El Comercio

«Escribo de lobos, no de corderos»

«Escribo de lobos, no de corderos»
  • Arturo Pérez Reverte publica ‘Falcó’, su nueva novela, con la que abre una nueva serie de espionaje

Alicante y José Antonio son palabras clave en ‘Falcó’ (Alfaguara), la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951). Estrena personaje, Lorenzo Falcó, «un mercenario de sí mismo», canalla y seductor. Espía sin escrúpulos, traficante de armas, agente a sueldo del mejor postor, listo como el hambre y con ciencia y eficiencia para matar. También estrena época: la Europa en llamas de los 30 y los 40 del siglo XX. En su primera aventura, –habrá más– Falcó cruza en el otoño de 1936 una España que se consume por el odio letal entre rojos y fascistas. Su patria es él mismo. Los bandos de su mundo: él y lo demás. Llega hoy al lector, horas después de que el también académico incendiara la RAE con un flamígero duelo a florete con Paco Rico del que no habla.

–¿Quién es Lorenzo Falcó?

–Es un lobo. Sólo toma partido por sí mismo. Matar, morir, engañar, mentir o seducir son sus herramientas naturales de supervivencia. Ni escribo ni hago novelas sobre corderos. Siempre sobre lobos. Es cruel, asesino, torturador, sin ideología, misógino, desalmado, canalla, sin escrúpulos, amoral y mujeriego. Vivimos en un mundo buenistade amables ovejas y olvidamos que los lobos acechan. Que la vida no vale nada en la mayor parte del mundo.

–Es un verdadero hijo de puta, pero cae simpático.

–El reto era lograr que los hombres lo aceptarán como compañero de viaje y las mujeres como compañero de cama. Debía ser encantador, inteligente, guapo seductor y elegante. La combinación del lado oscuro y el lado luminoso construye al personaje mediante los diálogos.

–Falcó es su propia patria. ¿Cuál es la de Pérez-Reverte?

–Los libros. Mi biblioteca, esos quizá 30.000 libros que encierran todas las claves. La memoria, el origen, la explicación, el consuelo, la felicidad, la compañía. La biblioteca me reconcilia con el mundo. Shakespeare, Virgilio, Conan Doyle, Dumas, Stendhal o Mata Hari me ofrecen mundos alternativos y con sentido. ¿Cómo hacen quienes no leen para sobrevivir en la vulgaridad en la que vivimos?.

–Cuánto más retorcido tiene el colmillo sus lobos, ¿más disfruta?

–Sí. Falcó iba a ser una única novela. A medida que llegaba el final me lo estaba pasando tan bien que decidí seguir con este tipo. Dejé el final abierto para seguir con dos o tres más.

–¿Es un Alatriste del siglo XX?

–Alatriste tuvo fe y se la quitó la vida. Le quedan códigos. Falcó no tiene códigos. Es amoral. Una bala perdida. Para Alatriste la aventura es una consecuencia obligada. Para Falcó, una elección. Es un mercenario de sí mismo.

–¿Le ha regalado alguna de las cualidades de Pérez-Reverte?

–Ni cualidades ni defectos. No soy Falcó. No soy cruel ni tengo su actitud ante las mujeres ni ante de la vida. Hay cosas en las que creo. Tengo escrúpulos, códigos y lealtades. Él no. Sí le he dado una forma de mirar el mundo. Esa es mí mirada.

–Es más ágil y directa que sus otras novelas.

–Es una novela de espías canónica. No es negra. No caben digresiones. Requería brevedad, concisión, diálogos cortantes, secos y rápidos. Pero por debajo hay muchas ideas. No es Hammet, ni Chandler, ni Ian Fleming, ni Le Carré, ni Forsyth. Acaso Eric Ambler, Somerset Maugham o el primer Graham Greene.

–De no haber visto a la muerte de cara y lo peor del ser humano ¿escribiría novelas?

–Desde luego que no. Escribo con la mirada y la lucidez amarga que aquella vida me dejó. Con unas pocas palabras nobles y que aún respeto, como dignidad, lealtad, honradez, coraje, valor, amor. Perdí el respeto por palabras como patria, Dios o bandera. La vida las ha triturado. Con esos restos del naufragio amueblo mis novelas y mis personajes.

–Escribir le ha serenado, dice. ¿De no ser escritor...?

–Estaría navegando. O en un burdel de Bangkok o de Beirut dando la matraca y contándole mi vida a un joven reportero como el que fui. No quise acabar así y por eso me dediqué a escribir. Las novelas no fueron una vocación. Fueron una solución. Me salvaron.

–Además de buenos enemigos, que ya los tiene, ¿que le pide a la vida?

–En la guerra aprendí que las largas agonías hacen perder la compostura. Sólo me inquieta que la edad, la merma de facultades o la enfermedad me hagan perder la compostura. Me da miedo. Fuera de eso no me preocupa nada. Me he hecho mis enemigos minuciosamente. Te ayudan a mantenerte despierto y alerta. Como navegar. Pero tengo amigos leales hasta la muerte que darían la vida por mí. Y tener sus amigos también te hacen sentirte muy bien.

–Insiste mucho en que no es una novela sobre la guerra civil.

–La guerra civil es el fondo. El decorado son los años 30. Ni etiqueto, ni debato ni explicó la guerra. Falcó se pasea por la guerra española como se pasea por la Europa de los fascismos, el nazismo el comunismo o el socialismo. Un mundo que cruje y se desmorona. España es una parte de la Europa y aparece en la novela.

–También en que no hay bueno ni malos.

–Somos un país de etiquetas. Pero yo no tengo porque etiquetar ¿Quién es el bueno y quién el malo? He vivido siete guerras civiles y me han contado la nuestra sus protagonistas. Testigos como mi padre y mi tío que estuvieron con los republicanos, mi abuelo y otros amigos de mi padre que estuvo con los nacionales.

–¿Se distancia de la guerra y se aproxima a sus actores?

–Cuando ves los grandes conflictos desde arriba entiendes claramente. Los franquistas, rebeldes. La República, legítima. Hitler, malo. Churchill, bueno. Stalin, bueno entonces, malo después. Pero cuando te acercas ves seres humanos. No hay etiquetas que valgan. Aquí no hay buenos ni malos. Todo el mundo mata y tortura.

–¿Por que los años 30 y 40?

–Hacer una novela de espías de ahora sería vulgar. Los drones, los teléfonos móviles, los superordenadores... todo está en las películas de Tom Cruise. Ya está hecho. Pero aquello años mantienen misterio y glamour. Hasta la gente más humilde tenía entonces dignidad y un interés humano del que ahora carecemos.