El Comercio

Luis Landero: «Las novelas nacen de la insatisfacción que nos define»

Luis Landero, el crítico Luis García, el vicerrector Francisco José Borge, Josefina Martínez, José Antonio Gómez, decano de la Facultad de Filosofía y Letras, y el concejal Roberto Sánchez Ramos.
Luis Landero, el crítico Luis García, el vicerrector Francisco José Borge, Josefina Martínez, José Antonio Gómez, decano de la Facultad de Filosofía y Letras, y el concejal Roberto Sánchez Ramos. / MARIO ROJAS
  • «Todos somos narradores impenitentes. Lo que no se cuenta no existe», defiende el escritor en la Cátedra Alarcos

Cuenta la rumorología popular que, cuando el torero Luis Miguel Dominguín tuvo un escarceo amoroso con Greta Garbo, enseguida corrió a contarlo. Y la anécdota le sirvió anoche a Luis Landero para defender en el Aula Magna del Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo, en un acto organizado por la Cátedra Alarcos, que «todos somos narradores impenitentes» y que «lo que no se cuenta no existe». Y es que no solo «nos pasamos la vida contando lo que hemos hecho y vamos a hacer», sino también elaborando recuerdos, esos relatos dictados por la memoria, tan poco fiel. Pero es que, además, «también cuando soñamos reconstruimos nuestras vivencias», convirtiendo la vida en cuento.

Quizá en esa pulsión reside lo que el escritor extremeño denominó «el gran misterio» de la escritura, tan «bien guardado». Qué, si no, impulsaría a alguien a encerrarse en su habitación frente a un folio en blanco para «intentar refundar el mundo, nombrar las cosas de otra manera. ¿Quizá la búsqueda de la belleza o la de un lugar en el mundo?», se preguntó. Y la respuesta quedó flotando en el aire, aunque, a su juicio, «todo nace de la insatisfacción, que es la que define la condición humana», aquella «de la que nacen las novelas».

Y como estamos insatisfechos desde el mismo momento en el que adquirimos consciencia de que somos mortales «porque no aceptamos la muerte ni la mediocridad, en definitiva, nuestra condición», y «los dioses han sembrado en nosotros la semilla maldita de perdurar», también «estamos condenados a soñar, salvo los que son felices y no lo necesitan».

«Dichosos ellos», ironizó, mientras que el resto, que es la mayoría en la que se incluye, «pensamos durante la adolescencia y la juventud que vamos a ser maravillosos, puros, que nos vamos a mantener fieles al joven que hemos sido, pero luego parece que las cosas no van por ahí».

En su caso, fue su abuela Frasca, «analfabeta pero sabia, una biblioteca andante», la que le inoculó el virus de escribir en la casa de campesinos en la que pasó su infancia y en la que, como explicó la directora de la Cátedra Alarcos, Josefina Martínez, «solo había un libro y nadie sabía cómo había llegado hasta allí». Lo hizo a través de las narraciones orales, con «un lenguaje maravilloso, con resonancias del lenguaje clásico», que llevó hasta a sus oídos «el ritmo, la música maravillosa de nuestra lengua», y le llenó «las alforjas de fantasía».

Después, con la adolescencia, llegaría la emigración a un barrio de la periferia de Madrid y, con ella, los libros, picando de aquí y de allá. «Tuve una educación literaria y estética caótica. Yo no tuve canon». Y, como «a los 15 años era escuchimizado y no tenía éxito con las chicas», se fue a una librería a comprar un ejemplar de ejercicios gimnásticos con tan mala suerte que lo que se llevó a casa fue un manual de yoga y, como no devolvían el dinero, terminó cambiándolo por 'Las mil mejores poesías de la lengua castellana'. Y se puso a escribir versos «hasta de una mosca», porque «la poesía es algo que tiene que ver con el ritmo, la danza, la música, algo muy elemental a diferencia de la prosa, que es más elaborada, y por eso casi siempre se empieza por ahí».

Pero no fue hasta la muerte de su padre cuando encontraría su camino. «Yo tenía 16 años y él 50 y nos llevábamos muy mal. Mi padre, un hombre derrotado y amargado, había puesto en mí todas sus esperanzas y yo le decepcioné por completo. Me encantaban las motos, el cine, las chicas, las novelas del Oeste, el tabaco rubio americano, ir y venir, los amigotes. Todo lo contrario de lo que él quería que yo fuese. Y tuvimos un enfrentamiento violento». Así que, cuando el patriarca murió, sintió «una liberación» y, al fin, la culpa y la necesidad «de ser alguien en la vida», de la que «brotó incontenible el manantial» de su destino: «Fue uno de esos momentos fundacionales que te marcan».

Y hoy, con su padre convertido en su «musa» y su «gran demonio literario», Luis Landero se sigue dedicando a decidir si vive o si escribe para llegar a la conclusión de que «la vida, al final, está en los libros». Más como narrador que como intelectual, con la observación más que con las ideas. Construyendo personajes tan grises como «don Quijote antes de volverse loco», porque «la época de los héroes acabó» y porque, sin insatisfacción, no hay conflicto ni creación. Solo hay que ver al ministro De Guindos: «No creo que en don Luis haya un poeta, aunque nunca se sabe».