Ignacio del Valle, en Madrid.
Ignacio del Valle, en Madrid. / IÑAKI MARTÍNEZ

«Si un escritor deja de pasarlo bien está acabado»

  • Ignacio del Valle, escritor

  • «En 'Índigo mar' hay monstruos y demonios, pero también se abren ventanas de esperanza»

Una isla, un escritor y una tormenta que se acerca. Con estos pocos elementos y todo su oficio construye su última novela Ignacio del Valle (Oviedo, 1971), autor de la exitosa saga protagonizada por Arturo Andrade y colaborador de EL COMERCIO. En 'Índigo mar' (Pez de Plata) el narrador ovetense abre la puerta hasta la cocina del oficio de la literatura y proyecta sus demonios en una trama tan inquietante y atrapadora como la de las mejores novelas policiacas. El autor de 'Soles negros' o 'El tiempo de los emperadores extraños' estará este viernes en el Ateneo Jovellanos de Gijón de la mano del Aula de Cultura de EL COMERCIO (19.30 horas) presentando su novela. Le acompañará Ángel de la Calle, director de contenidos de la Semana Negra.

Tras la serie protagonizada por Arturo Andrade, ¿cómo surge la necesidad de escribir esta novela?

Hace tiempo llegué a la conclusión de que si queremos ser escritores tenemos que hacer lo que nos apetezca en cada momento, da igual que venda o que sea más o menos comercial o que salga o no en Alfaguara. En este caso tenía la pulsión de contar el proceso de escritura de una novela, hablar de mis inquietudes, obesiones, demonios y ahí se compendió todo en 'Índigo mar'.

Si fuera un jugador de póquer, aquí juega usted sus cartas, sin importarle que las vean los demás jugadores, los lectores.

Las cartas son interpretables. Se dice que al póquer no gana quien sabe jugar mejor, sino quien se tira los mejores faroles. Utilizo un montón de cartas, cada una de ellas representa cada una de mis inquietudes. Cada personaje, partiendo de Pablo que es el alter ego, representa una de esas inquietudes: el viejo, una nostalgia de lo no vivido y lo que no voy a vivir; Tomás, el miedo al fracaso, etc. Proyecto mis demonios en cada uno de ellos.

Hay un juego de máscaras...

Sí, es que soy muy pudoroso a la hora de hablar de mí mismo en primera persona, no soy memorialista, pero puedo hacerlo a través de personajes. La gracia está en que cada uno interprete lo que pertenece a Ignacio del Valle y lo que no.

«La literatura es el arte de acercarse lo máximo posible al misterio», dice en la novela...

Claro, la pregunta con la que machacan continuamente a un escritor es: ¿Por qué escribe? Mi respuesta es que si uno no tiene un sentido religioso de la vida -como es mi caso-, la única manera de ser coherente conmigo mismo y sentirme vivo, lo que le da sentido a mi existencia, es escribir. Soy escritor y moriré siendo escritor. En un coloquio con chavales se planteaba que ser escritor es como ser gay: no eres un poco escritor o un poco gay, o lo eres o no lo eres. Por eso no hay ex escritores.

El novelista de 'Índigo mar' se enfrenta al drama de todo escritor: el bloqueo, y se va a una isla, no precisamente desierta...

La isla puede ser una proyección de la mente de Pablo, un paisaje moral. Hay un juego entre la realidad y los elementos oníricos, porque el escritor está siempre pasando de un lado al otro del espejo, y me gustaba que el lector viese cómo funciona esa trama. El protagonista tiene la isla, pero también los sueños inducidos por la propia isla: las panteras, el mismo mar, otro elemento onírico... Cuando escribía sobre ese mar pensaba en 'Solaris', la novela de Stanislaw Lem y esa superficie líquida que envuelve el planeta de la historia, que no se sabe bien si es una proyección mental de los astronautas...

En cuanto a lo formal y lo expresivo ¿se tomó más libertad que en las novelas del ciclo Andrade?

Digamos que en las novelas de Andrade hay una serie de códigos que puedo reventar menos. En ellas tengo determinados límites, que procuro estirar lo más posible, en una historia como 'Índigo mar', directamente puedo mezclar lo que me dé la gana: costumbrismo, realismo, ciencia-ficción, thriller... Lo he mezclado todo mientras pensaba: «A ver cuánto aguanta esto en dos páginas». Y tenía claro desde el principio que pretendía comprobar si aguantaba doscientas páginas y sin que dejase de ser legible. Al final, si aguantó el relato a la tensión que le sometí con el uso de materiales tan diversos. Salió, más o menos (risas).

A pesar de la mezcla y lo onírico, sigue prefiriendo el realismo, ¿no?

Entiendo que toda literatura es realista porque un texto hunde siempre sus raíces en la realidad. Partiendo de que estamos describiendo siempre nuestra relación con la realidad puedes hacer lo que quieras: 'La Guerra de las Galaxias' y estás describiendo procesos sociales...o Shakespeare. Incluso partiendo de ahí hay que crear una sensación de extrañeza, porque la realidad es extraña, muy extraña. Entonces, ya que no podemos transformar la ficción en real, aspiramos a reflejar esa extrañeza, la impresión de que no hay respuestas. Vivimos dando vueltas alrededor de un enigma para el que no hay respuestas.

Sin embargo en su novela más allá del enigma hay vida.

Sí, no solo está llena de monstruos y demonios, hay también ventanas de esperanza, las mismas que en la realidad hacen que la vida merezca la pena, porque esas ventanas ofrecen muchas prebendas.

¿Cómo espera que reciban 'Indigo mar' los lectores de sus novelas policiacas?

Pues no lo sé. Es tan marciano esto con respecto a lo que estoy acostumbrado a hacer, que no sé si va a tener el mismo tipo de lectores o voy a ganar otros nuevos y perder otros. No tengo ni idea de lo que va a pasar. Lo que yo quería era hacer esto. Mi proyecto literario es continuar con las novelas de Andrade cada cinco o seis años y después tengo proyectos de ensayos, novelas, cuentos, que iré intercalando cuando pueda. Lo importante es que yo me lo pase bien. Creo que eso es fundamental para un escritor: si deja de pasárselo bien está acabado. Y yo quiero tener una carrera larga. Y si en el camino de pasármelo bien puedo aportar además algo a quien está leyendo, ¡genial! Pero no estoy pensando en el lector, salvo para hacer que el texto sea legible.