El Comercio

Carta remitida por Humberto Alonso a su mujer y su hijo desde la cárcel gijonesa de El Coto el 14 de abril de 1938.
Carta remitida por Humberto Alonso a su mujer y su hijo desde la cárcel gijonesa de El Coto el 14 de abril de 1938. / E. C.

«Adiós, hasta la eternidad»

  • Verónica Sierra presenta hoy en el Museo del Pueblo de Asturias un libro sobre la correspondencia carcelaria en la Guerra Civil y el franquismo

«Adorada Carmina y querido Guillermo (...). El destino me separa de vosotros, me elimina de la vida; lo afronto con entereza, porque sé que vuestra vida habrá de ser modelo y ejemplaridad, cúmulo de honradez». Así comienza, temblorosa y emborronada, la carta que el asturiano Humberto Alonso Pérez escribió a su mujer y a su único hijo desde la cárcel gijonesa de El Coto en 1938, poco antes de su ejecución.

«Tenía 26 años y muchas ganas de vivir. Natural de Soto del Barco y pintor de profesión, procedía de una familia tranquila, apolítica y de pocas palabras, pero el destino quiso que desde muy joven se viera involucrado en la Revolución de 1934 y la Guerra Civil», cuenta Verónica Sierra Blas, doctora en Historia que hoy (19 horas) presentará en el Museo del Pueblo de Asturias su libro 'Cartas presas' (ed. Marcial Pons). Una exhaustiva investigación en la que trabajó durante diez años con el objetivo de recoger las letras que los españoles encarcelados durante la contienda y el franquismo enviaron a sus seres queridos. Cartas de los dos bandos, aunque «las de los republicanos son, lógicamente, más numerosas que las de los sublevados porque la represión fue mucho más prolongada y sistemática».

En total, Sierra (Guadalajara, 1978) centró su estudio en 1.500 cartas fechadas entre 1936 y 1975 que se custodian tanto en archivos privados como en instituciones como el museo gijonés. 1.500 testimonios que dan cuenta de cómo «en medio de la desposesión más absoluta y el sometimiento más cruel, la escritura de cartas se convirtió para los prisioneros en el remedio principal para combatir la soledad, el aislamiento o el terror», pero también en «un arma de resistencia contra el sometimiento y el castigo», de reafirmación.

Sin dejar traslucir su angustia escribían los presos de las cárceles franquistas como una suerte de «morfina contra el miedo», esquivando a duras penas la censura, que vigilaba «desde los contenidos o los destinatarios hasta el papel que se utilizaba, muchas veces tarjetas postales que se compraban en el economato de la cárcel con las consignas políticas» del régimen. Así que los represaliados por la dictadura buscaron mil y una formas de burlarla: «Todo valía para conseguir pasar los mensajes. Desde comerse el papel hasta esconder las notas en la comida, en ollas con doble fondo, platos, etiquetas de botellas, cestas, capachos o en los dobladillos de la ropa, usando tintas invisibles hechas con jugo de limón o vinagre».

Pero, para eso, antes debían encontrar el material, por lo que utilizaron páginas de libros y periódicos, cartones, papel higiénico o telas gentes que, con frecuencia, «no sabían leer y escribir», por lo que debían recurrir a un tercero. Porque, para reos y familias, «no había mayor pesar que el no tener noticias durante un largo periodo de tiempo».

Eran misivas en las que los prisioneros llegaban a mentir para no provocar más inquietud a los suyos. Como la que dirigió desde un campo de concentración Josep Fortuny Torrens a su hijo, todavía demasiado pequeño para comprender por qué había sido encarcelado, en la que le cuenta con dulzura: «En este pueblo donde está padre, hay muchos dulces, plátanos, nata, churros, buñuelos...».

Otras veces, en «un instrumento de sometimiento perverso», familiares y presos se dirigían a las autoridades que los privaban de libertad en busca de un indulto, un cometido en el que las mujeres jugaron un papel fundamental. Son las cartas de súplica. Renglones enviados a los jueces o al dictador suplicando clemencia, a su esposa o a Carmencita Franco, a la que una tocaya relata: «Me llamo Carmencita C., tengo 12 años, y no hago más que llorar, lo mismo que mi mamá. Se trata de mi papá. Está sentenciado a muerte en la Cárcel Modelo de Valencia, esperando el día fatal de la sentencia». Fueron cientos como esa en la que «una madre a la que ya se le han muerto dos hijos escribe a Franco para que salve a su marido y en la postdata le dice que está ciega y le pide perdón por la letra».

En capilla

Pero, sin duda, el capítulo en el que el sufrimiento alcanza cotas «espeluznantes» y en el que Sierra tuvo que detenerse muchas veces, incapaz de poder continuar, es el final, dedicado a las cartas en capilla, escritas cuando los presos ya sabían que iban a ser ejecutados y así llamadas «porque, normalmente, se escribían en las capillas de las prisiones, donde eran llevados antes de morir para que confesasen sus pecados». Letras que «son una despedida para siempre y en las que el consuelo es una estrategia fundamental. Quieren que sus familiares sepan que mueren tranquilos, con la conciencia en calma. Les dicen que no son ni asesinos ni ladrones. Que los matan por defender sus ideas. Y que, en muchas ocasiones, son también un legado de la paz que ellos no han podido disfrutar». Eusebio Garrido escribe a su mujer en julio de 1940: «Ángeles, no llores, que yo estoy más tranquilo que nunca, y si no fíjate en mi letra». Cartas en las que, entre líneas, se lee el desgarro: «Adiós, queridas hijas, hasta la eternidad...».