El Comercio

«La vida sucede en gerundio»

Isabel Bono, frente al Café Gijón, que le da nombre a su premio.
Isabel Bono, frente al Café Gijón, que le da nombre a su premio. / NEWSPHOTOPRESS
  • Isabel Bono, ganadora del Café Gijón, estará el martes en un acto organizado por el Aula de Cultura de EL COMERCIO

La cita con la ganadora del Premio de Novela Café Gijón 2016 es el martes (19.30 horas) en el Ateneo Jovellanos. Isabel Bono (Málaga, 1964) estará en la ciudad que le da nombre a su galardón para presentar la obra vencedora, 'Una casa en Bleturge' (Siruela), en un acto organizado por el Aula de Cultura de EL COMERCIO. Y eso que ella confiesa que suele desconfiar de los premios. De las manos blancas y de las negras.

El jurado destacó de la primera novela de esta mujer que antes de ganar el Café Gijón había dado a la imprenta una docena de libros de poesía, además de su «indudable calidad literaria», un carácter «sumamente original y exigente».

Y no solo por esta historia de ausencias y silencios en la que cuenta la vida de un matrimonio con hijos. Un hijo que ya no está y una hija que parece que estorba. Y el hijo, que murió prematuramente, es el eje sobre el que gira una familia que se gasta. La hija se siente culpable y su padre se lo recuerda con cada gesto. Así que la culpabilidad, el odio soterrado, el dolor no se gastan en un matrimonio a punto de entrar en los sesenta, sin crisis aparente, pero en el que cada uno carga por su lado con una soledad inmensa. También lo es por su estilo, en el que no se admiten concesiones. Un estilo de frases cortas y capítulos también muy breves, de una puntuación de estricta gobernanta: «La coma, el punto y coma, los puntos suspensivos estorban. ¿Para qué metes puntos suspensivos? ¡Nunca son necesarios!», se queja.

No los necesita Isabel Bono porque para ella la escritura es exponerse sin corazas ni redes. Sin retórica. «Si lo puedes decir con cinco palabras, ¿para qué lo vas a decir con diez, para rellenar papel? A mí me mosquea mucho eso, cuando notas que el autor está como rellenando para que la novela en vez de cien páginas tenga doscientas. La misma frase dicha varias veces de diferente manera. La retórica no la soporto. A mí no me gusta que usen retórica conmigo, así que no me gusta la retórica para nadie», defiende.

Así es ella, directa y al grano, porque «la vida sucede en gerundio», dice a quien no le gusta escribir, «sino estar escribiendo», y que es la medida de su obra: «Cuando ya tenía el libro terminado, pensaba que alguien que no estuviera en el interior de mi cabeza no se iba a enterar, con los diálogos, por ejemplo, que van sin guiones. Pensé: 'Los pongo con raya'. Y luego decidí: 'Pues no. Voy a medir al lector por mí'. Si a mí no me gusta que me lo den todo masticado, si me gusta que me hagan pensar, pues trato al lector como me gustaría que me trataran a mí».

Y parece que ha surtido efecto, porque, según el acta jurado que eligió su novela por unanimidad, la autora malagueña «ha sabido elegir el tono de cada uno de los personajes de esta tragedia familiar expresando los sentimientos que les unen y les separan. Cada una de las voces es creíble. Cada una de las situaciones que viven, cada una de las manías que los dominan y cada uno de los miedos que padecen son del todo verosímiles. La disección, a veces cortante, es tan perfecta que resulta tierna, cruel y realmente emocionante».

La fórmula del éxito también es como un filo: «Navaja. Navaja. Antonio Gamoneda le mandó una vez una carta preciosa a Antonio Muñoz Quintana, donde decía: 'Cuando escribas, déjate ir como un loco y después, lupa y navaja'. Es que no hay más». Para no perdérsela.

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