pensamientos peligrosos

Estaban desnudos, el uno junto al otro. Nadie se quedaba mirando a su alrededor, ocupado cada cual de sus propios asuntos. Éste leía el último bestseller, aquel bostezaba mientras pensaba, acaso, en todo y en nada a la vez. Unos venían conversando distraídamente mientras otros, casi todos los demás, seguían recibiendo y enviando, por un móvil, mensajes desde su propio estado de ánimo. Yo sentí que era el único a quien aquella desnudez estaba llamando la atención. Como si, el uno junto al otro, estuvieran ambos desnudos para mí.

¿No es algo así lo que sucede cuando tomamos la palabra entre las manos? Una de las cosas más difíciles en la vida es aprender a leer. Parece fácil, tanto que ¿quién no da por supuesto que ya sabe? Lo fácil es leer desde uno mismo, desde el tedio, la inquietud o el sentir del momento. Difícil, en cambio, es advertir la desnudez allí donde se muestra sin pudor, ingenua y mansamente. Porque la desnudez espera nuestra mirada. No es invasiva, como nuestra propia vida mental. Leer es un lento aprendizaje, no un hábito adquirido.

En esta sociedad de la información somos consumidores pasivos de imágenes y textos. No sabemos leer. Y esto es un problema de analfabetismo emocional. El que no sabe leer, esto es, tomar distancia de sí mismo, piensa que el mundo es tal como él lo ve. Nada hay tan peligroso, sin embargo, como este solo pensamiento. Porque, si la realidad es tal como yo la veo, ¿qué puedo hacer con los que la ven de otra manera? Pues afirmar que están equivocados. O, tal vez, algo más gordo...

Cuando mi amigo monje viajaba conmigo en el metro el otro día, yo me sentí el único capaz de advertir la blancura de sus pies desnudos, el uno junto al otro, cruzados por correas de sandalia.