El Comercio

Edgar Borges  presenta hoy novela en el Ateneo Jovellanos.
Edgar Borges presenta hoy novela en el Ateneo Jovellanos. / PETEIRO

«En los centros correccionales de Nueva York vi las catacumbas de la sociedad»

  • El novelista venezolano regresa a Gijón para presentar su última obra, 'El olvido de Bruno', protagonizada por un librero sin memoria

  • Edgar Borges Escritor

Venezolano pasado por Gijón que ha cruzado muchos meridianos, tiene Edgar Borges (Caracas, 1966) en su trayectoria literaria una de las narrativas más originales de los últimos tiempos. De él ha dicho Andreu Martín que no plantea preguntas para introducirse en enigmas, sino que parte de respuestas que nos conducen al laberinto. Entre sus obras, '¿Quién mató a mi madre?', '¿Quién mató al doble de Edgar Allan Poe?', 'La contemplación' (Premio Internacional de Novela Albert Camus), 'El hombre no mediático que leía a Peter Handke' o 'La ciclista de las soluciones imaginarias'. Hoy presenta en el Ateneo Jovellanos (19.30 h.) su última novela, 'El olvido de Bruno', acompañado por el el filólogo Jaime González Cordero y el también escritor y colaborador de EL COMERCIO Pedro Antonio Curto, autor de 'Edgar Borges, literatura de la propia sangre'.

Le habíamos perdido el rastro en Gijón. ¿Ya no reside aquí?

Desde hace dos años, vivo en Madrid. Pero el vínculo con Asturias y con Gijón en particular, donde se me acogió de forma tan extraordinaria durante varios años, se mantiene vivo e intacto. De hecho, la próxima novela en la que trabajo discurre en parte por un pueblo de Santa Eulalia de Cabranes.

A pesar de la globalización, ¿sigue siendo necesario trasladarse a las grandes capitales para desarrrollar una carrera literaria?

Lamentablemente, sí. Muchas de las actividades que van aparejadas a este oficio se resuelven más fácilmente estando en Madrid. Sigo pensando, no obstante, que la creación literaria es ajena a los parámetros de la industria cultural. Sólo depende del hambre creativa. Y, además, yo me siento afín a la calma y la cordura de los lugares pequeños.

Aparte de su producción novelística, están otras vertientes, como 'Vínculos. Apuntes con Rubén Blades', editado en 2013. ¿Cómo surgió esa creación?

Ha tenido ya varias ediciones en distintos países. Mantengo relación con Rubén Blades desde 1984, cuando lo conocí en Caracas. Y después establecimos correspondencia a partir de unas similares inquietudes literarias, musicales y sociales. Me pareció que esa correspondencia, en la que dialogan la música y la literatura, tenía el perfil de un libro. Cuando lo presentamos en el Instituto Cervantes de Nueva York, se llenó a rebosar la sala.

Sin salirnos de la ciudad neoyorquina, allí ha abordado una iniciativa de características muy singulares, trasladar el pálpito de la literatura a centros penitenciarios...

Ya lo había hecho en Caracas, donde participamos varios creadores en el programa 'Caballo de Troya', atendiendo a internos en un centro de alta peligrosidad que ha dejado de existir. En Nueva York, la experiencia ha sido en dos centros, el Edgecombe Correctional y el Osborne Association.

¿Qué ha aprendido usted de esas vivencias?

A comprender las catacumbas de la sociedad, allí las vi, una visión cruda de la cotidianeidad. Podemos imaginarla, pero no es lo mismo que sentirla a flor de piel, traspasa nuestros límites.

La crítica no encuentra una catalogación precisa para sus obras, se dice que sobre todo es un innovador...

Pero no es por inventar nada nuevo, sino porque la literatura debe ir más allá de lo consabido y conmocionar al lector, buscar diferentes perspectivas de la realidad.

Viene a presentarnos 'El olvido de Bruno', que protagoniza un librero que ha perdido la memoria. ¿La memoria nos construye?

Bruno es lo contrario del memorioso Funes borgiano. Ha perdido la memoria, que su mujer, Eliana, le ayuda a reconstruir mediante la imaginación y la construcción de relatos. Hasta que un día desaparece. La imaginación puede salvar la memoria y la memoria la vida. La memoria es indispensable para existir. ¿Hasta qué punto existimos si no tenemos memoria? Ni siquiera existirían la nobleza o la perversidad.