El Comercio

Rodrigo Guijarro, Luis Antonio de Villena y Araceli Iravedra.
Rodrigo Guijarro, Luis Antonio de Villena y Araceli Iravedra. / M. ROJAS

Glorias de nocturnidad

  • La Cátedra Ángel González recibió a Luis Antonio de Villena, que desgranó su relación literaria y de amistad con el poeta ovetense

Se dinamiza la Cátedra Ángel González de la Universidad de Oviedo con el ciclo de ponencias 'Poetas con Ángel'. Se busca el perfil humano de Ángel González, sus intimidades inconfesables y el matiz humano del creador. Inauguro ayer el ciclo el también poeta, novelista, crítico y «escritor total» Luis Antonio de Villena. Se alude a la aspereza que Ángel, inicialmente, tuvo a los novísimos y cómo, en palabras de Araceli Iravedra, directora de la cátedra, «Luis Antonio es el más indicado para hablarnos de Ángel, porque fue el más esteticista, queriendo superar a poemas como 'Arde el mar', de Gimferrer, con toda clase de excesos». El joven Rodrigo Guijarro Lasheras situó por su parte a Villena en «un dandi del siglo XXI, un compilador de la disidencia y su tradición, el mejor teórico de cuanto comporta la huida del redil».

Villena se centró en las muchas copas con Ángel González, en horarios de sabrosas nocturnidades, y también en compañía de Paco Brines («Mi hermano mayor») y de Carlos Bousoño. Cuenta un episodio crucial: «Ángel decía que el alcohol se le subía a los pies y tenía mucha razón. Mantenía siempre la cabeza coherente, sin brumas. Una noche, a la salida de casa de Caballero Bonald, hablábamos de Picasso y se caía al suelo. Tuve que levantarlo en tres o cuatro ocasiones, mientras buscábamos un taxi, pero el discurso apenas se resentía. Hablaba de los diversos cubismos de Picasso, de sus épocas predilectas, sin la menor traba». Se subraya el rechazo de Ángel a la estética novísima («por esteticista, por excesiva, por exagerada») y cómo en su poema 'Oda a los nuevos bardos' intenta satirizarlos. Las diferencias estéticas no anulaban, en ningún caso, la relación íntima. Destacó su cordialidad, sus borracheras siempre pacíficas («Al contrario que las de Gil de Biedma, muy violentas al final») y su vena cantarina («Empezaba con rancheras, todo iba bien, pero cuando llegaba el turno de las canciones de la mina, cambiaba todo, una voz honda y oscura, otro acento... era hora de irse»).

El gusto de Ángel por Celaya y Blas de Otero fue más que una pasión, pero Villena matiza el conjunto: «Por mucho que quiso Celaya acercar la poesía al obrero, y llenarla de futuro, no lo consiguió. La poesía no puede, en ningún caso, convertirse en panfleto. Tiene que tener el lujo del artefacto, de ser algo artístico en sí mismo». Llegaron nuevas honduras y luces: lo mucho que le gustaba la metapoesía de Guillermo Carnero, y cómo influye en la suya, y cómo la hostilidad inicial hacia los novísimos apenas importó en los muchos libros intercambiados, firmados, dentro de «una amistad bella y generosa». Culminaba Villena: «No sólo fue un gran poeta, cuya obra sigue viva, sino un amigo encantador».