cuando el drama baja la voz

Nadie mejor que Fernando Fernán Gómez narró el traumático reciclaje de los viejos cómicos de teatro al cine como en una de las escenas más recordadas de su 'Viaje a ninguna parte'. Las apolilladas técnicas declamatorias chirriaban en el nuevo escenario como notas extraviadas de escala: «¡Señooritoo!». Algo similar le ha venido sucediendo al drama teatral contemporáneo, cuyos planteamientos escénicos no siempre han sabido caminar parejos a los cambios experimentados en el gusto del público, es decir en su receptividad. Aún hoy se estrenan dramas en los que las cosas se dicen en voz alta.

Teniendo en cuenta lo anterior, reconforta o casi asistir a una función como la de 'Los universos paralelos', del norteamericano David Lindsay-Abaire, estrenada el viernes en el Teatro Palacio Valdés. Una de las virtudes de esta pieza dirigida por David Serrano es que no incurre en el defecto señalado. Es puro drama, verbalizado en el tono de las conversaciones privadas -incluso si se grita- y de las palabras corrientes, pura verdad.

El original recibió un Pulitzer y los críticos de su país lo consideran la obra maestra del autor. ¿Obra maestra? Tal vez entre los títulos de Lindsay-Abaire, en relación a la literatura dramática universal e incluso norteamericana, dista mucho de ser siquiera una obra perfecta. Afortunadamente, porque sus imperfecciones le añaden frescura y verosimilitud. Hay una gran aproximación en su tempo, sus tensiones, su expresión verbal a los de la vida misma-real.

El mismo comienzo in media res con la conversación aparentemente informal de las hermanas Patricia y Lucía (interpretadas por Malena Alterio y Belén Cuesta) sirve para sumergir al espectador en el universo de lo ordinario: dos personas charlan de sus cosas sin importancia. A partir de ahí el leit motiv del drama: el dolor inconsolable por la pérdida de un hijo, irá desvelándose y marcando la tensión dramática. El humor, salpicado en abundancia por la pieza, aligera sabiamente la masa amarga.

En el trabajo de los actores, destaca especialmente la interpretación de Malena Alterio (la madre del niño), que transmite una gran autenticidad a su personaje desde la contención y el dominio del ritmo expresivo. A su altura, un convincente Daniel Grao, dos espléndidas Carmen Balagué y Belén Cuesta, y un joven Itzan Escamilla, al que no le tocó el papel más agradecido en esta función, de la que uno sale, sino mejor de lo que entró -como querían los antiguos-, sí más sereno, como después de haber asistido a una conversación entre amigos. Casi reconfortado.