en la cultura asturiana», las distintas pieles de Oviedo, sus cambios década a década. De sus «años de hambre y penurias en el Bachillerato» a «una Universidad pequeña, mediocre y gris dulcificada por la presencia de gentes como Gustavo Bueno y Emilio Alarcos» y al nacimiento de las 'boîtes' «en el Oviedo nocturno, bohemio e ilustrado» por cuyas tertulias interminables desfilaban personajes como Ángel González. Una época que conoció bien Ramón Rodríguez, hoy director del Ridea y de la biblioteca universitaria.

Y, en mitad de todo, el inagotable aliento de Juan Benito Argüelles y Lola Lucio, «su implicación en tantas y tantas iniciativas culturales». Ella, «echándose en la mochila las tareas más ingratas». Él, «capaz de abrir muchos ojos y quitar legañas». Del Tigre Juan a la Alianza Francesa. Siempre, subrayó Juan Neira, «con una visión colectiva de las cosas y esa tolerancia azañista que solo tiene la gente que ha sufrido mucho». Siempre, añadió Rodríguez-Vigil, «desde la generosidad y la apertura de ideas que llegaba de Europa» como aire fresco «a un Oviedo sórdido y esquinado».

La vida, en suma, dijo Alfonso Toribio, «de quien vivió como quiso y disfrutó de ello». De alguien que se fue «absolutamente conforme de lo que había hecho y de con quién lo había hecho». De «un hombre bueno, complejo y de humor ácido y sarcástico, pero nunca ofensivo», que «cultivó la amistad y el amor» como pocos saben hacerlo. Y, en palabras de Neira, «de quien estuvo en el bando de los perdedores, pero fue un ganador. Sin dinero, sin padrinos, sin mecenazgos, sin mafias culturales. Gracias a su inteligencia, a su sensibilidad y a su atractivo personal».

Para Lola Lucio, con la que hallaría tiempo después los restos de su padre en una fosa común y quemaría su sentencia de muerte, fueron también las últimas palabras del creador de Tribuna Ciudadana y el Círculo Cultural de Valdediós apenas «tres días antes de partir», como recordó el periodista Melchor Fernández. «Juan le pidió a Lola que le ayudara a ponerse bien del todo porque todavía tenían que hacer muchas cosas juntos. Y este libro es una hermosa muestra de ello».