El Comercio

La pasión de la Hungarita

  • Hace ciento dieciséis años, las trifulcas entre una fondista y un huésped en torno a la propiedad de un colchón fueron la causa que alentó un asesinato frente al ovetense Gran Café Madrid

Tintineaban ya sobre las mesas las últimas copas de espumoso que los feligreses del Gran Café Madrid habían apurado cuando, muriendo ya la medianoche, entró el Herrador pidiendo auxilio. ¡Y de qué manera lo hizo aquel pobre hombre que agonizaba sin quererlo, sin preverlo, sin ser consciente! Allá donde se juntan cuello y torso, de una alarmante herida brotaba, sin descanso, un chorro de sangre: no se preveía nada bueno en aquella noche ovetense que, hasta ese momento, había parecido tranquila. Era 25 de abril del año uno.

Se llamaba Ángel, y lo apodaban herrador por ser su oficio, aquel hombre que en apenas diez segundos cubrió de sangre el suelo de mármol de café y que estaba por morirse a las puertas del establecimiento cuando los presentes lo sacaron, precipitadamente, para curarle... y para que no siguiera manchando más. La rapidez del óbito, que la hubo y fue mucha, no impidió que el Herrador pudiera gastar su último aliento en murmurar el nombre de su agresor, puestos ya los pies de este en polvorosa y sin que nadie hubiera podido presenciar el atentado. «Fue valiente...» ¿Valiente? «Quiero decir, Valiente... Valiente, el Húngaro. El Húngaro... El Húng...»

Y murió. A Ángel, el Herrador, no lo había tratado bien la vida que ahora acababa de abandonarle. Con veintisiete años de edad, un crío, le pedían pan día tras día cuatro hermosas criaturas que le nacieron con una mujer que murió de forma prematura. Extremadamente prematura. La muerte de su esposa había venido con el nuevo siglo y muchas deudas rondándola: el Herrador, después de pagar su entierro, se vio en la calle con los cuatro churumbeles, cuatro trapos, la cadenita de oro de su mujer y una cama.

¡Ay, si tan solo no hubiera existido esa cama! Todos sus problemas, absolutamente todos, habían venido por ella. Entiéndase. No era, en 1901, la cama un mueble que pudiera rechazarse así como así. Ni todas las casas la tenían, ni tampoco todas las fondas, especialmente las baratas. El precio no cubría colchón: ¿acaso no podía dormirse perfectamente en el suelo? La de Rosa, 'la Húngara', era de esas: sita a escasos metros del centro, su localización cercana a los talleres donde trabajaban sus huéspedes (el Herrador lo tenía en la calle Argüelles, al lado del Campoamor) bastaba y sobraba para justificar los honorarios que la Húngara cobraba día tras día, sin perdonar un solo real.

Y no tenía camas, claro, pero Ángel sí. Cuando se mudó a la fonda de la Húngara, pensó que ni tan mal. Era un alojamiento barato, tranquilo, y con el colchón él y los críos descansaban bien. Las noches, claro, en las que Valiente, el 'Húngaro', no montaba trifulca. El hijo de la fondista nunca había sido de buen carácter y las amistades, poco recomendables, tampoco ayudaban. Huerta, poco amigo de meterse en los problemas de los demás, había averiguado estas y más cosas de boca de la 'Hungarita', la hermana de Valiente. Era guapa, rotunda, con toda la dulzura de la que carecía la madre a la hora de llevar su negocio, y el Herrador, tan solo, cayó pronto en sus redes.

Así había empezado todo: tanto lío en tan poco tiempo. Y así acababa: con el Herrador muerto a las puertas de un café «bien» del Oviedo de la bella época y toda su sangre desparramada por los azulejos, por el rellano, por la acera, bajo su cuerpo inerte. Los médicos no llegaron a tiempo para contener la hemorragia, pero sí lo hizo la gente para curiosear. Contaron los reporteros, que aquella noche se encontraban por decenas asistiendo a un espectáculo benéfico en el Campoamor, que fue el bullicio lo que los había llevado al lugar del crimen, a la visión horrenda de aquel muchacho desangrado sobre la calle.

A pesar del escándalo, las autoridades supieron actuar con rapidez en un caso que ya nacía resuelto. No les sorprendió que los testigos que rodeaban el cadáver les reprodujeran aquellas últimas palabras acusatorias del Herrador: a Valiente, el Húngaro, hacía tiempo que lo tenían fichado y sabían, además, que últimamente andaba revuelto. Intranquilo. No sabemos por qué, aunque podemos imaginarlo: el Herrador hacía poco que había abandonado la pensión de repente, echado casi a patadas por la Húngara. ¿Descubriría Rosa las caricias furtivas que el Herrador se dejaba hacer por la Hungarita cada noche, cuando los críos se dormían y ella abría, con la llave maestra, sigilosamente, la puerta del cuarto de su amante?

¿O no, y sería otra cosa la que los enfrentó? Quién lo sabe. La cuestión es que el Herrador y su prole habían abandonado tan precipitadamente la pensión que no les dio tiempo a llevarse el famoso colchón. Raído, piojoso y viejo, al menos era más mullido que el duro suelo de las fondas y más silencioso que las crepitantes tablas de madera vieja de sus suelos. Por eso el Herrador se atrevió a volver por donde la Húngara aquella noche. Para recuperar lo que era suyo. Y nones. Argumentaba Rosa, sin mucho convencimiento por parte de Ángel, que el colchón no podría ser devuelto hasta que las deudas que sostenía el Herrador con su fonda fueran resueltas: las de las muchas noches que, según la dueña, había dejado sin pagar; y las contraídas para con Valiente, el Húngaro, en torno a una propiedad que este creía suya: la Hungarita.

Hubo palabras más altas que otras, hubo amenazas, hubo desesperación. Fue un crimen tan habitual, tan cotidiano, tan condicionado por la más básica de las causas para matar -la miseria- exacerbado por otra que tanto o más -la avaricia- que poco más sabemos de las cuestiones que, en las primeras horas de la madrugada del 25 de marzo, llevaron a Valiente, 'el Húngaro', a hundir un cuchillo en la clavícula del Herrador, a rebanarle la arteria aorta y a arrancar, con ello, la vida de un hombre pobre, de un pobre hombre. Le arrestaron a las pocas horas. Desde la ventana de la pensión, la Hungarita lo presenció todo. Y aquella noche se la pasó llorando... sobre el colchón.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate